Evidentemente, Putin y sus asociados más próximos esperan que Medvedev continúe con el papel de un Den Xiaoping ruso. Les gustaría un sucesor discreto y pusilánime que haga las veces de suplente, dispuesto a ceder su sitio en cualquier momento si el Deng ruso decidiera volver al poder. No obstante, la lógica sistemática no siempre se corresponde con las expectativas de quienes la siguen. Un problema adicional es que es improbable que la ciudadanía rusa acepte la idea de dos centros de poder, uno en forma de un presidente "técnico" y el otro en forma de un titular no oficial del poder situado detrás de él o actuando como primer ministro, presidente del Tribunal Constitucional o desempeñando cualquier otra labor. Tanto el pueblo como la élite empezarían rápidamente a mostrar deferencia hacia el jefe de Estado electo, que podría "cogerle el gusto" a lo de gobernar y decidir no ser un cero a la izquierda, una marioneta, y sí un presidente real. Putin, después de todo, dio la patada a sus garantes en cuanto se afianzó en el poder. En todo caso, si Putin quiere seguir en el poder, puede que tenga una oportunidad de hacerlo si retornara al cabo de un año o año y medio (que la Constitución permite). Sin embargo, si se prolonga en el cargo, el sucesor conseguirá erigir su propio régimen y apartará a su predecesor de la órbita del Kremlin.
Las elecciones del 2 de diciembre han sido un acto fundamental en el proceso de la perpetuación del poder. El Kremlin convirtió la elección parlamentaria en un referéndum sobre la confianza en el presidente saliente, lo cual no es sólo irónico, sino anticonstitucional. Como se preveía, Rusia Unida obtuvo una abrumadora mayoría. Aparentemente, Putin y su equipo esperaban que esa victoria del partido dominante en el Kremlin le diera una legitimidad extra y le ayudara a otorgarse el papel de líder nacional para continuar con el control de la política. Los resultados de las elecciones pueden haber sido inesperados por las autoridades. Convertir las elecciones parlamentarias en un referéndum sobre el apoyo al líder puede socavar el papel del Parlamento y el sistema de partidos. Además, el intento de Putin por preservar su influencia debilitará la próxima presidencia. Esto sólo muestra que cualquier sistema que intenta perpetuarse, lo único que consigue es debilitarse a sí mismo.
Estabilidad inestable
Enumeremos los factores que garantizan el orden en Rusia. El precio del petróleo es crucial para la estabilidad del país. La recuperación económica continúa, lo cual mantiene contento al sector de la sociedad con apetitos consumistas. La gente todavía no se ha recobrado totalmente de su desconfianza tras la agitación de la era Yeltsin, y su recuerdo es uno de los factores cruciales de estabilidad en la Rusia pos-Yeltsin. Aunque está insatisfecho, el pueblo no abriga un deseo ardiente de tomar las calles y exigir cambios políticos. Está desilusionado con la oposición, tanto de izquierdas como de derechas. No tiene prisa por apoyarla y se contenta con esperar que aparezcan nuevos rostros. Los vestigios de la vieja oposición de los tiempos de Yeltsin han perdido su combatividad, pero siguen ocupando los sectores de protesta, limitándose a dificultar la aparición de una oposición más dinámica, y para el Kremlin más peligrosa. El Kremlin también es experto en robar los eslóganes más atractivos de la oposición.
La pérdida del viejo espíritu de disensión de los intelectuales es especialmente digna de atención. La sociedad actual carece de ese fermento de insatisfacción que los intelectuales y los disidentes aportaban en tiempos soviéticos. De hecho, el régimen no es demasiado represivo (todavía) y permite a la oposición sobrevivir, aunque sólo sea después de arrinconarla en un gueto y restringir su acceso a la ciudadanía y a los medios de comunicación. Así ha sucedido durante la campaña de las parlamentarias con la formación opositora Otra Rusia, de Gari Kasparov -que ha anunciado su retirada de la contienda electoral de marzo- con Yabloko o con la Unión de Fuerzas de Derechas, que probablemente quedarán fuera de la Duma (Parlamento). Los miembros de la oposición se relacionan unos con otros a través de clubes, los círculos de los pocos partidos pequeños de la oposición que quedan y, por último, Internet. El que existan esas válvulas de seguridad crea la impresión de cierto grado de libertad. Debemos felicitar al Kremlin y sus portavoces por el modo en que han abarrotado el ruedo político con clones creados y financiados por el gobierno: partidos, movimientos juveniles que brotan como hongos, una cámara pública y un consejo de Estado. Estos frentes generan la ilusión de que hay una vida política activa y reducen las oportunidades para la aparición de movimientos vibrantes.
Por supuesto, para la Rusia adormecida, la institución del liderazgo es tremendamente importante. Cuando todo es vago y frágil, cuando no existe una idea de progreso y cuando la fe en el futuro se ha evaporado, la sociedad encuentra la salvación en su líder. La gente ve la corrupción del régimen, pero sitúa al líder por encima de los círculos oficiales, le exime de toda crítica y, aunque sea consciente de su grado de culpabilidad, no desea abandonar las ilusiones que todavía alberga sobre la única institución política con recursos de poder: la presidencia.
Es increíble lo contradictorias que pueden ser a veces las actitudes de los ciudadanos postsoviéticos. Según una encuesta de Levada Center, ONG rusa de análisis de opinión, en 2007, un 32 por cien se mostraba satisfecho con el progreso del país, mientras que un 65 por cien dijo sentirse descontento. Sólo un 12 por cien creía que la situación económica del país mejoraría. Pese a esto, una mayoría abrumadora, el 77 por cien, aprobaba la actuación del presidente (frente a un 22 por cien que no lo hacía), aunque reconocía que la suya es la única autoridad real en el país y que es el presidente quien controla al gobierno, al que considera patético. Los rusos siguen viendo al presidente como alguien situado por encima de la política, de su sistema y de su régimen, y de este modo quieren conservar al menos cierta fe en el orden, ya que rechazar a un líder en un país que carece de otras instituciones plantea el peligro del caos.