El pueblo ruso ya no se interesa por la política porque no ve cómo ésta puede ayudarle a mejorar su vida. Con todo, esta apariencia de apatía e indiferencia puede ser engañosa. Poco a poco están apareciendo factores sistémicos que minarán paulatinamente esta docilidad. Existen tres de esos factores a largo plazo, engendrados no por circunstancias adventicias, sino por el modo en que está organizada la sociedad. El primero es la naturaleza básicamente ilógica del autoritarismo legitimado de forma democrática. La determinación del régimen a conservar el poder obliga a amañar los resultados electorales, lo cual socava su legitimidad, y un régimen que ha perdido la legitimidad puede ser repudiado en cualquier momento. El segundo factor es la voluntad del régimen de mantener el statu quo a la vez que redistribuye simultáneamente los recursos. Esto enfrenta a un grupo de la élite con otro y desestabiliza la situación política. El tercer factor es la aparición inevitable del descontento cuando el poder está centralizado en exceso. Si el descontento popular no puede expresarse en el Parlamento y en los medios de comunicación, tarde o temprano saldrá a la calle.
Rusia está aportando cada vez más pruebas a la idea de que un sistema construido sobre el principio de "correas de transmisión" del poder -gobierno vertical- sólo puede funcionar si existe un mecanismo de subordinación sin tacha. Éste se mantiene, primero, a través del miedo; segundo, a través de la violencia; y tercero, a través de una ideología movilizadora, que en el caso de Rusia solía ser el comunismo. Si falta alguno de estos módulos, la pirámide de poder empieza a tambalearse. Asimismo, es un sistema centralizado. La caída de cualquiera de sus ramas provoca el desmoronamiento del sistema, pues todos sus elementos existen en una pirámide de subordinación. La falta de instituciones independientes para resolver conflictos entre grupos de interés implica que el proceso político se vuelve más impredecible, y un sistema centralizado es impotente ante la impredecibilidad.
Rusia, entre el pasado y el futuro
El híbrido producido gracias a los esfuerzos de dos presidentes poscomunistas, Yeltsin y Putin, muestra que Rusia no ha conseguido occidentalizarse y que tampoco quiere volver al sistema ruso clásico. El poder en Rusia sigue estando personalizado, pero ya no está grabado en la mente ciudadana como algo inevitable, arraigado en la historia y la mentalidad rusas, y otorgado por Dios. En la práctica, el modelo soviético de Estado burocrático ha sido resucitado, sólo que ahora sin la ideología y los mecanismos represivos comunistas. La sociedad ha salido de una cultura patriarcal, pero todavía no se ha transformado del todo en una nueva cultura, y fragmentos aleatorios de la vieja y la nueva cultura coexisten en su conciencia. Al intentar imitar el Estado de Derecho, el pluralismo y la libertad, a la vez que se aferra al gobierno vertical, Rusia permanece inmóvil y ahora se encuentra estática o aislada, en un bache de la historia, incapaz de avanzar o retroceder. Su rumbo futuro es incierto. El intento por combinar elementos incompatibles es enmascarado por ejercicios de imitación que se presentan como pragmatismo. En realidad, apuntan a la incapacidad de la clase gobernante y la sociedad rusa para dejar atrás el pasado (o a una falta de energía para hacerlo), aunque tampoco desean permanecer indefinidamente en él.
En la práctica, el Estado y la sociedad rusos siguen organizados en torno a unos principios que no son compatibles con la democracia liberal. Tengo en mente no sólo la primacía del Estado. Al fin y al cabo, todas las sociedades se basaron en este principio, algunas de ellas recientemente, a finales del siglo XX. Consiguieron encontrar maneras de combinar los legados de sus tradiciones históricas, culturales y religiosas con las reglas liberales y democráticas. En el caso ruso, la primacía del Estado siempre se ha vinculado a la existencia de amenazas reales o imaginarias, tanto internas como externas, que a su vez exigían la militarización de la vida cotidiana del pueblo y la subyugación de los cimientos mismos de la sociedad con fines militaristas. En resumen, Rusia desarrolló un modelo único para la supervivencia y la reproducción del poder en un estado de guerra permanente. Esta situación se mantuvo incluso en tiempos de paz, que siempre ha sido temporal en Rusia. El país ha estado o bien preparándose para una guerra contra un enemigo externo o bien persiguiendo enemigos en casa. Con el modelo militarista se ha pretendido legitimar el Estado supercentralizado a ojos del pueblo.
La presidencia de Putin ha demostrado las posibilidades y los límites que conlleva utilizar elementos de pensamiento militarista para preservar el Estado tradicional. Bajo la vigilancia de Putin, el Kremlin ha vuelto a la táctica de buscar enemigos tanto en Rusia como en el extranjero para justificar la centralización de poder. Hasta la fecha, esta táctica ha funcionado bien, pero tiene sus límites. En algún momento, la caza de brujas podría desembocar en una batalla entre clanes dentro de la élite que empezaría a socavar la estabilidad. Este modelo también dificulta el diálogo entre la élite rusa y Occidente, así como la capacidad de la élite para utilizar a Occidente con el fin de garantizar su propia supervivencia. El Kremlin, evidentemente, reconoce los límites del paradigma militarista. Está intentando no cruzar la línea más allá de la cual el país se apartaría de la comunidad de naciones desarrolladas y quedaría marginado, algo que la clase política trata de evitar.
El precio desorbitado del petróleo y el aumento de la demanda mundial de hidrocarburos han permitido a Putin llevar a cabo un nuevo experimento utilizando el paradigma ruso tradicional. Ha intentado suprimir la militarización como la base del Estado ruso, dejando sólo algunos de sus estereotipos, y sustituirla por el modelo de superpotencia energética. La élite concibe los recursos energéticos como un instrumento clave del poder duro y blando, y también como una garantía del estatus global de Rusia y el Estado centralizado. La sustitución de militarismo por energía ha sido un éxito, pero debido a la naturaleza de los recursos energéticos y a la integración cada vez mayor de Rusia en las interdependencias económicas internacionales, este nuevo medio para preservar la primacía del Estado posee un potencial limitado. Ahora que el sector energético de Rusia está necesitado de inversiones para abastecer a la creciente demanda interna y externa, depender continuamente de la energía podría acabar minando el viejo sistema ruso.
La élite rusa intenta desesperadamente mantener a la sociedad en un estado de inconsciencia amodorrada, jugando con su subconsciente, reactivando viejos mitos y no permitiendo que mueran los demonios del pasado. De este modo, la élite es incapaz de actuar en un contexto de pluralismo político, que es la fuerza principal que mantiene a Rusia en su punto muerto actual.
Rusia y Europa