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Política Exterior

Activismo islámico en España

por Juan José Escobar Stemmann

Política Exterior nº 124, Julio / Agosto 2008

Cerca de un millón de los habitantes de España son de confesión musulmana. Aunque mayoritariamente integrados en el país, la creciente presencia del activismo islámico exige una mayor implicación de los poderes públicos en la gestión del islam español.

El islam español se encuentra en un proceso de profunda transformación como consecuencia del creciente número de inmigrantes musulmanes llegados al país en los últimos años. Los conversos españoles, promotores del proceso de institucionalización de las comunidades musulmanas en España y defensores de una lectura del islam más adaptada a la realidad europea, están paulatinamente perdiendo cotas de poder en beneficio de asociaciones más conservadoras inspiradas en el ideario político-religioso de los Hermanos Musulmanes y en la ortodoxia del wahabismo saudí. Como en el resto de Europa, el activismo islámico gana cada vez más adeptos.

El incremento de los flujos migratorios en España y su cercanía al Magreb han producido un aumento considerable de la población musulmana en los últimos 10 años. La cuantificación de la misma es tarea ardua y compleja. A 1 de enero de 2007 había 715.477 residentes legales en España procedentes de países de mayoría musulmana. Si a ello se une la cifra de musulmanes nacionalizados españoles, conversos y emigrantes ilegales, la población de confesión musulmana residente en España podría acercarse al millón de personas, lo que supone aproximadamente un 20 por cien de la población extranjera residente en España.

El principal colectivo está formado por los nacionales de Marruecos, que constituyen más de un 70 por cien del total de musulmanes residentes en España. Le siguen en importancia los nacionales de Argelia, Pakistán, Irán, Líbano, Siria, Egipto y Túnez. La mayor parte de los inmigrantes de origen marroquí y argelino son hombres que han emigrado a España en los últimos 15 años para trabajar en el campo y en la construcción, buscando una mejora de sus condiciones de vida.

Junto al colectivo de origen marroquí, existe una comunidad de musulmanes provenientes de diversos países de Oriente Próximo (Líbano, Siria, Jordania, Palestina y Egipto) que se instaló en España a finales de los años setenta y durante la década de los ochenta tras abandonar sus países por motivos religiosos o políticos. Muchos de ellos fueron becados por el gobierno español para realizar sus estudios en España. Se casaron con ciudadanas españolas y adquirieron la nacionalidad española. Suelen desarrollar su actividad profesional en el campo sanitario o comercial y gozan de un buen nivel de vida. Se han integrado sin problemas en la sociedad española, aunque siguen manteniendo relación con sus países de origen.

Un tercer grupo representativo de musulmanes es el formado por los españoles conversos, que suponen el dos por cien de la comunidad musulmana en España. La mayoría de ellos proviene de movimientos radicales de izquierda, sobre todo de Andalucía y Cataluña, y su primer contacto con el islam se realiza generalmente a través del sufismo. Son comunidades muy activas que pretenden recuperar el pasado islámico de Al Andalus. Consideran que los ocho siglos de presencia musulmana en el sur de España hacen que el islam forme parte de la identidad española. Por ello, promueven iniciativas para recuperar el pasado islámico y potenciar la cooperación entre España y el mundo árabe. Entre las organizaciones de conversos destaca el movimiento Morabitum, cuyo líder espiritual es el converso escocés Ian Dallas, conocido también como Sheik Abdelkader al Morabit, residente en Suráfrica. En España su principal comunidad está radicada en Granada, en la mezquita de El Albaicín. También tiene seguidores en Barcelona y Mallorca.

Los conversos españoles han desempeñado un papel fundamental en la institucionalización del islam en España, habiendo copado los principales puestos de responsabilidad de las asociaciones que representan a los musulmanes del país y, muy especialmente, en la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (Feeri). No obstante, su influencia ha decaído en los últimos años debido al aumento del número de inmigrantes musulmanes y a la mayor implicación de ciertos gobiernos extranjeros en la gestión de las asociaciones.

La institucionalización del islam en España

La Constitución española de 1978 supuso un profundo cambio en la tradicional actitud del Estado ante el hecho religioso, al consagrar los derechos de igualdad y libertad religiosa en su artículo 16. Se ponía así fin a la confesionalidad católica del Estado español. Una ley orgánica de 5 de julio de 1980 sobre libertad religiosa desarrolló el precepto constitucional y estableció la posibilidad de que el Estado pudiera adoptar acuerdos de cooperación con distintas confesiones religiosas. En virtud de esta ley, el 29 de abril de 1992 se firmó un acuerdo de cooperación con las asociaciones musulmanas que sería aprobado por el Parlamento el 10 de noviembre.

Este acuerdo trató de configurar una estructura representativa para articular las reivindicaciones de la comunidad musulmana. Al no existir en el islam suní el concepto de iglesia como estructura jerárquica, los diversos colectivos musulmanes se agrupan en asociaciones religiosas que no tienen relaciones de dependencia jerárquica con ninguna otra entidad religiosa superior. En el caso español, las primeras asociaciones musulmanas surgen a partir de 1968 en Ceuta y Melilla. En 1971, Riay Tatary, médico de origen sirio, nacionalizado español y cercano al ideario de los Hermanos Musulmanes, fundó la Asociación Musulmana de España con la intención de agrupar a las distintas asociaciones.

La llegada de la democracia coincide con la aparición de las primeras tensiones en el seno del colectivo musulmán. En 1979 el converso español Antonio Machordom crea la Comunidad Musulmana de España, que reúne a un grupo de conversos descontentos con la gestión de Tatary. Es el primer episodio de una larga rivalidad –que se mantiene hoy– entre comunidades de diversa orientación y adscripción ideológica por hacerse con la representación de los musulmanes.

En esta época aparecieron también los primeros oratorios habilitados por los colectivos de emigrantes para celebrar los ritos musulmanes. Su creciente presencia despertó el interés de algunos países musulmanes. Marruecos creó en 1986 la Asociación Al Umma para integrar a los inmigrantes de esta nacionalidad que llegaban a España. Arabia Saudí y Kuwait promovieron en 1989 la apertura de una delegación en Madrid del Consejo Continental Europeo de Mezquitas. En septiembre de 1989 se fundó la Feeri, que agrupaba a las 15 principales asociaciones existentes en ese momento en España. Al frente de la misma estaba un converso español, Mansur Escudero, que lideró la federación hasta 2002.

La unión del movimiento islámico español duró muy poco. Las diferencias personales entre los dos principales líderes, Escudero y Tatary, no tardaron en aparecer. En marzo de 1990, la organización de Tatary, La Asociación Musulmana de España, decidió abandonar la federación. Poco después, en abril de ese mismo año, Tatary promovió la creación de una nueva federación a la que denominará Unión de Comunidades Islámicas de España (Ucide). El acuerdo de cooperación, firmado en abril de 1992, crea la Comisión Islámica de España (CIE), que integra las dos federaciones, como único interlocutor válido de la comunidad musulmana ante la administración, a través de la cual deben plantearse y negociarse las reivindicaciones de los musulmanes y el desarrollo de los derechos recogidos en el acuerdo.

Dieciséis años después de la firma de los acuerdos de cooperación entre el Estado español y la comunidad musulmana, Ucide y Feeri siguen dominando la representación de la comunidad musulmana en España, aunque sólo integran al 70 por cien de las cerca de de las 300 asociaciones islámicas registradas oficialmente en el ministerio de Justicia. Se estima, además, que existen unas 200 asociaciones que no se han inscrito y que actúan como asociaciones culturales y clubes sociales, lo que les permite evadir el control de la administración. Ello supone que la representatividad de la CIE como única interlocutora ante el Estado ha disminuido considerablemente en los últimos años.

Tampoco existe un verdadero censo de mezquitas y lugares de culto para los musulmanes. La dirección general de Asuntos Religiosos del ministerio de Justicia estima que existen unos 450 lugares de culto censados en España. Sólo una docena son mezquitas propiamente dichas. El resto son pequeños oratorios instalados en pisos, garajes e incluso locales abandonados que carecen de cualquier licencia. El importante aumento de la población inmigrante de confesión musulmana en los últimos años ha provocado la proliferación de este tipo de oratorios, donde no es difícil encontrar imanes con escasa formación portadores de un discurso que dificulta la integración de sus feligreses. Fuentes de la policía española elevan la cifra total de lugares de culto a 600, de los que un 10 por cien propagaría ideas difícilmente compatibles con la integración de los inmigrantes musulmanes.

La Ucide es hoy la federación con mayor número de asociaciones, 160, repartidas por la geografía española, aunque su principal base se encuentra en Madrid. Tatary sigue al frente de la federación, que carece de un sistema de elección democrática de sus dirigentes. Sus detractores le acusan de haber inflado artificialmente el número de asociaciones integradas y critican su papel de interlocutor ante la administración, al compartir la secretaría general de la CIE. La mezquita Abu Bakr del barrio de Tetuán en Madrid sigue siendo el principal centro de culto.

La Feeri ha sido tradicionalmente la organización que agrupaba a los conversos españoles, aunque ha experimentado importantes cambios como consecuencia de la presencia de un número creciente de inmigrantes y de la mayor implicación de ciertos gobiernos extranjeros en la gestión de algunas de sus asociaciones. Hoy cuenta con 58 asociaciones. En sus inicios, la Feeri estaba controlada por conversos españoles pertenecientes a la organización Junta Islámica, liderada por Escudero.

Países como Marruecos, con estrechos lazos con las asociaciones de musulmanes de Ceuta y Melilla integradas en esta federación, y la propia Arabia Saudí, a través de la Liga Mundial Islámica, han apoyado económicamente la Feeri. Especial mención debe hacerse a Arabia Saudí, que financió en 1992 la mezquita de Ibn Khatab, conocida como la mezquita de la M-30, considerada la más grande de Europa. En ella tiene su sede el Centro Cultural Islámico de Madrid, la principal asociación integrada en la Feeri.

Los conversos españoles han ido perdiendo poder en el seno de la Feeri. El último presidente converso, Félix Herrero, fue destituido por la asamblea general de la federación en noviembre de 2007 al intentar modificar el estatuto de la CIE en beneficio de la Ucide de Tatary. La asamblea de la Feeri eligió como presidente a Mohamed Hamed Ali, ciudadano español de origen marroquí con muy buena relación con las autoridades de Marruecos. En los últimos cinco años han nacido federaciones en Cataluña, donde cabe destacar la labor que realiza el Consejo Islámico Cultural, que agrupa a 75 asociaciones islámicas, en Baleares, Valencia, Madrid o Ceuta. Estas federaciones han solicitado, sin éxito, su inclusión en la CIE. El principal órgano de interlocución del Estado con las asociaciones musulmanas está paralizado por las rencillas internas y la aparición de nuevas asociaciones que carecen de representación en el mismo.

El activismo político en España

Para poder analizar correctamente los distintos movimientos islamistas con presencia en España, es necesario actualizar conceptualmente el término “islamista”. Siguiendo la terminología del International Crisis Group (ICG), el término “islamismo” debe ser entendido como sinónimo de activismo islámico; es decir, la afirmación y la promoción activa de creencias, prescripciones, leyes y políticas de carácter islámico. Desde esta perspectiva, cabe destacar la existencia de tres grandes corrientes que tienen en común fundar su activismo sobre las tradiciones y enseñanzas del islam. Se trata de movimientos y organizaciones que comparten principios religiosos y referencias textuales, aunque no objetivos ni comportamientos. Parten de diagnósticos distintos sobre la situación de la sociedad musulmana y ofrecen también soluciones distintas.

La primera corriente puede ser calificada de islamismo político, en la medida que incluye a los movimientos que dan prioridad a la acción política, que buscan el poder a través de la participación en las instituciones y que –rasgo característico– se constituyen en partidos políticos. Este tipo de movimientos suele dar prioridad en Europa al proselitismo religioso, aunque también promueve la participación de las comunidades musulmanas en la vida política y social europea. En España destacan los Hermanos Musulmanes y el movimiento islamista marroquí Justicia y Espiritualidad.

La Asociación de los Hermanos Musulmanes (HH MM), creada en 1928 en Egipto por Hassan al Banna, constituye el origen doctrinal del islamismo moderno. La influencia de los HH MM se extiende por todo el mundo islámico y también por Europa a través de las diversas secciones nacionales de la Federación de Organizaciones Islámicas en Europa (FOIE), con sede en Reino Unido y presidida por Ahmed al Rawi, quien pertenece de pleno derecho al órgano ejecutivo de la organización central de los HH MM de Egipto. Sin embargo, más que una internacional política propiamente dicha, los HH MM constituyen, ante todo, una escuela de pensamiento.

El aumento de la inmigración musulmana en Europa llevó al movimiento a considerar el territorio europeo como Dar al Islam o tierra del islam, por ello defienden la aplicación de la sharia a título personal para aquellos musulmanes residentes en Europa. Para facilitar dicha labor, la organización cuenta con una instancia de derecho musulmán vinculada con la FOIE, llamada el Consejo Europeo por la Fatua y la Jurisprudencia, que dirige desde Qatar el jeque egipcio Yusuf al Qaradawi. Este Consejo realiza una interpretación de la ley islámica en función de lo que se llama la “jurisprudencia de las minorías”, prevista para aquellos países donde el islam no es mayoritario.

En España, la organización esta representada por la Asociación Musulmana de España, que forma parte de una corriente interna de los HH MM denominada Vanguardia Islámica. Dirigida por el ciudadano sirio Isam al Attar, Vanguardia Islámica tiene su sede en la ciudad alemana de Aquisgrán. Suele reclutar a sus miembros en gremios y colectivos de alto nivel cultural y económico, y actúan bajo la cobertura de asociaciones de tipo cultural y religioso. Las asociaciones musulmanas que dependen ideológicamente del movimiento se distribuyen, sobre todo, en Andalucía, Valencia y Madrid. Destacan por su representatividad, la mezquita de la Comunidad Islámica de Valencia, el Centro Islámico de Granada y la Asociación Al Manar de Ceuta. En Madrid, destacan las mezquitas de Tetuán y Estrecho.

Los HH MM persiguen activamente su implantación en la vida pública del país. Su objetivo es ampliar el espacio del islam en la sociedad. Por ello, promueven la participación en actividades sociales, culturales y políticas, buscan la colaboración con las autoridades de cada país y aspiran a ser reconocidos como interlocutores del Estado, ofreciéndose a ejercer de intermediarios sociales en aquellos barrios donde están más implantados. Sin embargo, esta intermediación se ofrece a partir de una premisa básica: la afirmación de la identidad sobre una base político-religiosa. En este sentido, consideran que los residentes o ciudadanos de origen musulmán sólo alcanzarán el respeto de las sociedades en las que viven mediante su identificación como musulmanes.

La creciente presencia de inmigrantes marroquíes en España ha provocado que el principal movimiento islamista marroquí, Justicia y Espiritualidad, se convierta en uno de los principales actores islamistas en el país. Se trata de un movimiento religioso y social fundado por el jeque Abdesalam Yasin que, si bien tiene una clara dimensión política, nunca ha sido reconocido como partido por el régimen marroquí, a diferencia de otras formaciones islamistas como el Partido para la Justicia y el Desarrollo, que hoy cuenta con una amplia representación en el Parlamento marroquí. Justicia y Espiritualidad no reconoce la legitimidad religiosa de la monarquía marroquí y no oculta su objetivo de modificar la naturaleza del Estado marroquí a través de la acción política. En Marruecos cuenta con una implantación significativa en las grandes ciudades y se estructura alrededor de unas 700 asociaciones que cubren ámbitos tan variados como el asistencial, educativo, deportivo, cultural o político.

Justicia y Espiritualidad ha ido ampliando en los últimos años su presencia entre la comunidad inmigrante marroquí en España, aprovechándose de que un buen número de comunidades de origen marroquí han quedado fuera del proceso de institucionalización del islam en España. Su principal organización en el país es la Asociación Onda, que preside Mohamed Butarbuch. Su sede está en la localidad madrileña de Getafe y posee delegaciones en Barcelona, Cartagena, Mallorca y Granada. Sus principales lugares de culto son las mezquitas Al Istakama y Al Falah, ambas en Getafe. Sus actividades se centran principalmente en dar apoyo a la comunidad marroquí en España y sus miembros mantienen un perfil bajo para evitar la infiltración de los servicios de seguridad marroquíes, a los que preocupa la creciente presencia de este movimiento entre las comunidades marroquíes en territorio español. Pese a ello, uno de sus miembros, Ahmed el Hazem, presidente de la comunidad musulmana de Villaverde Alto, fue elegido vocal de la Feeri en las elecciones de noviembre de 2007.

Activismo religioso

La segunda corriente está representada por el activismo religioso, concentrado en la predicación para reforzar la fe, preservar la cohesión de la comunidad musulmana y defender el orden moral que la sostiene. En Europa estos movimientos buscan la creación de comunidades aisladas de su entorno y rechazan la integración en la vida política y social de los países donde ejercen su proselitismo religioso. En España destaca la presencia de los misioneros del movimiento Tabligh y los predicadores salafistas.

El movimiento Tabligh fue fundado por Nawlana Mohamed Ilyas en 1927 en India. Posteriormente, se asentó en Pakistán, donde inició su trabajo de divulgación y captación de adeptos en el ámbito internacional. El Tabligh es hoy una de las organizaciones islámicas transnacionales más importantes, presente en más de 100 países y que se caracteriza por impartir una doctrina que tiene como objetivo la reislamización de la comunidad musulmana desde su base, con planteamientos muy sencillos y rígidos basados en la imitación de la vida del profeta. Su principal actividad es la predicación.

En España, los miembros del Tabligh son sobre todo de origen marroquí y pakistaní, y cuentan con un número importante de mezquitas que controlan directa o indirectamente. Fuentes policiales consideran que la organización cuenta con, al menos, 2.000 miembros distribuidos en diversas ciudades (Badajoz, Sevilla, Granada, Barcelona, Valencia y Madrid), desde donde se desplazan a otras ciudades. En Madrid, realizan sus labores de proselitismo en la mezquita de la calle Peña de Francia y en la de la M-30.

En principio, se trata de un movimiento que rechaza de forma explícita la violencia para la consecución de sus objetivos. No obstante, pretenden organizar a los musulmanes en comunidades separadas, sin ningún tipo de relación con el mundo europeo no musulmán, propagando una conducta segregacionista. Por otra parte, el hecho de tener su dirección y sede principal en Pakistán, a donde viajan muchos de sus seguidores para completar su formación, ha propiciado que grupos radicales aprovechen la estructura y los desplazamientos de los miembros del Tabligh para facilitar su tránsito por Europa y recibir formación militar en ese país.

Los responsables de la organización han adoptado una serie de medidas en los últimos años para evitar que el movimiento sea manipulado por los extremistas. En todo caso, se han dado casos en los que miembros del Tabligh en España terminaron incorporándose a organizaciones extremistas. Hamed Abderrahman Ahmed, único preso español en Guantánamo, perteneció al Tabligh antes de desplazarse a Afganistán. Del mismo modo, Aziz el Bakri, joven marroquí de 27 años que perdió la vida en Ramadi (Irak) en abril de 2003, también perteneció al movimiento antes de caer en manos de los reclutadores salafistas.

La emergencia del salafismo reformista en España es un fenómeno relativamente reciente. Los salafistas llegan a España, como al resto de Europa, en el momento de la emergencia del Frente Islámico de Salvación (FIS) en Argelia. Su influencia se ha propagado a través de la diáspora argelina. La estructura descentralizada y segmentada del movimiento salafista, el control policial y el escaso número de musulmanes de segunda generación en España explican que carezcan de mezquitas o centros islámicos bien identificados. Su principal zona de influencia se sitúa en la costa de Cataluña, más concretamente, en las comarcas del Penedés y el Maresme, donde los imanes salafistas atraen a los inmigrantes recién llegados y han conseguido implantarse entre los jóvenes desempleados de la región, principalmente marroquíes y nacionales de los países subsaharianos.

Por otra parte, destacados imanes salafistas europeos visitan de forma regular ciertas mezquitas como la de la Comunidad Islámica de Valencia o la de la calle Estrecho de Madrid, donde dan charlas religiosas y realizan labores de proselitismo. Estos imanes cuentan con un importante apoyo por parte de Arabia Saudí, que concede anualmente becas para que jóvenes europeos estudien en la Universidad Oumm al Qora en Medina. Además, los centros islámicos gestionados por la Liga Mundial Islámica suelen estar en manos de clérigos que predican un islam rigorista muy cercano al salafismo. El número de seguidores del salafismo en España está creciendo, al igual que en el resto de Europa. Han inundado la red de páginas web que se declaran estrictamente apolíticas, en las que son frecuentes las consultas sobre diversas cuestiones sociales a imanes salafistas saudíes de renombrado prestigio.

Aunque en principio el salafismo reformista se opone al uso de la violencia, predica un islam de completa ruptura cultural con el contexto impío en Europa. El salafismo en las sociedades occidentales no tiene como objetivo a las comunidades ligadas a una cultura de origen, sino a individuos con dudas sobre su fe y su identidad. Promueve la creación de una identidad religiosa transnacional, lo que implica un rechazo a la cultura de origen y una negativa a asimilar la cultura occidental que le rodea. Para estos individuos el salafismo ofrece un sistema que regula la conducta en cualquier situación o lugar, ya sea en los desiertos de Afganistán o en una universidad española.

Activismo ‘alqaedista'

El tercer tipo de activismo está representado hoy por la ideología y los grupos que se articulan alrededor de Al Qaeda. El salafismo yihadista se introduce en España a mediados de la década de los noventa de la mano de los grupos armados argelinos y de miembros de los HH MM sirios, asentados en España durante la década de los ochenta huyendo de la represión del régimen sirio. Las primeras células conocidas pertenecieron al Grupo Islámico Armado (GIA) argelino, que entre 1995 y 1996 emprendió una campaña de atentados en Francia. El redactor jefe de su órgano de expresión en Europa, el semanario Al Ansar, era precisamente Abu Qatada, que a la postre se convertiría en uno de los principales ideólogos del salafismo yihadista.

Su área de actuación prioritaria fue la provincia de Alicante, donde residía una buena parte de la colonia argelina en España. En abril de 1997, la policía española realizaba el primer gran operativo contra las redes “alqaedistas” al detener a siete personas acusadas de pertenecer al GIA. Entre ellas se encontraba Allekema Lamari, uno de los líderes de la célula que cometió el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Un año clave en la recomposición de los grupos “alqaedistas” magrebíes y en la consolidación del salafismo yihadista fue 1998. Impulsados por Al Qaeda, surgen el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), escisión del GIA liderada por Hassan Hattab, y el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, que desempeñarían un papel esencial en el desarrollo del activismo de Al Qaeda en España.

Por otra parte, en 1994, un grupo de islamistas sirios intentó hacerse con el control de la mezquita de Tetuán en Madrid, constituyendo una organización denominada Alianza Islámica. De esta organización se escindió un grupo denominado “Soldados de Alá”, seguidores del jeque palestino Abu Salah. Esta célula llevó a cabo tareas de reclutamiento para enviar muyahidines a Bosnia. En 1995, Salah se desplazó a Afganistán. Su lugar lo ocuparía Edin Barakat Yardas, alias Abu Dahdah, que a la postre se convertiría en el representante de Al Qaeda en España. Durante años reclutó a diversos jóvenes, en su mayoría marroquíes, a los que envió a Afganistán, Chechenia e Indonesia. Algunos de ellos (Amer Azizi, Mustapha el Maymouny o Said Berraj) desempeñarían un papel destacado en los atentados de Casablanca y Madrid. La red fue desmantelada tras diversas operaciones policiales entre abril de 2001 y septiembre de 2003. En septiembre de 2005, Abu Dahdah y otros 18 miembros de la célula fueron condenados a penas de cárcel de entre seis y 27 años.

El 11 de marzo de 2004 estallan en Madrid 10 bombas colocadas en varios trenes de cercanías, causando 192 fallecidos y más de 1.800 heridos. El principal núcleo de la red que organizó el atentado permaneció operativo tres semanas más, e intentó atentar contra el tren de alta velocidad que une Madrid con Sevilla. En abril de 2004, la policía localizaba a la célula terrorista en un piso de la localidad de Leganés. Tras un tiroteo, los miembros de la misma se suicidaron al detonar una carga explosiva que acabó también con la vida de un policía. Aunque en un principio se creyó que la célula había actuado de forma independiente, bajo el liderazgo de Allekema Lamari, Serhane bin Abdelmajid y Jamal Ahmidane, las investigaciones judiciales han encontrado indicios suficientes para creer que existió una conexión operativa entre la red de Madrid y Al Qaeda. Las amenazas de Osama bin Laden contra España, la presencia de tropas españolas en Irak y la cercanía de las elecciones parlamentarias podrían haber sido los detonantes del atentado.

Desde esa fecha, la policía española ha detenido a más de 250 personas acusadas de actividades ligadas al activismo “alqaedista”. Se han desarticulado varias redes de apoyo al GSPC (hoy convertido en Al Qaeda en el Magreb) y al Grupo Islámico Combatiente Marroquí, que siguen siendo las organizaciones que plantean mayores riesgos para la seguridad de España. También se han desarticulado varios grupos ligados a organizaciones como Ansar al Sunna o Al Qaeda en Irak, que lideró hasta su muerte el ciudadano jordano Abu Musab al Zarqawi. Fuentes policiales estiman que cerca de 80 jóvenes musulmanes residentes en España podrían haber sido reclutados y enviados a Irak. Entre ellos, se cita a Belgacem Bellil, de origen argelino, responsable del atentado suicida que acabó con la vida de 16 soldados italianos en Nasiriya.

Los retos del islam español

La presencia de importantes núcleos de activismo islámico en España no debe hacernos olvidar que, en líneas generales, los inmigrantes musulmanes en el país son tolerantes, se sienten integrados en la sociedad, practican un islam abierto, tienen una alta opinión de las instituciones españolas y consideran inaceptable el uso de la violencia para difundir sus creencias. Estas son algunas de las conclusiones de sendos estudios realizados por Metroscopia para los ministerios de Asuntos Sociales e Interior en septiembre de 2006 y julio de 2007, bajo el título La comunidad musulmana en España. Los estudios concluyen que la opinión de los musulmanes sobre cuestiones sociales, políticas o culturales no difiere de la que tiene la propia población española.

No obstante, esta situación podría verse modificada en los próximos años si no hay una decidida actuación por parte de los poderes públicos. España no sufre aún muchos de los problemas que ha planteado la deficiente integración de las comunidades musulmanas en los principales países europeos. Muy pronto, y sin que la sociedad haya digerido el significativo aumento de la población musulmana en los últimos años, una segunda generación de musulmanes españoles, principalmente en Madrid y Cataluña, comenzará a interpelarnos sobre nuestro modelo de integración. Si hay una convivencia natural, igualdad de trato y de oportunidades conseguiremos que los musulmanes se conviertan en una comunidad prácticamente indistinguible de la española. Si se sienten discriminados, tenderán a refugiarse en el panislamismo comunitarista y a despegarse afectivamente del significado de España.

Como afirma Ana Planet en el estudio Islam e Inmigración, los esfuerzos para avanzar en un mejor reconocimiento e integración de la minoría musulmana en España pasan por normalizar la presencia de las comunidades y asociaciones, alejando de ellas sospechas sobre violencia o falta de integración, y abriendo los mecanismos de diálogo y cooperación. Todo ello precisa una interlocución amplia y un trabajo de acercamiento a la realidad cotidiana de estas comunidades. Por ello, es preciso abrir un proceso de reflexión sobre la reforma de la CIE para que incorpore a las federaciones que se han creado en los últimos años. También es necesario identificar a las comunidades, asociaciones o centros de culto que no están inscritos en el Registro de Entidades Religiosas ni en otros registros de asociaciones. El registro debe ser obligatorio.

El desarrollo del marco jurídico existente es otra de las actuaciones necesarias. El acuerdo de cooperación de 1992 reconoce una serie de derechos en el ámbito de la pluralidad religiosa que deben ser desarrollados. Todos los poderes públicos están implicados. Las competencias de educación se han trasladado a las Comunidades Autónomas y los municipios son los que autorizan las licencias para abrir oratorios o mezquitas. Se han producido tímidos avances en el ámbito educativo (54 profesores para una demanda de 10.000 niños sólo en primaria) y en el asistencial, donde la Fundación Pluralismo y Convivencia, creada en 2004, ha aprobado este año 257 proyectos presentados por 252 asociaciones y por un monto superior a 1,2 millones de euros. También ha habido un reconocimiento de la función del imán como elemento esencial en la organización de la comunidad y de su carácter de trabajador con derecho a cotización.

La cuestión de los imanes, su formación y su papel en la comunidad, está hoy sometida a intenso debate. En España el imán es un cargo elegido por el comité de la mezquita –normalmente los promotores del espacio de culto– que tiene en cuenta para ello su mejor formación o mayor disponibilidad de tiempo. En algunos casos, es ofrecido y financiado por alguna organización internacional islámica. Parece existir un consenso sobre la necesidad de establecer un sistema de formación mixto en Europa para los nuevos imanes, que compaginen estudios universitarios en Europa con un año de estancia en alguna reputada universidad árabe. Es necesario reflexionar sobre el grado de implicación y el contacto que pueden llegar a tener con la sociedad, y cómo proceder a una renovación de estos imanes cuando es un empleo mal remunerado y con escaso prestigio social. La experiencia del Consejo Islámico Cultural en Cataluña demuestra que el acercamiento a los imanes y a los comités de las mezquitas tiene efectos beneficiosos para la correcta integración de la población inmigrante.

Por otra parte, también se debate cómo hacer que las mezquitas y oratorios ofrezcan servicios para los musulmanes y sean, al mismo tiempo, lugar de integración y no de exclusión. En algunas mezquitas y oratorios se detecta una excesiva tradicionalización y en otras una excesiva politización, lo que dificulta una correcta percepción de la mezquita por la sociedad no musulmana. Incorporar la mezquita al tejido del barrio implica cambiar la percepción y reconocerla como parte del proceso de integración de la población inmigrante. No va a ser una tarea fácil. Existe gran resistencia al reconocimiento de estas comunidades y a su incorporación en términos religiosos a la Europa del siglo XXI. Frente a los que defienden que el islam forma parte de la cultura europea, algunos plantean la presencia de los inmigrantes musulmanes en nuestro territorio como una suerte de caballo de Troya diseñado para minar la identidad e historia europeas.

La creciente presencia del activismo islámico en España puede complicar aún más las cosas. Los activistas religiosos y “alqaedistas” –una insignificante minoría– promueven abiertamente un neocomunitarismo que hace imposible la integración. Los activistas políticos, y en buena medida el islam institucionalizado que representa el Consejo Europeo por la Fatua y la Jurisprudencia que dirige Qaradawi, defienden la integración, pero sobre premisas difícilmente asumibles por nuestro ordenamiento jurídico. Gracias a la televisión por satélite y a sus enormes recursos económicos, islamistas y representantes del islam oficial, especialmente de los países de la península Arábiga, comparten objetivos y principios teológicos en su labor de predicación en Europa y están imponiendo su visión en el proceso de creación de un islam europeo.

El activismo de Al Qaeda sigue siendo la principal amenaza a la seguridad de España. Los cuerpos de seguridad del Estado han realizado un importante esfuerzo en los últimos años para mejorar sus capacidades en la lucha contra este activismo y han conseguido importantes éxitos. Pero no es suficiente. Debemos evitar que el extremismo termine nutriéndose de la falta de integración, los problemas de identidad y la desesperación. Por ello, los poderes públicos deben implicarse más en la gestión del islam español, cuyas estructuras han caducado.

Estamos aún a tiempo para intentar evitar las experiencias negativas que han sufrido otros países europeos. El activismo islámico es aún minoritario en España y la comunidad musulmana ha dado muestras sobradas de voluntad de integración. Por otro lado, el rechazo explícito a la violencia debe convertirse en una máxima para las asociaciones musulmanas, que deben ser conscientes de que el activismo “alqaedista” es su principal enemigo. Deben abandonar la ambigüedad y el doble lenguaje e implicarse más en la lucha contra los discursos comunitaristas que impiden la correcta integración de la población musulmana en España.

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