Los españoles apenas han iniciado el camino para participar activamente en el debate global. Las revueltas árabes son, sin embargo, un ejemplo de la legitimidad de la voz exterior del país. La crisis económica no impide utilizar mejor recursos internacionales que ya existen.
Desde que prendió la chispa de las revueltas en el mundo árabe, los medios españoles andan a la caza de expertos. La información internacional ha cobrado de repente un relieve que el apabullante foco en lo nacional y en lo local le ha escatimado tradicionalmente. Los responsables mediáticos buscan quien explique las raíces, narre los acontecimientos o trate de predecir sus consecuencias, y las audiencias se han mostrado ávidas por conocer más y comprender mejor. Solo en febrero, cuando todavía no se había producido la catástrofe en Japón, el espacio dedicado a las cuestiones internacionales más que triplicaba el que había tenido en enero, según un informe de la consultora Acceso.
La buena noticia es que buscaban expertos... y los han encontrado. Un buen número de académicos, corresponsales e investigadores de think tanks y otros centros especializados han compartido con lectores, oyentes y espectadores sus amplios conocimientos en la materia. Porque, además, precisamente en Oriente Próximo y el norte de África, España cuenta con una larga y profunda trayectoria que abarca los más diversos campos del saber, desde la lengua, la historia y la cultura, hasta las relaciones políticas, exteriores, religiosas, económicas o empresariales.
La importancia de lo internacional, no obstante, trasciende el momento informativo. La crisis en la zona euro, la intervención en Libia o el debate sobre la energía nuclear son ejemplos del grado de exposición al mundo de un país como España. Por ello, es el momento de asumir el papel que nos corresponde en los foros internacionales donde se elaboran y discuten ideas y políticas. El primer paso debe darse dentro, consolidando la red de expertos y organizaciones que desde hace años se dedican al análisis de la política exterior y los asuntos internacionales. Es preciso un mayor compromiso, público y privado. Cualquier país con proyección global necesita esta red, que no solo contribuye a la construcción de una política exterior verdaderamente de Estado, sino que también proporciona mayor visibilidad internacional.
Una voz propia en el exterior
El interés por lo que pasaba fuera de nuestras fronteras ha sido uno de los motores de la transformación de España, y se ha extendido tanto en la política como en la sociedad. En las dos últimas décadas ha ido surgiendo lo que podría denominarse una "comunidad de política internacional" que integra a la universidad, centros de investigación, organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y empresas. La actividad de todos ellos se ve de alguna manera afectada por la política exterior y, más en general, por los asuntos internacionales. Esta comunidad de análisis ha ido incorporando las nuevas cuestiones de un escenario internacional crecientemente complejo. En consecuencia, su trabajo ha evolucionado desde los temas relacionados con las instituciones europeas o la integración en la Alianza Atlántica a otros más transversales, globales, como la cooperación al desarrollo, la expansión del español en el mundo o las cuestiones de género, entre otros. En esta progresión, España se ha dotado de una voz propia para participar activamente en el debate político mundial.
Es cierto que los cambios en el sistema internacional, donde compiten nuevos y emergentes actores con valiosas variables de poder -población, recursos energéticos y medioambientales, reservas de divisas, tecnología- reducen de forma significativa el terreno de juego para España. La crisis económica además está teniendo un enorme impacto en todos los ámbitos, al limitar los recursos -incluidos los de liderazgo- necesarios para actuar en el exterior. Sin embargo, el escenario actual presenta nuevas y atrayentes oportunidades.
Hay que tener en cuenta que nuestro perfil internacional se ha construido en gran medida sobre una serie de logros, reivindicables en la actualidad y que constituyen notables activos para la participación global. Pese a que algunos son de sobra conocidos, no deben considerarse amortizados.
En un repaso de estos activos, cabe empezar por el conocido sentimiento europeísta de la sociedad española. Según datos de 2010 de Eurobarómetro, España está por encima de la media en cuanto a los beneficios percibidos por su pertenencia a la UE (60 por cien de los españoles, frente al 53 de media en la UE). Asimismo, el 71 por cien de los españoles está a favor de la creación de una política exterior común, frente a un 62 por cien de media en la Unión (56 por cien en el caso de Francia).
El sentimiento europeísta y el apoyo a la acción exterior de la UE son activos a la hora de promover y liderar posiciones en la Unión. Así se ha visto en la operación militar en Libia, mayoritariamente defendida por los españoles, y sobre todo por los expertos en política internacional, que reclamaron desde el principio una postura más clara y decidida de la UE en apoyo a la protesta ciudadana en el mundo árabe.
El recorrido democrático de España, su transición y la reforma política, siguen proporcionando una interlocución autorizada con países que concentran gran parte de nuestros intereses políticos, económicos y de seguridad. La experiencia democratizadora fue en los años noventa un eje fundamental de conexión con Latinoamérica. En la actualidad, diversos elementos de la transición española recuperan su valor en las relaciones con los países árabes. Como señalaba José Ignacio Torreblanca en El País, en el Movimiento 20 de Febrero marroquí a favor de las reformas, "algunos se inspiran en el modelo español: un rey que reina pero no gobierna y que ha renunciado voluntariamente a sus poderes para dar paso a una monarquía auténticamente constitucional". Los puntos de contacto que proporciona esta experiencia son múltiples, y no solo en el mundo árabe, también en otros países en proceso de transición o consolidación democrática. En este ámbito, además, la interlocución no es solo política, sino que incluye diversos sectores de la sociedad civil, como los centros de pensamiento y análisis y los medios de comunicación.