¿Cómo aumentar la seguridad? Sólo con una fuerza exterior, numerosa, adecuadamente equipada y con un mandato claro que les permita intervenir para proteger a la población civil. La cuestión del mandato es fundamental. El oficial ruandés al frente del destacamento de Kebkabiyah nos muestra sus helicópteros de ataque y se pregunta para qué los quiere si no los puede utilizar. Aconseja que no se manden más soldados sin un mandato que les permita intervenir.
Hasta ahora el gobierno de Sudán se había opuesto al despliegue de una fuerza de la ONU con estas características, argumentando que la amplificación mediática del drama de Darfur no era sino una excusa de los occidentales para intervenir militarmente al viejo estilo colonial. Este reproche se expresó de forma clara en el Parlamento Europeo, donde la situación en Darfur se valora de forma muy diferente a la que tuvimos ocasión de presenciar in situ.
La versión oficial reduce el problema a un conflicto étnico-económico por los recursos naturales entre agricultores africanos y pastores árabes en el que Jartum no tiene ni arte ni parte. Nuestros colegas parlamentarios progubernamentales acompañan esta argumentación con la negación sistemática e irritada de las cifras de víctimas, refugiados y asistidos por el PMA, criticando de forma exacerbada el trabajo de las ONG y la actitud de los gobiernos occidentales por su participación en la guerra de Irak.
La novedad es que ahora el gobierno sudanés no sólo no se opone, sino que pide el despliegue de esa fuerza híbrida de unos 17.000-20.000 soldados, quizá porque la situación se ha vuelto tan compleja que ya no puede controlarla, o quizá porque cree que, a la hora de la verdad, no seremos capaces de desplegarla efectivamente y que no merece la pena pagar el coste político de oponerse. Puede que tenga razón y, después de tanto exigir y reprochar a China que impidiese acuerdos en el Consejo de Seguridad, el mundo demuestre su impotencia para resolver el drama de Darfur y dar contenido a esa "obligación de proteger" que tantas veces hemos proclamado.
En la forma de ejercer esta "obligación de proteger" los países occidentales han estado, y siguen estando, profundamente divididos. EE UU y Reino Unido son partidarios de imponer sanciones al régimen de Jartum. La UE es contraria a las sanciones y busca soluciones dialogadas. Los intereses de Washington, embarcado en su guerra contra el terrorismo, y los de Pekín, lanzada a fuertes inversiones en el petróleo de Sudán, también han dificultado la coherencia internacional en la búsqueda de una solución capaz de poner fin a una guerra que dura ya cuatro años.
La presión para que se llegara al acuerdo de paz de Abuja hace un año ha resultado también contraproducente. Ese acuerdo nació debilitado porque lo firmaron muy pocos grupos rebeldes, y la sociedad de Darfur, insuficientemente representada en las negociaciones, no lo hizo suyo. El principal, y casi único firmante, Mennawi, fue recibido por George W. Bush en la Casa Blanca después de unas negociaciones dirigidas por el nuevo presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick. Pero Mennawi ha visto poco después cómo sus partidarios se enfrentaban entre ellos y ahora corre el riesgo de quedarse aislado en Jartum, donde ejerce como consejero especial del presidente, Omar al Bashir.
Mennawi reprocha a EE UU y a la UE la presión para firmar en solitario, además de no haber cumplido su compromiso de convocar una conferencia de donantes para lanzar un programa de inversiones en Darfur que impulsara la paz. Pero en las actuales condiciones de anarquía, un programa de reconstrucción es inviable. También se lamenta, y en eso le secundan las autoridades sudanesas, de que los jefes rebeldes que no firmaron el acuerdo de paz sean recibidos como héroes en las capitales europeas, que dicen seguir apoyando esos acuerdos. Esta incoherencia es una muestra más de la complejidad de la situación para la que no existe solución milagrosa.
Sin embargo, es urgente ensayar todas las soluciones posibles, porque la demora se mide en más muertos y mayor violencia. Es fundamental el despliegue de la fuerza híbrida, aun sabiendo todas las dificultades a las que tendrá que enfrentarse. Es imprescindible relanzar las negociaciones para un acuerdo de paz más comprensivo. Y es necesario presionar a todas las partes para que dejen de buscar una victoria militar que nadie puede alcanzar. En particular, hay que presionar al régimen de Al Bashir, que continuará con la guerra, aunque sea subcontratándola a milicias irregulares, y desoirá las exigencias internacionales mientras crea que no va a sufrir represalias.
El análisis de costes y beneficios que hace Jartum sólo se puede modificar si se imponen sanciones multilaterales o si es creíble la posibilidad de que se decidan. Ello requiere un acuerdo entre EE UU y China que hoy es más posible que ayer a medida que se acercan los Juegos Olímpicos de Pekín y China entienda que sus intereses e inversiones en Sudán se ven amenazados por un conflicto sin salida en Darfur que puede desestabilizar la región.
Todos estos factores están en juego. Pero después de las últimas posiciones del gobierno de Sudán, la pelota esta ahora en el tejado de la comunidad internacional y, en particular, en el de Europa. En los próximos meses veremos qué hacemos con Darfur, pero nadie podrá decir, como en Ruanda, que no sabíamos lo que podía ocurrir.
La referencia a Ruanda aporta un poco de esperanza al dolor de Darfur. A principios de los años noventa, Ruanda era el compendio de todas las terribles desgracias que estereotipan a África, genocidio incluido. Hoy es un país seguro y bien gobernado, con un crecimiento económico sostenido. Después de su descenso a los infiernos, se puede hablar del milagro ruandés. La esperanza no esta prohibida, pero Darfur no saldrá solo de su infierno. A todos nos toca hacer una parte del milagro.