El Magreb es posible y necesario. Necesario, sobre todo porque la globalización en marcha exige romper con los métodos solitarios y las estrategias nacionales pusilánimes y egoístas, para que la región se convierta en parte perceptora y no en parte despojada de las evoluciones del mundo.
Ahora bien, Francia dispone en el Magreb de un asentamiento sólido. Los intercambios globales de Francia con los tres países del Magreb central oscilan entre 21.000 y 22.000 millones de euros al año, de los cuales 8.000 son con Argelia, 7.000 con Marruecos y 6.000 con Túnez, y más de 1.000 millones con Libia, que apenas acaba de salir de los años negros del embargo occidental (cifras de 2005). La ayuda pública francesa a Marruecos, Argelia y Túnez es del orden de 600 millones de euros, más que la dotación MEDA II programada para estos tres países.
Los magrebíes que hacen sus estudios superiores en Francia se cuentan por decenas de millares (entre 60.000 y 75.000). Y la población magrebí, o de origen magrebí, instalada en Francia supera probablemente en la actualidad los tres millones de personas. Las transferencias de estos inmigrantes, por mecanismos formales o por vías informales, superan los 4.000 millones de euros.
Francia está masivamente presente en el Magreb: el número de franceses instalados en los países del área se calcula en torno a los 80.000, a menudo con doble nacionalidad. Y se considera que actualmente más de 1.000 empresas francesas, de todos los tamaños, están instaladas o tienen actividad en el Magreb, de las cuales al menos 38 están entre las 40 grandes empresas del CAC 40 (el índice de la Bolsa de París). Sin olvidar, por supuesto, los colegios franceses en el Magreb que atraen a millares de alumnos.
Estas cifras son reveladoras de la intensidad de la relación histórica, cultural y económica de Francia con los países árabes francófonos, y de la necesidad de una cooperación reforzada con estos países. Así pues, es lógico que durante la campaña presidencial el ex ministro de Asuntos Exteriores Philippe Douste-Blazy abogara por esta asociación reforzada con los países del Magreb, calificada como un "nuevo pacto de confianza".
La idea de una asociación con el Magreb es antigua. Ya en 2003, antes de la cumbre 5+5 en Túnez, un grupo de eminentes economistas franceses redactaban un destacado informe titulado 5+5, la ambición de una asociación reforzada. El estudio daba la voz de alarma: "Ante el reto que presenta la ampliación, la alternativa se encuentra dramáticamente simplificada: o el Mediterráneo acentúa significativamente su integración económica (...) y su inserción en la economía-mundo, o no se habrá hecho más que hasta ahora, y nuestra convicción es que, en este caso, el Mediterráneo se fracturará inexorablemente, multiplicando los riesgos de marginación económica y de deriva política".
En 2007, Sarkozy y sus consejeros no han dicho nada diferente. Pero la propuesta de los economistas de un "reforzamiento del Mediterráneo occidental", en el supuesto de que se leyera, no se aceptó, puesto que lo que prevaleció finalmente fue la idea de Unión Mediterránea, al menos hasta la fecha.
Una asociación regional prioritaria
El 13 de julio, fecha de la primera cumbre de la Unión Mediterránea (suponiendo que se mantenga), correrá mucha agua bajo el puente Mirabeau. No es impensable, como desea por otra parte Védrine, que la Unión Mediterránea esté limitada a un reducido número de países antes de su posible ampliación a otros. En este caso, se puede proyectar y lanzar una Unión Mediterránea limitada al Magreb en forma de "asociación regional prioritaria". Presentada como cooperación reforzada y que implique a los ocho países europeos del Mediterráneo y a los cinco Estados del Magreb (a los cuales se puede agregar Egipto), esta Unión Mediterránea tendría sentido. Para algunos proyectos concretos (infraestructuras, conexión eléctrica, transporte de energía) podría recurrir a los "fondos soberanos" de los países petrolíferos en colaboración con fondos de la UE y sus Estados miembros. Para otros (medio ambiente) sería un foro de concertación que incluiría a los demás países mediterráneos.
Esta propuesta tiene como ventaja la separación de la idea de cooperación reforzada de la candidatura turca a la UE. Ésta es otra cuestión y otro debate. El vínculo que creó Sarkozy entre la Unión Mediterránea y la candidatura turca tensó el clima inútilmente y, al final, perjudicó la idea en sí misma. Igualmente, el hecho de presentar la Unión Mediterránea como la perspectiva a partir de la cual Francia piensa reconsiderar "lo que antes se llamaba la política árabe de Francia", crispó a los árabes, que no comprendieron esta declaración. El Informe Avicenne hace hincapié en la importancia del conjunto de la región árabe para Francia, y yo diría incluso para la UE.
La asociación regional prioritaria que propongo tiene también la ventaja de no chocar con la UE. Se sabe cuán celosa es ésta de sus competencias y cuánto reniega de poner sus medios al servicio de ambiciones de uno u otro Estado miembro. Al presentar la Unión Mediterránea como una asociación regional prioritaria se acallan las críticas de la UE. Después de todo, ¿no apoya la dimensión nórdica, que es una especie de asociación regional privilegiada? ¿O el Consejo Euroártico del mar de Barents?
Al limitar la asociación regional prioritaria al Magreb más Egipto no pretendo penalizar o descartar a los países de Oriente Próximo y, en particular, a Jordania, Líbano, Siria, Israel y los territorios palestinos. Pero mientras hablemos de "territorios palestinos" y no de "Palestina", cualquier proyecto de cooperación regional está abocado al fracaso. Estos países del Machrek no deben quedarse al borde del camino: ya participan en la PEV y en el Proceso de Barcelona, mientras que Israel se beneficia de un tratamiento privilegiado y participa en los grandes programas europeos de investigación.
Junto a la puesta en marcha de la asociación regional prioritaria para el Magreb más Egipto, Francia y todos los países de la UE deben movilizarse para sacar a Oriente Próximo del callejón sin salida político y abrir este grano enquistado que es el conflicto árabe-israelí. El Plan de Paz Árabe es la oferta más generosa en este sentido. Es una oportunidad que debe aprovecharse. Y Francia debe hacérselo entender a Israel y a EE UU, ahora que dispone de canales de contacto privilegiado.
La Unión Mediterránea debe ser un "nuevo soplo" y no un "nuevo suflé", según la graciosa fórmula de Roberto Aliboni. Si es una unión de proyectos y no un proyecto de unión, entonces ¿por qué no llamar a la Unión Mediterránea "las grandes obras del Mediterráneo" o "Unión por el Mediterráneo"?