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Política Exterior 121 Política Exterior

Rusia al final del gobierno de Putin: un precario ‘statu quo'

por Lilia Shevtsova
Política Exterior nº 121, Enero / Febrero 2008

Número de páginas: 6
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Ahora que la presidencia de Putin se aproxima a su fin, se ha llegado a un punto muerto: la corporación burocrática gobernante todavía teme al líder y le obedece, pero el líder depende cada vez más de ellos y no puede reemplazar el apoyo del que depende sin correr el riesgo de caer. El líder está ligado a su equipo, no sólo por su pasado ni por los intereses empresariales comunes, sino, lo que es más importante, por sus errores compartidos. Es este lazo lo que le hace especialmente vulnerable y dependiente de ellos. Escudándose en el líder, la burocracia actúa de manera independiente pero en nombre suyo, y esto le desacredita y debilita. Putin sigue distanciándose con éxito de sus burócratas a ojos del pueblo, que le absuelve y condena a la burocracia. Sin embargo, esta división de la opinión pública respecto al régimen, que diferencia al líder del Estado, no continuará indefinidamente, y el sucesor de Putin podría encontrarse en una situación más precaria.
Es cierto que el segundo presidente ruso intentó introducir una política innovadora, reanudar las reformas económicas y acercarse a Occidente durante su primera presidencia. No obstante, Putin demostró que las reformas parciales no alteran la lógica del sistema personificado. La consolidación burocrática-autoritaria se convirtió en el logro clave de Putin. Naturalmente, hay varios tipos de consolidación. El presidente va más allá de la típica fórmula soviética de estabilización que pretendía mantener a flote un sistema cerrado herméticamente. Putin ha afrontado una tarea mucho más ambiciosa. Ha tenido que consolidar un sistema que incluye tendencias y principios enfrentados, un sistema que es imposible sellar por completo. Tuvo que montar dos caballos a la vez y en direcciones opuestas y -hasta el momento- le ha salido bien el truco. Ha puesto fin al convulso periodo del desarrollo ruso, aparentemente ha restablecido la normalidad y creado un Estado más fuerte, y ha presenciado un alto crecimiento económico. Aun así, esa normalidad oculta unos conflictos sociales insalvables. El Estado es depredador y su fortaleza es un disfraz para sus puntos débiles. La historia política nos dice que la consolidación porque sí, con el cometido principal de reforzar el poder estatal, acaba socavándolo.
El momento de la verdad: perpetuación del poder
Según la Constitución rusa, el presidente debe abandonar el Kremlin tras completar un segundo mandato. De ahí que, por primera vez en la historia del país, se haya erigido una barrera para que un gobernante no pueda permanecer en la presidencia por un periodo ilimitado, hasta que muera por causas naturales, sea derrocado por un golpe de Estado o, en el mejor de los casos, sea apartado del Kremlin. Sin embargo, la clase política rusa no consigue aceptar la incertidumbre que conllevan la competencia política y las elecciones libres. La élite no ha aprendido a pensar en términos de alternativas y cambio de régimen, motivo por el cual trata de mantener el control sobre la transferencia de poder con tanta desesperación.
A medida que se acerca el final del mandato, al equipo del Kremlin no se le ocurre nada mejor que prepararse para traspasar el poder a una persona leal con la esperanza de continuar siendo una fuerza influyente detrás del trono. Necesita predecir quién se hará con el control y se alineará oportunamente con el nuevo líder. El país es abandonado a su suerte, y nadie sabe adónde se dirige; todos los problemas se posponen hasta otro día y nadie gobierna Rusia realmente. El Estado se paraliza y no puede funcionar correctamente hasta saber quién será el próximo en encarnarlo. Así ocurrió con Yeltsin, así ha sucedido con Putin hasta la designación de Medvedev, y así ocurrirá con el nuevo líder mientras prosiga un régimen personalizado en Rusia. En consecuencia, el segundo mandato -no importa quién sea el presidente y por cuánto tiempo mientras persista el sistema actual, con todos sus problemas de continuidad- es tiempo perdido.
En lo tocante a la sucesión, lo más importante no era el nombre del candidato, sino qué clase de liderazgo busca el país. La trayectoria de Medvedev es ilustrativa en este sentido. Yeltsin entró en el Kremlin como líder anticomunista preparado para trazar una línea con el pasado. Putin resultaba atractivo como estabilizador de la caótica incertidumbre generada por Yeltsin. Actualmente, el Kremlin reconoce que la fórmula de la estabilidad, por sí sola, no es suficiente y ha empezado a moverse de manera más activa, ofreciendo otro señuelo: Rusia como superpotencia una vez más. Una situación rápidamente cambiante está obligando a las autoridades a correr en direcciones opuestas al tiempo que intentan predecir qué tipo de liderazgo responderá más fielmente al talante popular y en qué dirección deberían tratar de orientar dicho estado de ánimo.
En teoría, son posibles varias situaciones hipotéticas en la era pos-Putin: entre los extremos de gobierno de un individuo fuerte y el gobierno de una burocracia fuerte. Putin representa a un régimen construido sobre el compromiso y la contención mutua entre el presidente y la burocracia. Si no se producen grandes cambios en el modo en que se comportan la sociedad y la élite, hay razones para continuar con este tipo de régimen tras la marcha de Putin. Sin embargo, alguna complicación inesperada, sobre todo una intensificación de la lucha de poder dentro del Kremlin o, aún peor, una crisis en la sociedad, podría dar pie a la aparición de un líder más autoritario. El "giro a la izquierda", con un Perón o un Chávez rusos en el poder, es menos probable, sobre todo teniendo en cuenta el perfil "liberal" de Medvedev. La clase gobernante rusa prefería sin duda ver sus intereses protegidos por un líder con inclinaciones derechistas, por temor a un resurgimiento de las ideas socialistas.
En todo caso, el nivel y el grado de autoritarismo del régimen pos-Putin podría variar, en función del equilibrio de fuerzas dentro del Kremlin y de lo seguros que estén de sí mismos la élite gobernante y su líder. Aun así, podemos estar seguros de que los parámetros clave del sistema construido por Yeltsin y Putin -control estatal de la economía, neopatrimonialismo, paternalismo social y desconfianza hacia Occidente en la política exterior del Estado, en un futuro próximo o incluso a medio plazo- se mantendrán, simplemente porque el sistema se ha consolidado y adquirido su propia lógica y porque, hasta ahora, la continuidad cuenta con una base de apoyo popular bastante amplia, como demuestra el 64,3 por cien de votos logrados por Rusia Unida en las parlamentarias.
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