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Política Exterior 122 Política Exterior

Unión Mediterránea: ¿bonitas palabras o buena idea?

por Bichara Khader
Política Exterior nº 122, Marzo / Abril 2008

Número de páginas: 7
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La idea de la Unión Mediterránea no germinó en la cabeza de Sarkozy: es obra de una orquestación colectiva en la que participaron expertos, diputados de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) y los principales consejeros del Elíseo. Declarada como "eje principal" de la política exterior francesa, la idea se impuso en los debates institucionales y en los medios de comunicación. Como una unión de proyectos, más que un proyecto de unión, la Unión Mediterránea se inspira en los principios de la construcción europea y se basa en el método de los padres fundadores del proyecto europeo: acciones concretas y solidaridad construida. Con el tiempo, podría dotarse de instituciones propias y posiblemente de instituciones comunes con la UE.
Pero hay dos elementos de la iniciativa francesa que desagradan: no es ni una política mediterránea de la UE, ni una política árabe de Francia.
Uno de los méritos de las iniciativas mediterráneas de la UE es la implicación de todos sus miembros. En 1998, un investigador alemán, Volker Perthes, redactaba el Informe Euromesco, con el evocador título de Germany gradually becoming a Mediterranean state (Alemania se convierte progresivamente en un Estado mediterráneo). Por su parte, Dinamarca inscribió en el Libro Blanco "la estabilidad del Mediterráneo" como "interés nacional", mientras que Finlandia consideraba que era un "país ribereño del Mediterráneo" puesto que se adhería a la UE.
Así, la Unión Mediterránea plantea a los otros países europeos del norte un dilema. ¿Tendrán éstos algo que decir? ¿Deberán contribuir a la financiación? ¿A través de qué instrumentos, el Banco Europeo de Inversiones, el Mecanismo Euromediterráneo de Inversión y Cooperación (Femip, siglas en francés), o un Banco Mediterráneo de Inversiones? Además, se preguntan qué forma podría adoptar esta Unión Mediterránea: ¿Una institución de pleno derecho con consejo, comisión, parlamento y tribunal de cuentas o una especie de Consejo de Europa? En este caso, ¿con qué eficacia, cuando se sabe que el Consejo de Europa no ha podido desempeñar el menor papel en la solución de los conflictos dentro del continente europeo?
La relación de la Unión Mediterránea con las instituciones europeas está, por tanto, lejos de aclararse. En cambio, lo que es cierto es que ningún país europeo aceptará que los medios financieros de la UE se pongan al servicio únicamente de las ambiciones de Francia.
Tampoco se ve claramente la relación entre la Unión Mediterránea y los países árabes. Éstos no entienden por qué Sarkozy presenta esta iniciativa como un sustituto de "la política árabe de Francia" o el contexto en el que sería necesario reconsiderar la política árabe de Francia. Esta política, iniciada con Charles de Gaulle, se ideó para romper con la visión de una Francia alineada con las posiciones israelíes, al menos hasta la guerra de 1967. No era contraria a Israel por definición, pero se suponía que estaba al servicio de una política francesa de equilibrio y correspondía perfectamente a los intereses estratégicos, políticos, culturales y económicos franceses en una región tan cercana. No era pues ni una política insensata ni, menos aún, una política vergonzosa de la que el presidente Sarkozy intentaría deshacerse. Al contrario, permitía a Francia expresarse libremente, no alinearse sistemáticamente con la política estadounidense y, finalmente, "marcar diferencias".
Ahora bien, la presentación de la Unión Mediterránea como alternativa a eso que "antes se llamaba la política árabe de Francia" (discurso de Sarkozy) asombra a los árabes que detectan en esta observación la influencia de una corriente de pensamiento en el entorno del presidente, que cree que la exhibición de una política árabe de Francia va en contra del acercamiento a EE UU y de una normalización con Israel. Eso explica, sin duda, que Sarkozy, como presidente de la UMP, haya viajado en sucesivas ocasiones a Israel, sin visitar una sola vez los territorios palestinos y comprobar, con sus propios ojos, los estragos de la ocupación. Esta inclinación proisraelí se acopla a un giro proestadounidense. Lo que temen los países árabes es que la consolidación de las relaciones de Francia con Israel y su reconciliación con EE UU se haga en detrimento de una política árabe que demostró su validez: basta con comprobar la imagen positiva de Francia comparada con el rampante sentimiento contrario a EE UU de las poblaciones árabes.
A partir de esta comprobación, son muchas las plumas periodísticas que ven en la Unión Mediterránea una especie de maniobra para pasar por encima del conflicto árabe-israelí y promover proyectos regionales. La UE creyó hacer lo mismo con el Proceso de Barcelona y se estrelló.
Percibida así, como alternativa a la candidatura de Turquía o sustituta "de la política árabe de Francia", la Unión Mediterránea no seduce. Y sin embargo, no hay que negar los aspectos positivos: la Unión Mediterránea como cooperación reforzada con el Magreb es justificable y éste es exactamente mi argumento.
Una cooperación reforzada
Si hay realmente una zona que debería sentirse afectada por la Unión Mediterránea, es justamente el Magreb. Los países del Magreb ya participan en el Mediterráneo occidental (la famosa fórmula 5+5); en el Foro del Mediterráneo, cuatro de ellos, sin Libia; en el diálogo OTAN-Mediterráneo (sin Libia); en el Proceso de Barcelona (sin Libia ni Mauritania); en la PEV (sin Mauritania, que forma parte del grupo de países África, Caribe y Pacífico, ACP, pero se proyecta una posible participación de Libia). Y existe, al menos sobre el papel, una Unión del Magreb Árabe (desde 1989) que incluye los cinco países del Magreb.
Ciertamente, la cuestión del Sahara occidental encona el clima magrebí desde 1975; la crisis argelina ha tensado, durante años, las relaciones de vecindad con Marruecos; la frontera argelino-marroquí está cerrada desde hace 12 años; y existe una rivalidad sorda por el liderazgo regional. Pero todas estas cuestiones, por importantes que sean, no tienen el mismo potencial destructor y la misma resonancia que el conflicto árabe-israelí. Por la longevidad de este conflicto, por su propia violencia, sus desbordamientos regionales, sus repercusiones internacionales, su naturaleza, las características de los protagonistas y por la instrumentación que hacen los Estados locales y los actores extranjeros, o incluso los grupúsculos radicales, el conflicto árabe-israelí constituye una fuente permanente de inestabilidad regional y tensión internacional. No es el caso del Magreb.
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