La iniciativa de Sarkozy de una Unión Mediterránea no convence ni a la UE ni a los países de las orillas este y sur. El gran proyecto exterior del presidente francés ha abierto un debate sobre la política de la UE hacia el Mediterráneo articulada en el Proceso de Barcelona.
Si hubiera que reconocer algún mérito a la idea de Unión Mediterránea de Nicolas Sarkozy, sería que es como tirar una gran piedra a un estanque: trastoca muchos comportamientos, cuestiona políticas, desafía a las instituciones; en resumen, reactiva el debate en torno al carácter central del Mediterráneo en la geopolítica de Francia y de la Unión Europea, y en torno a la adecuación de las políticas europeas a los retos de todo tipo a los que están expuestos tanto los países ribereños como los más alejados.
Aun antes de que la propuesta francesa esté apoyada por un proyecto definido, ya suscita asombro, sospecha, rechinar de dientes e incluso oposición feroz. El momento elegido para presentarla y la imprecisión de la idea respecto a su contenido, objetivos, vínculos con las políticas europeas en curso, financiación, valor añadido, puesta en práctica y la delimitación del espacio que se supone debe recorrer, plantean problemas.
¿Son estas razones para rechazarla como un "discurso quimérico", una "fantasía francesa", una "cabalgada en solitario", por retomar algunos calificativos procedentes de las instituciones europeas o en los cenáculos de los especialistas? Si bien es necesario romper con esta molesta tendencia a multiplicar los discursos y los proyectos sobre el Mediterráneo, no todo tiene que plantearse en un "único marco comunitario", como si se dijera "fuera de la Iglesia (la UE) no hay salvación".
Desde el punto de vista de los diseñadores de la Unión Mediterránea, ésta se basa en un triple diagnóstico: agravamiento de la marginación del Mediterráneo en la economía mundial; inadecuación de las políticas mediterráneas de la UE; y erosión de la posición de Francia como protagonista geopolítico en el Mediterráneo.
En cuanto al primer punto, numerosos indicadores dan prueba del desplazamiento del espacio mediterráneo a la periferia de la economía mundial. La contribución de los países mediterráneos de las orillas sur y este a los intercambios mundiales está en descenso (casi un cuatro por cien); los flujos de inversiones son insuficientes (un dos por cien del total de la inversión extranjera directa, IED); el registro de patentes es poco importante (menos de un 0,5 por cien); la inversión dedicada a investigación y desarrollo es ridícula (menos del uno por cien del PIB); y los intercambios en el interior de las regiones son los más reducidos del mundo (menos del 12 por cien). En estas condiciones, la pobreza sigue siendo una característica dominante, el aumento del PIB por habitante es muy lento, el desempleo no baja y afecta cada vez más a los jóvenes licenciados, mientras que el éxodo de cerebros continúa vaciando la región de sus recursos humanos formados. El crecimiento demográfico, aunque en notable descenso en todos los países de la región, ejerce una presión considerable sobre los presupuestos de los Estados.
Respecto al segundo diagnóstico, la UE, consciente de todos estos riesgos, se dedicó a poner en práctica políticas hacia el Mediterráneo que no estaba en condiciones de afrontar. Las razones han sido diversas. Coyunturalmente, desde hace 15 años, la UE ha estado distraída por el fin del sistema bipolar, por la unificación alemana y sus consecuencias, por la preparación de la ampliación hacia el Este, y por las crisis de identidad e institucionales que se repetían en su seno.
Pero estructuralmente, la acción de la UE en el Mediterráneo siguió adhiriéndose a prácticas y políticas anticuadas que habían demostrado su ineficacia (el comercio, en primer lugar), de modo que la Unión no ha podido convertirse en la locomotora capaz de tirar de los vagones mediterráneos, tal como ocurre con Japón en Asia. Así, el peso de los países en desarrollo en el PIB del sureste asiático alcanza el 23 por cien, frente a sólo un 12 por cien en la región mediterránea. En cuanto a la IED destinada al Mediterráneo, supera apenas un uno por cien del total de la IED europea, frente a un 17 por cien de la IED de Estados Unidos dirigida a Centroamérica y Suramérica, y a más de un 20 por cien de la IED japonesa en su periferia asiática.
Además de la debilidad de la IED europea en el Mediterráneo, las políticas mediterráneas de la UE no han logrado impulsar un auténtico sistema productivo regional: hay pocos intercambios entre sectores, lo que da prueba de una escasa integración económica y, globalmente, la proporción de socios mediterráneos en el comercio exterior de los países de la UE tiende a estancarse. Aparte del gas y del petróleo, la Unión dispone de un cómodo saldo comercial positivo casi crónico con todos los países del Mediterráneo.
Jean-Louis Guigou, inspirador discreto de la Unión Mediterránea, aboga por una verdadera reconexión del Norte y el Sur, fundada en intereses recíprocos y no en una relación de fuerzas, y que vaya más allá de únicamente las cuestiones económicas. Para Guigou, la comunidad mediterránea debe lanzarse en un marco de cooperaciones reforzadas, y por iniciativa de Francia, para promover dicha reconexión. Las altas esferas, al parecer, le han escuchado.
Habida cuenta de este diagnóstico, se comprende que el presidente Sarkozy no sea piadoso en su análisis del Proceso de Barcelona, que considera un fracaso, al menos por dos razones: la primera es que la UE no se ha comprometido de verdad, distraída por las ampliaciones sucesivas; y la segunda es que la Unión sigue prisionera del aspecto económico y ha descuidado el ámbito político y el cultural.