6. ¿Por qué, en Europa, hablamos de laicismo hoy? ¿Por qué vuelve a estar de actualidad la relación entre las Iglesias y los Estados? Fundamentalmente por dos cosas: la consolidación de la sociedad individualista en el proceso de mundialización y los fenómenos migratorios y de comunicación que han puesto en contacto culturas y religiones que hasta ahora se habían mirado a distancia. En este esquema la globalización del Islam constituye un fenómeno especialmente relevante. Del mismo modo que el laicismo nace del conflicto entre la religión y el Estado moderno, la crisis del laicismo tiene que ver con la crisisde las religiones tradicionales. La adaptación de las religiones -la católica en especialala laicidad ha dejado a la ideología republicana sin una de sus señales más llamativas.
En Francia, intenta recuperarla desesperadamente frente al Islam. Al mismo tiempo en la sociedad individualista, donde, como ha explicado Daniel Cohen, «la cuestión de las desigualdades designa una cuestión más sorda que la simple dispersión de rentas: la desocialización de un número creciente de personas, que no consiguen ya pensar sus problemas en términos sociales sino en términos individuales», las religiones se diluyen en el vasto espacio de las identidades. Puesto que toda identidad tiene significación política el Estado se siente de nuevo interpelado por ellas.
El proceso de individualización tiene dos caras: la autonomía y el desamparo del sujeto. El hombre autónomo es el que es capaz de decidir y pensar por sí mismo, el hombre emancipado, conforme a la descripción de Kant. «El éxito de la República ha sido atraer a los fieles separándolos de sus pastores» (Gauchet). Y la laicidad se hizo cultura compartida en Francia, asumida incluso por la propia Iglesia católica. De modo que la República se quedó sin enemigo ideológico. La escuela laica era un signo de la identidad francesa. La revolución del 68 es el inicio de la transición liberal: marca la ruptura con los corsés culturales y morales de las generaciones de la guerra, con lo cual el individuo queda libre de muchas ligaduras: cada vez más solo ante el peligro. Pero el proceso de liberalización alcanza todos los ámbitos de la sociedad: el individuo es libre en medio de un mercado cada vez más libre. Sobre todo, es libre para consumir. Y el consumo es una espiral sin fin. Con lo cual el individuo autónomo sufre, cada vez más, una doble pérdida: la de sus parámetros tradicionales de vida -marcados por el trabajo: una vida profesional, una biografía, un marco social y cultural, y complementados por la religión y la ideología- y la de las frustraciones permanentes generadas por las oportunidades sin fin de consumir.
La idea de la libre elección ha sido interiorizada: la cadena de transmisión religiosa de padres a hijos se rompe. Para colmar su desamparo el individuo busca recetas. Pero la vida está hasta tal punto mercantilizada que las recetas aparecen en forma de ofertas para el consumo: son las religiones a la carta, para decirlo como Schlegel, en un amplio escaparate en que llegan a confundirse las distintas decantaciones religiosas con las sectas y con los discursos humanistas de redención personal. Es tiempo de industrias del cuerpo y del espíritu: el individualismo hace que el ciudadano descubra su cuerpo. Y busque la manera de cultivarlo: el cambio del paradigma religioso coincide con la explosión de la cultura de gimnasia y esteticismo.
En este contexto se provoca una ruptura en la relación entre ciudadano y religión, con «una salida masiva de la religión institucional» (Schlegel), especialmente por parte de los jóvenes. La religión se hace doctrinalmente mínima, pero espiritualmente práctica: lo que el individuo busca es un lugar para no sentirse desamparado. Y este lugar puede ser ocasional: la gran kermesse religiosa propia de la sociedad de la imagen, al modo de los viajes de Juan Pablo II, o temporal, y entonces la religión es una forma de identificación para un ciudadano al que se exigen identidades múltiples. Ante esta sensación de desagregación colectiva y acoso la Iglesia católica se agarra a la educación como forma de supervivencia. Las últimas batallas con el Estado han sido por la enseñanza religiosa.
El caso español reproduce, en parte, este recorrido con sus peculiaridades y con un retraso manifiesto. España salió a finales de los setenta de un régimen que tenía en el nacional-catolicismo su principal fuerza ideológica. Franco había confiado fundamentalmente a los obispos la tarea de adoctrinamiento ciudadano. Desde los sesenta, con la entrada de España en el sistema económico internacional, la hegemonía ideológica se había ido agrietando.
Al iniciar la transición la Iglesia sufría la penalización de su alianza con el régimen franquista. Y ya no se recuperaría de ella. La ley del divorcio fue la primera gran batalla perdida por la cúpula eclesiástica española. Desde entonces ha encadenado una derrota tras otra hasta llegar a los matrimonios homosexuales. La última barricada la ha situado la Iglesia en la educación: las clases de religión y las subvenciones a las escuelas católicas. El proceso de secularización de la sociedad española ha sido espectacularmente acelerado, quizás porque en 1975 ya estaba mucho más avanzado de lo que las apariencias -el aparato mediático en manos del régimen- apuntaban. Hoy, España es una sociedad plenamente secularizada, en la que la Iglesia pierde autoridad e influencia día a día, a pesar de su alianza con sectores del Partido Popular. Y, sin embargo, el estado, ficialmente aconfesional, sigue protegiendo a la Iglesia católica, incapaz de financiarse por sí misma, tratándola con privilegios económicos y legales. La Constitución española «rompe de manera ambigua» (Champion) con el pasado. Pero ni la renovación del Concordato en 1978 ni la Ley Orgánica sobre Libertad religiosa del 80 cambian sustancialmente el estatus preferencial de la Iglesia católica. El catolicismo aparece en el País Vasco y en Cataluña vinculado a los movimientos nacionalistas respectivos, creando uno foco de tensión permanente dentro de la propia Iglesia. El proceso de individualización, aunque más lento, ha llegado a España: la familia sigue siendo el principal reducto frente al desamparo. Pero la búsqueda de cobijos identitarios adquiere las mismas características que en países del entorno.
7. En este contexto aparece la cuestión de la inmigración y la globalización del Islam. Y con ella el retorno del debate sobre laicización, en la secuencia de la cuestión del multiculturalismo.
La globalización aumenta la oferta religiosa en un mismo espacio. Tradicionalmente había una cierta correspondencia entre nación, cultura y religión. Esta homogeneidad ayudaba a la consolidación de la religión como la institución social dedicada a las cuestiones de lo sagrado. La proliferación de las religiones y sectas quita magia y sacralidad a la religión principal, que ya no se sabe muy bien por qué tiene que ser la verdadera. Y abre una competencia que obliga a las religiones a ampliar sus servicios, más aún ante déficits acuciantes de los estados. La verdadera fuerza de los Estados europeos era la religión del bienestar. Cuando éste mengua, las religiones intentan cubrir el vacío.
El salto del Islam a Europa, donde ya es una religión plenamente europea, introduce un nuevo factor de complejidad. El Islam corresponde a la misma tradición: las religiones del Libro. Y, como ha explicado Olivier Roy, sufre en Europa los problemas de desarraigo propios de toda religión cuando sale de los contextos culturales en que creció. La solución, en un primer tiempo, es la simplificación. De ahí el crecimiento en la inmigración de la forma más radical del Islam: el wahabismo, que con su simplismo teológico aparece como una doctrina de resistencia a la contaminación de los valores de la modernidad laica.