Las relaciones de Rusia con Europa han estado determinadas por la doctrina de política exterior de Putin, que podría definirse como "socio y adversario" de Occidente, con colaboración en algunos ámbitos y contención mutua (o un intento de ello) en otros. De hecho, el Kremlin proyecta la incompatibilidad de los principios subyacentes de su política nacional al terreno de la política exterior. El autoritarismo combina igual de lógicamente con las elecciones y la marcha al compás de Occidente, a la vez que cree en un camino único y diferente, a favor y en contra de Occidente, al mismo tiempo.
En lo que respecta a las relaciones entre Rusia y Europa, podría sorprendernos su ambivalencia: por un lado, el enfriamiento e incluso las fricciones son aparentes; por otro, se da una cooperación bastante constructiva. El enfriamiento de las relaciones entre Rusia y la Unión Europea fue consecuencia no sólo de unas esperanzas poco realistas de ambas partes, sino del deseo de Rusia de tener un estatus exclusivo en su asociación con la UE, que le permitiría no acatar las normas comunitarias. También hay razones estructurales. Rusia y una Europa unida representan dos modelos de desarrollo diametralmente opuestos. La UE pretende desdibujar los límites entre los Estados nacionales, eliminar las barreras territoriales y formar una nueva comunidad con políticas basadas en el compromiso. Rusia sigue haciendo hincapié en atributos geopolíticos como un Estado fuerte, un territorio claramente delimitado y la soberanía nacional, lo cual imposibilita su avance hacia la integración con Europa.3 Esta diferencia fundamental en cuanto a la dimensión de la civilización y al planteamiento político ha conducido a una sucesión de desencuentros en cuestiones políticas, principalmente en lo relativo a democracia y derechos humanos.
Sin embargo, a pesar de sus diferencias de valores y los asuntos no resueltos que se acumulan, Rusia y la UE están ligadas por la proximidad geográfica, las similitudes culturales y numerosos intereses económicos y comerciales. Más de un 48 por cien del comercio ruso es con Europa, mientras que Gazprom cubre un tercio de las necesidades europeas de gas. Ocho países europeos suponen un 74 por cien de la inversión extranjera en Rusia. El intercambio comercial de Rusia y la UE entre enero y abril de 2007 rondó los 53.200 millones de euros. Por ahora, los desencuentros entre Moscú y Bruselas se ven mitigados por unas relaciones bilaterales favorables de Moscú y capitales europeas concretas, en especial Berlín, París y Roma, y también por el hecho de que la UE necesita comerciar con Rusia. Sin embargo, las contradicciones sistémicas entre Rusia y la UE no pueden ignorarse. Han surgido nuevas fuentes de conflicto en los Estados recientemente independizados que constituyen el vecindario de ambas partes. Las relaciones UE-Rusia ya han sido puestas a prueba por las crecientes tensiones entre Moscú y los gobiernos de Polonia y Estonia.
La negativa de Rusia a ratificar el Tratado sobre la Carta de la Energía y su Protocolo de Transporte, que pretende acabar con el monopolio del transporte energético, no ha hecho más que reforzar los recelos de los socios europeos de Moscú. Putin criticó a su vez a la UE por no cumplir sus obligaciones con respecto a la Carta de la Energía, citando el hecho de que no se abriera el mercado de materiales nucleares y se concediera a Rusia acceso directo a dicho mercado. Rusia y la UE han sido incapaces de preparar un nuevo Acuerdo de Asociación y Cooperación que sustituya al que expiró en marzo de 2007.
La mayoría de los líderes europeos, y en especial los del campo prorruso, que incluía Francia, Alemania e Italia, han preferido, al menos hasta hace poco, la aquiescencia con Moscú. Los europeos que querían quejarse de los problemas entre Rusia y sus vecinos, la corrupción o las deficiencias de la democracia en ese país no recibieron apoyo de los países más antiguos del club, mientras que el gobierno ruso se opuso a ellos enérgicamente. Era evidente que las principales capitales europeas, y en especial París y Berlín, querían evitar tensiones en la relación con Moscú, por temor a que el comportamiento ruso fuese más impredecible y perjudicara sus intereses económicos. La escisión cada vez mayor entre la Vieja Europa y los nuevos miembros de la UE con respecto a Rusia, la política europea hacia este país, básicamente defensiva, y el temor de Bruselas y las grandes capitales europeas a enojar a Rusia demuestran que Europa no ha adoptado una estrategia común y cohesionada.
La indulgencia y la cortesía europeas se perciben en Rusia como signos de debilidad y falta de resolución, lo cual hace tentador ignorar a Europa o intentar coaccionarla. La élite rusa cada vez mira más a la UE por encima del hombro, y resulta obvio que cree que puede obligarla a aceptar sus reglas y su programa o ignorarla. Esta actitud adquirió un impulso considerable cuando el ex canciller alemán Gerhard Schröder consintió en convertirse en un burócrata ruso, lo cual se interpretó como una confirmación de que la élite occidental podía entrar en vereda y trabajar por los intereses del Kremlin.
Hasta el momento, la política rusa a corto plazo con respecto a la UE ha sido al parecer un éxito. Su sello ha consistido en elegir entre los europeos, cerrando acuerdos bilaterales, principalmente con sus socios tradicionales y leales, como Alemania, y con países más pequeños cuidadosamente seleccionados, como Bulgaria y Hungría, dispuestos a aceptar la política rusa incluso al precio de romper la estrategia común de la UE. El diario ruso Vedomosti explicaba en junio de 2007 la política moscovita del divide y vencerás: "La estrategia del Kremlin se basa en la desunión y el egoísmo europeos". Difícilmente se podría culpar a Moscú de explotar la debilidad de sus socios comerciales o de maximizar los beneficios económicos y políticos de sus riquezas, su geografía o su suerte actual. Sin embargo, esta política tiene sus límites y obligará inevitablemente a los europeos a unirse para impedir que Rusia les divida. Los intentos de la UE por trabajar en la línea energética común son un indicio de que este proceso ha comenzado.
La UE y Rusia todavía tendrán que pensar en crear un marco para las relaciones futuras. En diciembre de 2007, el Acuerdo de Asociación y Cooperación, que constituye la base legal de las relaciones bilaterales, tocará su fin. En el momento que se escribe este artículo, no hay consenso, ni siquiera en el seno de la UE, sobre qué debería conllevar el nuevo tratado. Esta cuestión es también un asunto de debate en Rusia. De ahí que, por el momento, Moscú y Bruselas probablemente se las arreglen hasta que Medvédev establezca el programa para su relación con una Europa unida. Al principio del nuevo ciclo político en Rusia, cuando se forme el próximo equipo de gobierno en Moscú, en verano de 2008, será necesario un diálogo más ambicioso entre la UE y Rusia para reactivar el interés mutuo.