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Política Exterior 129 Política Exterior

Una segunda oportunidad: EE UU y América Latina

por Peter Hakim
Política Exterior nº 129, Mayo / Junio 2009

Número de páginas: 6
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Los cambios hacia Latinoamérica han comenzado en Cuba. Obama ha dejado claro su propósito de elaborar una agenda de futuro en el hemisferio. De México a Brasil, del narcotráfico a la inmigración, los primeros pasos apuntan a un nuevo marco de relaciones.
El triunfo electoral de Barack Obama ha sido recibido con entusiasmo en Latinoamérica y el Caribe. El nuevo presidente inicia su mandato con una gran reserva de buena voluntad en la región, reflejo del atractivo que ejercen tanto su imagen como sus ideales políticos. Los latinoamericanos han dejado claro que quieren una nueva y mejor relación con Estados Unidos, pero también quieren que EE UU enfoque de una forma distinta sus relaciones con la región. Sin embargo, la administración de Obama se enfrenta a enormes limitaciones: las prioridades de EE UU son otras y sus recursos están restringidos. El país vive su peor crisis económica desde la Gran Depresión y, al mismo tiempo, está metido en dos guerras en el extranjero.
No obstante, los preparativos de la administración Obama de la Cumbre de las Américas de mediados de abril en Trinidad y Tobago -y su participación- han abierto un buen periodo para las relaciones entre EE UU y Latinoamérica. Washington ha puesto en marcha una serie de medidas aplaudidas por casi todos los países de la región. Con su contacto personal con los 32 líderes latinoamericanos, Obama ha tenido éxito a la hora de construir una nueva confianza y moderar las actitudes hostiles de varios países.
Aun así, las posibilidades de cambio se ven limitadas por la ambivalencia de Latinoamérica respecto al papel que debe desempeñar EE UU en los asuntos del hemisferio. Los gobiernos latinoamericanos son hoy más independientes y asertivos en sus relaciones con Washington. Brasil se ha convertido en un centro de poder alternativo, con una posición cada vez más destacada tanto en la región como en el mundo. Algunos países, influidos por Venezuela, se han convertido en adversarios de EE UU. La mayoría de las naciones latinoamericanas han creado diversos vínculos internacionales, y muchas se muestran partidarias de establecer nuevos acuerdos para el continente que reduzcan la influencia de Washington. Todos estos elementos forman parte de unas tendencias constantes y a largo plazo en los asuntos interamericanos contra las que EE UU no puede ir (ni debería pretenderlo).
Según algunas encuestas realizadas en Latinoamérica, durante los dos últimos años ha disminuido la intensidad del sentimiento antiestadounidense que surgió a raíz de la invasión de Irak y la forma en que se dirigió la guerra. Muchos latinoamericanos se han sentido molestos por lo que percibían como unilateralismo, excesiva dependencia de la fuerza militar y falta de respeto hacia las normas e instituciones internacionales.
La credibilidad estadounidense también se ha visto perjudicada por varias decisiones políticas lamentables en la región: la falta de atención de Washington al hundimiento económico de Argentina en 2001, la inflexible e ineficaz actitud respecto a Cuba, el inmediato apoyo de George W. Bush al golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, que quedó anulado al día siguiente, la rigidez de la política antidroga en la región, y la decisión tomada en 2007 de construir un muro en la frontera entre EE UU y México para frenar la inmigración ilegal. La crisis financiera, que ha puesto en peligro el impresionante progreso social y económico de Latinoamérica de los últimos cinco años, es ahora una nueva fuente de malestar.
La nueva administración estadounidense necesita ajustar su política a las condiciones actuales de América Latina y conducir las relaciones hemisféricas de una forma renovada y más cooperativa. Es el momento de resolver problemas, reducir las desavenencias y las fricciones y aprovechar las oportunidades para una acción común. El éxito de estos esfuerzos vigorizará las relaciones en el hemisferio y creará el escenario para un enfoque de los asuntos regionales centrado en el diálogo, la cooperación y las iniciativas multilaterales. Los siguientes 10 retos deberían constituir el centro de la agenda para las Américas de la administración Obama. Aparte del primero -la crisis económica mundial, que es de manera abrumadora la mayor prioridad para todos los países-, el orden de los asuntos y las recomendaciones siguientes no obedece a su importancia relativa o las posibilidades de éxito.
Mitigar el impacto de la crisis financiera
EE UU está inmerso en una grave crisis económica y puede que la recesión se prolongue durante otro año o más. Aunque prácticamente todos los países están hoy mucho mejor preparados que en el pasado para resistir las sacudidas externas, éstas pasarán factura. Se prevé que en 2009 el crecimiento caerá más de un 50 por cien en Latinoamérica y es probable que varios países entren en una profunda recesión. También podría producirse un retroceso en los impresionantes avances conseguidos en los últimos años (aumento de las tasas de crecimiento del PIB, control de la inflación, creación de una clase media significativa y reducción generalizada de la pobreza y la desigualdad).
Un periodo prolongado de dificultades económicas podría provocar drásticos cambios políticos. En algunos países, la crisis despertará resentimiento hacia autoridades e instituciones. La frustración popular podría reducir el apoyo a la democracia y los mercados y cambiar las actitudes nacionales y regionales hacia Estados Unidos. Es muy probable que las relaciones interamericanas en años venideros se vean condicionadas por la forma en que Washington y los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe actúen frente a la crisis.
Al insistir en que lo mejor que EE UU puede hacer por Latinoamérica es resolver sus problemas económicos, el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha dejado claro lo vital que es la economía estadounidense para la región. La recesión y el desconcierto financiero han puesto de manifiesto, más que cualquier otro acontecimiento reciente, la enorme interdependencia que existe entre Latinoamérica y EE UU. La caída de la economía estadounidense ha provocado un descenso en las inversiones, las remesas y otros movimientos de capital hacia América Latina, así como una disminución de las exportaciones, una bajada de los precios de los productos de la región y una drástica reducción del acceso al crédito internacional. Washington debería hacer todo lo posible por garantizar que la región siga teniendo acceso al crédito y al capital necesarios, y rechazar las medidas proteccionistas o nuevas restricciones a la inmigración. El daño será mayor en aquellos países con mayores vínculos económicos con EE UU.
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