Ni las encuestas ni los analistas pronosticaban algo así. Algunos veían venir la avalancha del voto popular y se percibía en el ambiente que una gran parte de las capas medias urbanas, perdida definitivamente la confianza en los partidos tradicionales, fluctuaba esta vez entre la resignación y la esperanza ante la que presentían como ineludible victoria de la nueva clase ascendente. A pesar de ello, analistas y empresas de sondeos subestimaron la subida de la marea social, que anunciaba un giro histórico. Pocos días antes de las elecciones el asunto de debate y de temor era todavía la incertidumbre de una elección presidencial que se dirimiría en un Congreso sin mayorías claras. Ahora ya no hay duda de que el repudio a los partidos tradicionales, que gobernaron con sucesivos pactos en las últimas dos décadas a base de prebendas, uso discrecional del poder y corrupción, ha podido más que el temor a las incertidumbres que suscita la elección de Morales y del MAS, que representan una nueva clase social; al conglomerado de sectores y movimientos excluidos hasta ahora del poder político.
El vuelco inopinado de un sector tradicionalmente conservador y/o modernizante aportó al MAS entre el 20 por cien y el 25 por cien del total de sus votos. Los suficientes para vencer la barrera de la mitad más uno y los que terminaron por hundir la candidatura de Quiroga.
La democracia funciona, aunque de distinta forma
El proceso electoral ha sido impecable tanto en Bolivia como en Chile. A pesar de la macabra interrupción de la dictadura pinochetista, en Chile las elecciones son una rutina construida con ingredientes y procesos conocidos; dada la legislación electoral y partidaria, está ausente toda sorpresa, inclusive en la elección parlamentaria. En Bolivia las dudas y los temores eran tantos como puede colegirse del ejército de observadores internacionales enviados. No se produjo incidente alguno de relieve durante la campaña electoral, la participación fue muy alta (84 por cien) y, por supuesto, ha habido sorpresas y sorprendidos por los resultados. Así pues, no obstante las diferencias entre ambos países, se puede decir que la democracia ha funcionado en ambos países, aunque por vías diversas, que avisan de riesgos y oportunidades distintas.
Es obligado señalar que sería inadecuado situar a Bachelet y a Morales en la secuencia de los populismos capitaneados por los outsider, los candidatos que, por la pérdida de representatividad de los partidos tradicionales, han emergido como llaneros solitarios en otros países del continente: Venezuela, Colombia, Perú... Su primera característica es la imprevisibilidad de lo que van a hacer, que vendrá determinado por las alianzas que se vean obligados a realizar para gobernar, ante la carencia de una estructura partidaria consolidada. El caso más notorio ha sido Perú que, tras haber sufrido dos experiencias de este tipo (Alberto Fujimori y Alejandro Toledo), podría no haber escarmentado (Ollanta Humala sigue segundo en las encuestas). Ni Morales ni Bachelet son imprevisibles, pero ni uno ni otra pertenecen a la clase política tradicional de sus respectivos países.
Desafíos de la democracia boliviana: los partidos políticos
El presidente Morales es el líder de un nuevo partido-movimiento, que viene con la intención de sustituir la hegemonía de los partidos tradicionales. Morales es el resultado de una larga acumulación de contradicciones étnicas y sociales en uno de los países más pobres del mundo, que se hicieron patentes en la reciente coyuntura electoral que ha marcado el fin de la "democracia pactada" entre los partidos de centro-derecha y centro-izquierda tras el fracaso de la izquierda populista en 1985. Estos partidos han cavado con sus prácticas su propia tumba y no han querido comprender que, si bien es cierto que a partir de 2002 se ahondaba una crisis de representación que amenazaba con dar al traste con el Estado, la crisis se ha saldado, de momento, no con el fin de la democracia, sino con el fin de los partidos que la gobernaban y con la irrupción de un nuevo partido-movimiento representativo de la mayoría del país. El amplio triunfo del MAS y de Morales en medio de una rampante fragmentación social y cultural, con un Estado debilitado, donde la propia existencia de la nación boliviana estaba en entredicho, se debe a que se presentaba como la única opción capaz de rescatar, refundar y estabilizar un país que ha estado al borde de una guerra civil en más de una ocasión en los dos últimos años.
Son manifiestas las carencias y los desafíos del MAS, que no es todavía un partido, sino una agrupación corporativa de sindicatos y de movimientos sociales muy diferentes, con intereses no siempre compatibles entre sí: sindicatos que no siempre lo son, pues se trata de agrupaciones de productores o de comerciantes que se autodenominan sindicato; agrupaciones étnicas de corte histórico o moderno; asociaciones de mujeres; juntas vecinales; cooperativas; ONG vinculadas a la cooperación extranjera, sobre todo europea, que ha sido un factor clave para la conformación del entramado organizativo que subyace al MAS, etcétera. El aglutinante es la figura de Evo Morales y una doctrina o discurso, todavía embrionario, cuyo inspirador fundamental es el vicepresidente, Álvaro García Linera. El liderazgo y discurso de Morales han sido capaces de domeñar a las corrientes más exaltadas, a los que García Linera tipifica como "pequeños grupos que ya no tienen vida política ni influencia ni han participado en las estructuras de movilización de los últimos años (...) Son recuerdos testimoniales y arcaicos de una época que ya pasó".
A pesar del lúcido optimismo de Linera, el triunfo del MAS no garantiza por sí solo la consolidación de la nueva democracia boliviana. Para ello, es necesario, por un lado, que el MAS avance decididamente hacia su conformación como partido representativo de los varios sectores que lo han aupado al poder. Pronto comenzarán los tironeos y divergencias en el seno de un conglomerado tan variopinto. Se necesitará mucho más que la autoridad moral de Morales y la lucidez de García Linera para ir ahormando y disciplinando a los varios líderes sectoriales y territoriales cuando empiecen a plantearse los grandes asuntos en juego, como son la convocatoria a la Asamblea Constituyente y las decisiones sobre el contenido de la nueva Constitución, especialmente en dos puntos cruciales. El primero es la conformación del nuevo Estado, en el que las autonomías regionales son una exigencia -emanada sobre todo de los sectores empresariales de Santa Cruz (adversos al MAS)- a la que el nuevo oficialismo no podrá oponer resistencia. El segundo es la formulación en el texto de la nueva Constitución de la prometida nacionalización de los recursos minerales y energéticos, concepto lábil que en su formulación política ha podido hasta ahora ser digerido por las empresas trasnacionales (Petrobrás y Repsol YPF han anunciado nuevas inversiones), pero que podría tornarse en un bumerán en el seno del nuevo oficialismo en cuanto empiecen los debates. Ahí comenzarán a ponerse a prueba la capacidad y la voluntad políticas del joven partido de Morales-Linera.