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Política Exterior 122 Política Exterior

Unión Mediterránea: ¿bonitas palabras o buena idea?

por Bichara Khader
Política Exterior nº 122, Marzo / Abril 2008

Número de páginas: 7
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Es cierto que el Proceso de Barcelona no ha reducido las diferencias de niveles de vida, ni ha acrecentado el poder de atracción de la región para la IED, y sólo ha aportado una financiación limitada y mal utilizada, al menos en la primera fase del programa MEDA I. En lo político, no puede firmarse ninguna Carta de Paz y Estabilidad a falta de un lenguaje común entre los socios del Norte y del Sur. La participación de Israel en la Asociación Euromediterránea junto con otros países árabes (considerada por los responsables de la UE como una conquista fundamental) no ha impedido que el gobierno israelí continúe con la colonización de los territorios palestinos y árabes y haya destruido las infraestructuras de Líbano en su enfrentamiento con Hezbolá en 2006. Culturalmente, la relación de Europa con su entorno árabe y turco sufrió mucho por la estigmatización abusiva del islam, sobre todo desde el 11 de septiembre de 2001, y por el debate europeo en torno a la identidad, especialmente en las discusiones sobre el proyecto de Constitución europea, como si ser europeo fuera ante todo no ser árabe, turco o musulmán.
Sin embargo, es injusto ensombrecer demasiado el cuadro. La Asociación Euromediterránea ha permitido el despertar y la participación de los protagonistas de la sociedad civil; ha suscitado un interés académico considerable; ha facilitado el desarrollo de redes de institutos como la Comisión Euromediterránea de Estudios (Euromesco, siglas en inglés) y el Fórum Euromediterráneo de Institutos Económicos (Femise); ha financiado en parte una Academia Diplomática Mediterránea, ha dado a luz a la Fundación Euromediterránea Anna Lindh; y ha impulsado la creación, a menudo espontánea, de centenares de iniciativas y de centros de investigación, como el Instituto Europeo del Mediterráneo de Barcelona o el Institut de la Méditerranée de Marsella. Además, ha permitido encuentros personales y políticos fructíferos y ha sensibilizado a muchos de los habitantes del norte de Europa respecto a la problemática mediterránea.
Por otra parte, no se puede incriminar sólo a la UE por los fallos y los incumplimientos del Proceso de Barcelona. Los países del sur han arrastrado los pies en lo que se refiere a la reforma, y no han hecho nada significativo para fomentar la integración de las regiones. Es cierto que se alcanzó el acuerdo de Agadir, en el cual participan Marruecos, Túnez, Egipto y Jordania, pero estos cuatro países no tienen fronteras comunes y el acuerdo sigue siendo en gran medida vacilante y virtual.
La Política Europea de Vecindad (PEV) es más problemática y despierta más interrogantes que la Asociación Euromediterránea. En primer lugar, por un enfoque bilateral excesivo que pone la integración productiva regional fuera de alcance, por el cierre de cualquier horizonte de adhesión y por el solapamiento con las otras iniciativas en curso. Los Estados del sur, no obstante, la suscriben e intentan maximizar sus beneficios, minimizando al mismo tiempo sus sacrificios (sobre todo en el ámbito político). Para los defensores de la Unión Mediterránea, la PEV es demasiado amplia y se refiere a Estados demasiado diferentes que no están sometidos a las mismas dificultades, no comparten las mismas identidades y no persiguen necesariamente los mismos objetivos.
La cuestión es saber si el marco de la Unión Mediterránea y un número más limitado de Estados participantes ofrece mejores perspectivas en lo que se refiere a trabajo compartido, coherencia y coordinación con otras iniciativas, así como el impacto sectorial y global.
En cuanto al tercer diagnóstico, la erosión del papel de Francia, lo encontramos menos en los discursos de Sarkozy que en el Informe Avicenne. Esta marginación de Francia en su periferia inmediata, sobre todo en el Magreb, es el resultado de una política exterior adormecida, de una falta de activismo francés y, por el contrario, de un aumento del voluntarismo político de otros actores, en particular EE UU que lanzó auténticas ofensivas comerciales, como la Iniciativa de Eisenstadt para el Magreb y la firma de un Acuerdo de Libre Comercio con Marruecos en 2004, para conquistar nuevas cuotas de mercado e impedir que Francia y la UE transformen la región mediterránea en un mercado cautivo. El Informe Avicenne destaca que es necesario dinamizar la política exterior francesa y asegurar una presencia, una visibilidad, especialmente en el Magreb.
Así se comprende por qué el presidente francés quiere poner de nuevo a Francia en el lugar que le corresponde por geografía, historia e intereses. Sarkozy quiere implicar a los Estados más cercanos y más afectados en iniciativas regionales, algo que se practica en otros lugares de Europa. Los diseñadores del proyecto de la Unión Mediterránea parecen inspirados por las iniciativas en marcha en el norte de Europa, como el Consejo de los Estados del mar Báltico, creado en 1992 y que hace de la seguridad colectiva uno de sus objetivos primordiales; el Consejo Euroártico del mar de Barents, creado en 1993 por iniciativa de Noruega; el Consejo Ártico, que une desde 1996 a los países escandinavos, Rusia, Canadá, EE UU e Islandia, y que se concentra en la protección del medio ambiente en una región que abarca más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados; el Consejo Nórdico, también de 1996; o la Dimensión Septentrional, lanzada en 1997 y que agrupa a la UE, Rusia, Islandia y Noruega con el fin de promover proyectos comunes y de mejorar las condiciones de vida de las poblaciones de las zonas fronterizas.
Todas estas asociaciones regionales están respaldadas por la UE, como abastecedor principal de ayuda, o con carácter subsidiario. Una resolución del Parlamento Europeo, de enero de 2003 invitaba a la Comisión a estudiar la viabilidad de una línea presupuestaria diferente, dedicada a la Dimensión Septentrional, en el presupuesto de 2004. No se sabe lo que ha ocurrido con esta propuesta, pero es un indicador de que la idea de un Consejo Mediterráneo, o incluso de una Dimensión Meridional Mediterránea, no es absurda en sí misma.
Así pues, en vista de lo que pasa en otros sitios, a la propuesta francesa de Unión Mediterránea no le falta oportunidad, y tiene sentido, puesto que globalmente se trata de maximizar los campos de cooperación entre vecinos en torno a intereses compartidos. Se trataría de establecer algo que sea más pequeño que la PEV y más eficaz que la Asociación Euromediterránea. Pero entonces, ¿por qué esta enérgica oposición contra la Unión Mediterránea?
Reacciones a la iniciativa francesa
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