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Política Exterior 122 Política Exterior

Unión Mediterránea: ¿bonitas palabras o buena idea?

por Bichara Khader
Política Exterior nº 122, Marzo / Abril 2008

Número de páginas: 7
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A diferencia del consenso entre detractores y escépticos, la posición de Israel es más favorable, pero las razones alegadas dicen mucho sobre sus expectativas. Un diplomático israelí lo expresa sin rodeos: "La Unión Mediterránea nos brinda otra ocasión para dialogar con países con los cuales hemos tenido algunas dificultades para hablar". Así, la Unión Mediterránea sería un espacio que permitiría a Israel normalizar sus relaciones con sus vecinos sin tener que reconciliarse con ellos.
Las reacciones de los medios de comunicación y de los intelectuales están en la misma línea, pero algunos intelectuales admiten ciertas virtudes de la Unión Mediterránea. Para el historiador y periodista Alexandre Adler, el proyecto presenta cuatro ventajas:
- Con la Unión Mediterránea se consigue pasar por encima del Proceso de Barcelona, que no era más que un arreglo y carecía de un mecanismo de propulsión. Con la Unión Mediterránea, la política será decisiva: los Estados deben asumir sus responsabilidades y poner punto final a sus rivalidades.
- El nuevo mecanismo enuncia de manera implícita que "los distintos sectores geográficos musulmanes del mundo pertenecen a espacios más extensos que comparten con los no musulmanes".
- Este mismo mecanismo, por su propia lógica, obliga a Israel y a sus vecinos a reconocerse mutuamente.
- La Unión Mediterránea es un precedente excelente para proponer a continuación una Unión Euroasiática, que agrupe a Rusia, Ucrania, los países del Cáucaso y Asia central.
Si éstas son las virtudes del proyecto, Francia debería dejarlo de lado. Hay que ser ingenuo para imaginar que la Unión Mediterránea pueda regular conflictos como el de Oriente Próximo. Si al llevar a árabes e israelíes a trabajar juntos se pudiera, por un milagro, convencer a Israel de retirarse de los territorios ocupados, desmantelar sus asentamientos y destruir el muro que destripa los territorios de Palestina, entonces todo el mundo se movilizaría para poner en pie la Unión Mediterránea. Desgraciadamente, la realidad no es tan simple.
En cuanto a decir que la Unión Mediterránea va a convencer a los países musulmanes de que forman parte de un extenso conjunto es como redescubrir la pólvora. Por lo que se refiere al efecto de demostración sobre otras superficies geográficas, es una profecía temeraria.
Jean-Claude Casanova, otro eminente especialista, se limita a afirmar que la Unión Mediterránea es "un camino justo y difícil". Camino justo, porque "si esta Unión se realizara, sería el punto de encuentro de las tres hermanas latinas (...) de los otros países mediterráneos de Europa y de los socios exteriores (...)". La observación es muy pobre. En cambio, Casanova es más pertinente cuando enumera los escollos. El primero consiste en convencer a los socios europeos de que se impone un nuevo marco para dar una mayor fuerza a la cooperación. El segundo se refiere a la cuestión turca. ¿Sabrá Sarkozy explicar que su rechazo a la adhesión de Turquía "no se basa en ninguna hostilidad hacia los países musulmanes que desean asociarse a Europa en un marco en el que siguen siendo lo que son y Europa sigue siendo lo que es?". El tercer escollo proviene de la propia calidad del proyecto. En efecto, "es raro ver a los estadistas adherirse rápidamente a una idea justa". En resumen, insinúa Casanova, la Unión Mediterránea es una idea justa porque inyecta nueva energía, pero es necesario convencer a la UE de su utilidad, persuadir a los turcos para "que se queden donde están" y convencer a los jefes de Estado de que apoyen esta "idea justa".
Entre los investigadores, la aclaración de Michael Emerson y de Nathalie Tocci se asemeja a un catálogo de preguntas sobre la relación de la Unión Mediterránea con el Proceso de Barcelona, sobre los ámbitos de intervención de la Unión Mediterránea (que recortan las competencias de la UE), sobre su valor añadido y sobre el posible solapamiento con las otras políticas europeas. Para los autores, una idea mejor sería revisar la estructura del Proceso de Barcelona y de la PEV, por ejemplo, separando a los vecinos mediterráneos de los del Este y el Cáucaso. Eso coincide con mi propuesta, con la diferencia de que yo propongo dividir la PEV en tres grupos y no en dos: una iniciativa UE-países del Este-países del Cáucaso; una iniciativa euro-árabe; y una iniciativa UE-Israel. Es la única manera de superar el obstáculo del conflicto árabe-israelí que contamina todos los proyectos de cooperación en curso. Una vez resuelto el conflicto, Israel podrá unirse a los demás países de Oriente Próximo y participar en actividades regionales.
Álvaro Vasconcelos, director del Instituto de Estudios Estratégicos e Internacionales de la UE en París y ex secretario general de Euromesco, vuelve sobre el postulado básico del Proceso de Barcelona que pretende que el desarrollo de los terceros países mediterráneos conduce necesariamente a su estabilidad, quizá incluso a su democratización. Ahora bien, esta "ecuación desarrollo-estabilidad fue un fracaso", y afirma que, en lo sucesivo, conviene dar prioridad a la democracia. En opinión de Vasconcelos, el Proceso de Barcelona es "el marco más adecuado", aunque es necesario reforzarlo, por ejemplo, por medio de un Plan Marshall para el Mediterráneo (propuesta del ministro de Asuntos Exteriores portugués, Luis Amado), o de "una Unión Euromediterránea" (propuesta de Moratinos). Esta última idea es la favorita del autor, ya que la Unión Mediterránea trastoca una norma establecida que pretende que la problemática mediterránea se plantee en "el marco de una perspectiva común", lo que significa que el Mediterráneo es la frontera meridional de Alemania y que Estonia es la frontera septentrional de Portugal.
Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París, retoma esta idea de la paz como fundamento de cualquier proyecto euromediterráneo. "Si Europa ha avanzado, es porque estaba en paz", escribe Boniface. Y precisa: "Los proyectos comunes consolidaron la paz, no la precedieron".
Una última reacción remite a la afición de Sarkozy por todo lo estadounidense. Dejemos de lado las comparaciones poco elogiosas entre Sarkozy y José María Aznar que han hecho algunos periodistas españoles. Pero periodistas del sur señalan que la Unión Mediterránea es para Francia lo que el proyecto Gran Oriente Medio es para EE UU. Observen adónde nos ha llevado el proyecto Gran Oriente Medio. No hay que repetir el mismo error, advierten.
¿Unión de proyectos o proyecto de unión?
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