Aunque de naturaleza e implicaciones diferentes, los triunfos de Evo Morales y Michelle Bachelet constituyen una sacudida en la escena regional e internacional. Tal vez el nuevo tiempo político de América Latina transcurra por los caminos que abren ambos procesos.
En un año cargado de procesos electorales en Latinoamérica, las elecciones casi simultáneas en Chile y Bolivia han removido el panorama político interno y han despertado una atención inusitada en todo el mundo. A título indicativo, entre el 10 de noviembre y el 10 de febrero, el buscador Google contaba más de millón y medio de páginas en cuyo contenido se hablaba de Michelle Bachelet y más de dos millones y medio de Evo Morales. Unas 682.000 páginas se referían a ambos. Utilizando análogos criterios de búsqueda, Óscar Arias, candidato presidencial en Costa Rica, aparece sólo 97.400 veces en los últimos tres meses.
Que una mujer, Bachelet, y un indio, Morales, seculares excluidos del sistema político, hayan llegado democráticamente a la cima del poder en dos países limítrofes, aunque tan distintos, es de suyo una noticia de gran calado. Es relevante, por supuesto, que ambos países tengan reservas estratégicas de cobre, Chile, y de gas y petróleo, Bolivia. Pero ambos hechos no bastan para explicar la repercusión mundial de estas elecciones que, por su proximidad en el tiempo -pero no sólo-, han sido tratadas conjuntamente en los medios de comunicación más importantes del mundo como si hubiesen sido el primer movimiento del anunciado "giro a la izquierda" de la región. También en estas páginas abordamos conjuntamente ambos procesos, haciendo patentes los contrastes, pero también los desafíos comunes internos y externos, de los que el más obvio es, sin duda, el contencioso bilateral que, originado en una guerra del último tercio del siglo XIX, se sustancia en el enclaustramiento de Bolivia.
Al socaire de las elecciones, la prensa ha subrayado las diferencias entre las economías de Bolivia y de Chile, que son un dato de partida:
Bolivia: más de un millón de kilómetros cuadrados, unos nueve millones de habitantes, un PIB de unos 9.200 millones de dólares en 2005. Una renta anual per cápita en torno a los 900 dólares, con un crecimiento actual del 4,6 por cien al año. En 2005 Bolivia alcanzó su cifra récord de exportaciones: unos 2.400 millones de dólares.
Chile: 756.000 kilómetros cuadrados, casi 16 millones de habitantes, un PIB de unos 75.000 millones de dólares en 2005, una renta anual per cápita cercana a los 5.000 dólares. EL PIB crece en la actualidad a una tasa anual del 5,5 por cien. En 2005 Chile alcanzó su cifra récord de exportaciones: unos 36.000 millones de dólares.
Sin embargo, mientras se elucubra sobre los movimientos geopolíticos en la región, es decir, el eventual fortalecimiento del eje chavista tras el triunfo de Evo Morales, pocos se han detenido a comentar el dato obvio de la impecable calidad democrática de ambos procesos electorales, lo que, estimado normal en el caso de Chile, debería haber sorprendido a cuantos informadores y analistas cubrieron las asonadas de los años pasados; sobre todo, la real insurrección masiva (con decenas de muertos por disparos del ejército) que forzó la renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003. La victoria de los movimientos en rebeldía fue el acto inaugural del proceso que llevó al Movimiento al Socialismo (MAS) y a Morales al poder.
El ascenso de Morales y de los movimientos sociales
Carlos Mesa, vicepresidente de Sánchez de Lozada, convertido en el nuevo presidente, buscó acuerdos puntuales, no siempre efectivos ni prolongados, con los movimientos sociales aglutinados en el MAS, la sigla con que Morales y sus seguidores crearon, en tan sólo 20 meses, las condiciones sociales y políticas para ganar, por inédita y abrumadora mayoría, una elección convocada para que la ganaran otros.
En efecto, en junio de 2005 renunció Mesa y se acordó convocar elecciones para fines de año, en medio de un vacío de poder, en que la sucesión constitucional se salvó in extremis, llegando a la presidencia el titular de la Corte Suprema, Eduardo Rodríguez. El descrédito del partido de Hugo Banzer, Alianza Democrática Nacional (ADN) y de los dos partidos tradicionales de centro-izquierda -Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)- había tocado fondo. Pero el MAS era aún un proyecto embrionario, aparentemente sin cohesión ideológica y programática y sin aparato organizativo. Así, el centro-derecha se agrupó bajo una nueva sigla (Podemos) y el liderazgo de Jorge Tuto Quiroga que, como vicepresidente de Banzer, lo sucedió como presidente tras su fallecimiento. Durante algunos meses muchos soñaron con la vuelta atrás, una constante de la historia boliviana: se pensó que una sociedad cansada de tantas revueltas, lideradas aparentemente por Morales, se volcaría hacia un candidato de ley, orden y progreso económico por las vías trilladas.
Contra tales ensueños y la esperanza que permitían algunas encuestas, el 18 de diciembre hubo un vuelco histórico: la elección popular directa de Morales y la cómoda mayoría parlamentaria del MAS. Tal votación no tiene precedentes en la historia boliviana. Morales alcanzó entre el 70 por cien y el 90 por cien de los votos en las zonas indígenas y entre sectores populares urbanos. Esta vez se daba por descontada la concentración del voto indígena y popular, aunque es la primera vez que se ha producido. Allí sumó el MAS el grueso de sus electores, pero no los suficientes para alzarse con el 53,7 por cien. La sorpresa vino de los barrios urbanos de clase media, donde el MAS bordeó el 40 por cien, cuando en las elecciones de 2002 sólo tuvo entre el cinco y el 10 por cien en las mismas zonas.
Es probable que la costosa campaña mediática de Quiroga, que apelaba sutilmente a los atavismos de una sociedad colonial y racista, que da por supuesto que los indígenas han nacido para servir, sirviera más a la causa del MAS que a la de Podemos. Mientras tanto, con un gasto muy moderado en publicidad, en reuniones por todo el país, Morales fue seduciendo a la clase media e incluso a muchos empresarios, con un discurso que no acentuaba, como en otras oportunidades, su lado indígena, presentándose simbólicamente como el titular de una nueva sociedad tolerante, inclusiva y pluriétnica, incluso ordenada y sin conflictos.