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Política Exterior 102 Política Exterior

Libertad y seguridad

por Jorge Dezcallar
Política Exterior nº 102, noviembre / diciembre 2004

Número de páginas: 3
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Para reducir la vulnerabilidad

Al mismo tiempo que se lucha contra los terroristas y las causas subyacen­tes al fenómeno del terrorismo, es preciso trabajar para reducir nuestra vul­nerabilidad frente al fenómeno. Por ello, lo primero que hay que hacer es in­formar correctamente a la opinión pública para que comprenda la magnitud del reto a1 que se enfrenta. La gente reacciona con cordura cuando se le ex­plican las cosas con claridad y debe saber que hoy el mundo y Europa en particular- es más seguro que antes porque, salvo imprevistos, no corremos el riesgo de una confrontación nuclear con destrucción mutua asegurada in­cluida en el programa. Pero es un mundo también más incierto, donde las amenazas son multiformes y donde frente a unos terroristas que eligen el qué, el cuándo y el cómo, debemos ser conscientes de que no podemos pro­tegerlo todo siempre, a menos que se creara un moderno leviatán en el que el ojo omnipresente de un "gran hermano" orwelliano lo vigile todo el tiempo, lo que significaría el final de nuestro sistema de libertades y un éxi­to indudable para los terroristas que habrían logrado llevarnos a ese escena­rio de pesadilla.
Disminuir nuestras vulnerabilidades implica también más apoyo social a aquéllos que deben velar por nuestra seguridad: los servicios de inteligen­cia y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Deben recibir comprensión en su difícil tarea, medios materiales y humanos, apoyos legales cuan­do sea necesario (por ejemplo, acceso a los datos protegidos por la ley, con las debidas garantías). Desde luego, implica también exigir la adecuada coordinación entre ellos, insuficiente en casi todos los países, aunque eso no sirve de excusa. Esto se intenta últimamente y ojalá se tenga éxito.
En el plano supranacional y especialmente, en el europeo, hay muchas medidas concretas en las que la Comisión Europea ha propuesto crear una agencia que se ocupe de trabajar para hacer nuestras fronteras más seguras, como es desarrollar una política común de información , incluir datos bio­métricos en visados y pasaportes, lograr una política común en materia de visados y tomar medidas de protección de las redes de transportes (para el aéreo se tomaron en julio de 2003 y ahora se trabaja en el transporte maríti­mo), y de infraestructuras críticas como las cibernéticas y de transporte de energía y de agua.
Sin descuidar tampoco el control de los polvorines y explosivos y el control de las substancias nucleares, biológicas y químicas (NBQ), suscepti­bles de utilización por grupos terroristas, como hicieron hace poco en Londres con la ricina. También hay que reforzar los controles sobre las exporta­ciones legales de armas y luchar contra las ilegales a cargo de grupos vinculados al crimen organizado (proliferación).
En definitiva, disminuir la vulnerabilidad exige también, como es lógico, aumentar todo aquello que tiene que ver con protección civil: reacción in­mediata de diagnóstico ante un atentado, disponibilidad de antídotos, coordinación de medios y respuestas a escala nacional e internacional. En este sentido es destacable la eficaz reacción del servicio madrileño de salud cuando los atentados del 11-M atestaron nuestros hospitales con decenas de muertos y millares de heridos.
Y todo esto hay que hacerlo, como se decía al principio de estas líneas, respetando la ley. La legislación sobre derechos humanos no se opone a que los Estados tomen medidas para defenderse del terrorismo. Sólo exige que se cumpla la normativa en vigor y, más concretamente, que las restricciones adoptadas se limiten al mínimo indispensable, que sólo se tomen cuando sea absolutamente necesario, que sean limitadas en el tiempo, se revisen de forma regular, se definan con la mayor precisión para evitar eventuales abu­sos por el ejecutivo y, finalmente, que estén sometidas al control del poder judicial y del Parlamento.
En cualquier caso, la eficacia de las medidas que se adopten para com­batir el terrorismo no puede medirse por el número o por la extensión de las restricciones que impongan sobre las libertades y los derechos individuales, en el sentido de que no es cierto que más restricciones supongan más seguridad, de la misma manera que más reuniones no significa necesa­riamente que la cooperación sea mejor. Como ya he señalado antes, tampo­co más aviones o más tanques se traducen en menos terrorismo.
Porque si la lucha contra el terrorismo se hace en algún momento al margen de las leyes que se inspiran en nuestro sistema de valores, ese día habremos perdido la batalla.

Jorge Dezcallar, ha sido hasta este año director del Centro Nacional de Inteligencia; hov es embajador de España cerca de la Santa Sede.
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