En el pasado, «la sacralización del Estado le permitió a éste justamente expulsar a la Iglesia del espacio político» (Olivier Roy). La Iglesia católica acabó aceptando el respeto al poder civil, sin dejar nunca de defender que hay una sola verdad y que ésta es la de Dios. La relación entre Iglesia y Estado ha vivido siempre en una situación de conflicto latente. La Iglesia acepta no violentar un régimen civil del que hay muchas cosas que no le gustan (porque el único orden aceptable es el bendecido por Dios), pero al mismo tiempo se niega a aceptar su confinamiento al espacio de lo privado, como pretendería el laicismo más radical.
El Islam irrumpe afirmando la superioridad de su Verdad sobre el orden civil. Y desplegando sus formas doctrinales más radicales, ante la amenaza imparable de que los jóvenes islámicos se dejen arrastrar por las tentaciones del mundo moderno. Por un lado, se trata de un problema interno al propio mundo musulmán, con elementos de conflicto generacional; por otro lado, se trata de dar una identidad a sectores a menudo marginados por las sociedades europeas. Lo que es sentido como un desafío por algunos sectores políticos y sociales. Los fenómenos de terrorismo global que emanan del fundamentalismo wahabista contribuyen a alimentar estos temores. El fracaso en países como Holanda e Inglaterra del modelo multiculturalista, ha contribuido a que el debate del laicismo adquiriera más relieve. Olivier Roy formula algunas de las cuestiones: ¿Es el modelo de secularización cristiano un modelo universal que todas las religiones tienen que seguir? ¿Se puede secularizar el Islam sin una reforma a fondo? Como dice Olivier Roy, «la secularización refuerza la especificidad de lo religioso».
Y la laicidad radical pierde sentido. En una sociedad en la que la religión no es estructural sino accesoria, las distintas creencias aparecen como unos agentes culturales más, suministradores de determinados servicios espirituales (y también materiales, como forma de hacerse útiles). El laicismo significa la voluntad de dibujar un terreno neutral en el que nadie juegue con ventaja por cuestiones de creencia. Pero estas ventajas cada vez existen menos, fruto de la desmitificadora competencia de religiones. Y en cambio la religión se suma a los elementos identitarios que componen una sociedad plural. La laicidad tiene sentido para quebrar el postulado multiculturalista capaz de legitimar cualquier cosa en nombre de la singularidad cultural y de origen. Pero carecería de sentido si fuera un nicho cultural más en medio del puzzle multiculturalista. Si Francia ha tenido que imponer por ley algunos cumplimientos de principios laicos, que antes eran culturalmente aceptados sin reparo alguno, es porque la laicidad ha perdido funcionalidad y sentido. De otro modo no se entendería que los velos de unas niñas pudieran desestabilizar la cultura republicana. Lo que pasará con el Islam, y lo que irrita a algunos de los islamistas, será, como dice Olivier Roy, «su encarnación en una cultura, su minorización social y política, seguida de su reconstrucción como "pura religión", sobre una base individual». Con lo cual tenemos que imaginar que la dinámica de las cosas irá en la dirección normal de convergencia paulatina de las formas culturales de origen foráneo con la cultura republicana francesa. Sólo que en esta convergencia habrá elementos de mutua inseminación y entre ellos, probablemente, el laicismo salga algo desteñido. Todo dependerá de que la República no se sienta desafiada por determinados gestos identitarios. Tampoco el Islam escapa a la lógica del individualismo. Y lo que hay que desenmascarar es la trampa que contiene el debate sobre el Islam y el estado laico: a menudo se pretende hacer pasar como problemas religiosos lo que es, fundamentalmente, un problema social.
El problema de España es que no ha pasado todavía una fase del proceso: la de la laicidad. La de poner a la Iglesia católica en su sitio. Porque la Iglesia católica ha tenido funciones estructurantes en la sociedad española y sigue pretendiendo tenerlas, a pesar de que el proceso de secularización ha cruzado a gran velocidad ante sus ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Mientras no supere esta fase, difícilmente se podrá llegar a un paisaje en que las religiones -sin capacidad alguna de estructurar globalmente la sociedadejerza una función identitaria, en el denso espacio de la pluralidad social.
Porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De una sociedad en que las Iglesias no puedan determinar la acción del poder político, pero en las que el poder político no puede intervenir sobre las Iglesias, salvo en el caso de que éstas desafíen a la ley con el delito. Y, por supuesto, nunca en cuestiones de teología y principios doctrinales. Las religiones son inefables -se colocan fuera de toda posibilidad crítica. Las religiones pretenden tener la exclusiva de la verdad (incuestionable) e imponérsela a todos los hombres. Las religiones entienden que la legitimidad del poder emana de Dios y no de los hombres. Estas tres razones las hacen incompatibles con las funciones del Estado democrático. Por eso deben mantenerse al margen. Y, sin embargo, el Estado democrático tiene la libertad de expresión y de creencia como principio fundamental. Por eso, no cabe intervenir sobre las ideas religiosas. En este contexto, el velo si es importante no es por razones religiosas, sino por lo que tenga de humillación de la mujer. Que es algo inaceptable por más coartada religiosa que se le busque. En el fondo, esta es la verdadera laicidad: la coartada religiosa no permite saltarse las leyes republicanas.
Lo demás se da por añadidura. La separación Iglesia-Estado es una conquista de la modernidad en muchos sentidos irreversible. La laicidad ha sido un modo, no el único, de cumplimiento de este principio. La promiscuidad entre culturas y religiones que la globalización favorece, la necesidad de desmontar los estados nación, por arriba y por abajo (estructuras supranacionales y descentralización) por su creciente ineficiencia, y el carácter polivalente desde un punto identitario de un individuo que quiere ser realmente autónomo, hace que la cuestión del laicismo no pueda separarse de la segunda revolución laica en curso: la separación de Estado, nación, cultura y lengua. A partir de la cual lo estados irán perdiendo los signos identitarios exclusivos fuertes, para poder ser motor de inclusión y no de rechazo.
Y las religiones son en este contexto un agente sociocultural más. La revolución biotecnológica nos coloca ante responsabilidades que hasta ahora habíamos delegado en los dioses. Tendremos que tomar decisiones sobre la vida y la muerte que pensábamos que no nos concernían. De algún modo, Nietzsche tiene razón: quizás sí somos el último hombre, antes de que llegue el hombre hecho a medida, el hombre cargado de prótesis tecnológicas y determinaciones decididas por otros hombres. Pero al penetrar en los secretos de la vida, hasta el punto de poder jugar con ellos, el espacio de lo sagrado sigue reduciéndose. Sin sagrado, ¿qué es la religión? ¿Con qué o con quién religa al hombre?
Entramos en un tiempo de toma de decisiones morales más que de creencias. Pero la religión nunca podrá ser simplemente una ética.