www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España

 >> arce.es


Última actualización: (CET)


Política Exterior 128 Política Exterior

¿Una nueva política exterior en Estados Unidos?

por Norman Birnbaum
Política Exterior nº 128, Marzo/Abril 2009

Número de páginas: 5
imprimir

El atractivo moral de Obama no podrá restaurar lo que la historia ha cambiado para siempre. Sin embargo y pese a la crisis, se pueden esperar muchas cosas del nuevo presidente en lo que se refiere a la forma de entenderse con el mundo y la resolución de conflictos.
Hacer campaña como el candidato del cambio fue bastante fácil para el presidente Barack Obama: recuerden la incondicional evocación del pasado de la nación llevada a cabo por el senador John McCain. Ahora que Obama es presidente, ese pasado se ha convertido en su presente y necesita algo más que retórica para manejarlo. De hecho, su propio lenguaje ha despertado grandes expectativas de cambio dentro y fuera de nuestras fronteras. Así que no sólo carga con la certeza de una futura cadena de acontecimientos incontrolables a la que ningún otro presidente se ha enfrentado, sino también con sus promesas de controlarla.
Ahora disfruta de niveles muy altos de popularidad, pero las cosas pueden cambiar rápidamente en nuestra siempre volátil cultura política. Un 46 por cien del electorado votó contra él, y sus adversarios en el Congreso, los medios de comunicación y la sociedad en general se mostrarán implacables cuando, como es inevitable, detecten debilidad en el presidente y su partido. Los republicanos son en la actualidad implacables porque no detectan ninguna debilidad. Su líder nacional en la práctica es la estrella de la radio Rush Limbaugh, cuyas diatribas llenas de odio e ignorancia expresan con total fidelidad el racismo, la ansiedad clasista, la xenofobia y el resentimiento acumulado de gran parte de la población estadounidense blanca.
En la Cámara de Representantes los republicanos han votado unánimemente contra las propuestas económicas del presidente, a pesar de la dureza, cada vez mayor, de la crisis económica. No pasará mucho tiempo antes de que las creencias profundamente arraigadas sobre el papel del país en el mundo y el empuje de las lealtades e intereses existentes movilicen una decidida oposición contra su política exterior. Los argumentos de dicha oposición son en este momento notablemente más claros y más articulados que las propias posturas de Obama, que demuestran la sobriedad artesanal con la que el presidente ha empezado a construir su gobierno y el ritmo lento y metódico por el que ha optado.
 
Una estructura compleja
 
El aparato de política exterior comprende las fuerzas armadas, la CIA, la Agencia Nacional de Seguridad, el departamento de Estado y segmentos esenciales de otros departamentos gubernamentales, cada uno de ellos con una inercia constitucional considerable y controlado por profesionales experimentados que han visto entrar y salir a muchos presidentes. El Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca se encarga de coordinar este agregado, a menudo caótico, de intereses burocráticos contrapuestos, cuyos conflictos se acentúan por la ocupación de algunas partes del sistema por individuos de gran poder o grupos de presión extragubernamentales. Con Truman y Eisenhower, hubo secretarios de Estado (Dean Acheson y después John Foster Dulles) que hicieron las veces de adjuntos y sustitutos del presidente en asuntos de política exterior. McGeorge Bundy con Kennedy y Johnson, y luego Kissinger con Nixon y Brzezinski con Carter, fueron asesores de Seguridad Nacional que devolvieron el control de los procesos de la política exterior a la Casa Blanca. A eso le ha seguido un cambio vertiginoso debido a secretarios de Estado fuertes (Shultz con Reagan y Baker con el primer Bush) con asesores de Seguridad Nacional inusualmente eficaces.
Todo el proceso se ha complicado por la intromisión de los mandos supremos de las fuerzas armadas a la hora de dirigir la política exterior. No sólo el presidente y los distintos jefes de la Junta de Jefes de Estado Mayor, sino también los comandantes regionales en el extranjero suelen ser tan influyentes a la hora de determinar su rumbo como los representantes civiles que teóricamente son sus responsables. Esto tiene una ventaja. Los católicos constituyen alrededor del 25 por cien de la población, pero están mucho más representados en el cuerpo de oficiales. Los oficiales católicos superiores son educados y reflexivos, han adquirido gracias a la doctrina de la iglesia el sentido de la proporción en el comportamiento en la política y en la guerra, y suelen ser mucho más profundos desde el punto de vista moral que muchos de sus coetáneos. También puede decirse eso de muchos oficiales superiores, independientemente de cuál sea su religión: la mayoría de ellos han entrado en combate y conocen el precio que tienen las bravuconerías, algo que muchos estadounidenses parecen no apreciar lo suficiente.
Como senador, Obama tenía una buena perspectiva desde la que podía observar a todas estas personas y todos estos procesos. Cuando era estudiante de historia de Estados Unidos, seguramente leyó suficientes biografías de presidentes como para aprender que los presidentes modernos, a partir de Franklin Roosevelt, han tenido que luchar contra el sistema y a menudo también contra sus más cercanos asesores (el caso tanto de Kennedy como de Johnson). Los lectores de las memorias de Kissinger recordarán la hostilidad de Nixon hacia el gobierno permanente. Los nombramientos más importantes del presidente son, por tanto, instructivos.
Su primer paso ha sido pedirle a Robert Gates que siguiera siendo secretario de Defensa. Gates es un ex director de la CIA (era un experto en la antigua Unión Soviética) al que George W. Bush llamó a Washington para sustituir a Rumsfeld. Se le atribuye el mérito, junto a la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice y a otros funcionarios y militares de alto nivel, de haber persuadido a Bush de que no permitiese que Israel atacase Irán. Junto al almirante Mullen, el militar de más alto rango, advirtió sobre los riesgos de apurar los límites de la capacidad militar del país y, junto al almirante, defendió públicamente los usos positivos de la diplomacia. Piensa que el departamento de Estado debería tener más fondos, una concesión implícita a los que opinan que las fuerzas armadas han usurpado funciones que no les corresponden. No está claro cuánto tiempo permanecerá en el cargo. El que se le haya mantenido en el puesto resulta ambiguo y puede que fuera ése el propósito. Es una recompensa por su moderación y un gesto hacia el gobierno permanente.
Número de páginas: 5
imprimir


Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Viernes, 10 de Febrero de 2012 13:53:02