5. Y aquí empieza la historia moderna de la relación Iglesia-Estado. Y la cuestión del laicismo. A pesar las reticencias de Marcel Gauchet, la distinción entre secularización y laicidad me parece eficaz en el sentido descriptivo. La secularización tiene que ver con lasociedad, la laicidad con el Estado. Una sociedad secularizada es aquella en que la religión no juega un papel estructural o determinante; un estado laico es aquel en que lo religioso está separado del Estado, conforme a leyes dictadas por éste. Evidentemente, con estos dos parámetros se pueden hacer cuatro combinaciones básicas que demuestran que no hay un modelo único, que son varias las formas de entender la relación entre sociedad, Iglesia y Estado. El ejemplo canónico de una sociedad muy secularizada con un estado muy laico es Francia, dónde el laicismo es un signo ideológico de la identidad republicana. Sin embargo, una sociedad muy religiosa (apenas secularizada) como la de Estados Unidos tiene un Estado muy laico, en que la separación Iglesia-Estado se regula por la Primera Enmienda que se limita a decir que el estado «no puede hacer ninguna ley que afecte el establecimiento o prohíba el libre ejercicio de la religión» y a afirmar «la libertad de palabra». El estado norteamericano, por ejemplo, no concede subvenciones a las religiones o a las escuelas religiosas, cosa que si hace el estado francés. La revolución conservadora de Bush, en este sentido, es una verdadera ruptura: la religión, a través del presidente, está penetrando el sistema de toma de decisiones. Bush, tanto en el frente interior como en el exterior actúa como un cruzado. Cabe esperar que las estructuras democráticas americanas resistan y que sea sólo un episodio pasajero. España sería un ejemplo de sociedad muy secularizada pero con un estado todavía poco laico, que no ha resuelto la cuestión de los privilegios a la Iglesia católica. Naturalmente, modelos de sociedades religiosas (nada secularizados) sin estados laicos, los tenemos en los estados teocráticos, Irán, por ejemplo, pero también en estados en que la religión juega un papel identitario como en Irlanda o en Grecia.
Los procesos de emancipación de las sociedades europeas respecto de la religión, escribe Françoise Champion, «son singulares para cada país».
[ 10 ] . Aunque hay diversas interpretaciones sobre los orígenes de este proceso, hay amplia coincidencia en que la fase decisiva del mismo empieza a finales del siglo XVIII , con la definitiva emancipación de lo político de lo religioso, del individuo -reconocido como portador de derechos- del universo de lo sagrado, y con el reconocimiento pleno de la libertad religiosa. Pero Champion subraya que el proceso sigue «dos lógicas ideales-típicas diferentes en países de tradición católica dominante y en países de tradición protestante: una lógica de laicización y una lógica de secularización». Es más, como dice Champion, términos como laicismo o laicidad son desconocidos en el mundo protestante. Lo cual «no significa necesariamente que las sociedades inglesa y danesa (donde no hay separación entre Iglesia y Estado) sean más dependientes de la religión que las sociedades de tradición católica». En el primer caso es el poder político el que toma la iniciativa para sustraer a los ciudadanos al control de la religión, lo que no está exento de momentos conflictivos. En el segundo caso, es más bien un proceso de adaptación simultánea de religión y sociedad a un mundo distinto. El carácter estructurado, orgánico y universal de una iglesia como la católica, dominada por una cabeza visible, explica en parte, esta división.
Precisamente porque el Estado es el motor del laicismo, el centro de la batalla se sitúa en torno a la educación: «Lo sagrado de la sociedad francesa se focaliza sobre la escuela», ha escrito Regis Debray. Y en torno a ella se han producido los grandes conflictos entre Iglesia y Estado. El laicismo como ideología republicana representa dos cosas a la vez: la autonomía del poder civil respecto del poder eclesiástico y, por tanto, la imposibilidad de la Iglesia de influir sobre las cosas públicas; y la garantía de que la Iglesia puede ejercer sus actividades, conforme a las libertades civiles, desde la aceptación de la superioridad normativa del Estado. Separación y neutralidad son las dos posiciones entre las que se mueve el Estado laico. La laicidad en su forma rígida tiene sus raíces en el anticlericalismo y se inscribe en la lucha contra el oscurantismo y la superstición, propia del discurso emancipatorio. La laicidad en su forma más suave, como neutralidad del Estado, garantiza, como escribe Guy Haarscher.
[ 11 ] «que el estado no toma posición sobre las cuestiones de la vida buena, protegiendo a las religiones, impidiendo a su vez que recolonicen la esfera pública».
El propio Haarscher distingue entre la laicidad liberal -«la política no debe ser portadora de ninguna concepción del bien común»- y la laicidad republicana -«una escuela y un estado fuertes portadores de una idea ciudadanía».La reflexión sobre el laicismo no puede obviar dos cuestiones: ¿Cuál es el fundamento filosófico del laicismo? ¿El estado laico requiere el complemento de una moral civil? La respuesta republicana a la segunda cuestión es que sí. De esta moral civil nace el discurso de los derechos humanos como reducto mínimo de protección del sujeto, que debe ser aceptado por todos como condición para la vida en común. Pero precisamente por este carácter de mínimo compartido, los derechos humanos deben protegerse también de la amenaza del propio Estado.
De modo que se hace exigible una separación entre el Estado y la moral democrática basada en estos derechos, para arbitrar sistemas de garantía ante los posibles abusos de poder. Osea que la moral civil emanada de los principios democráticos y republicanos desconfía del propio Estado al que pide a la vez protección y respeto. La democracia es un delicado mecanismo para evitar el abuso del poder: sólo con una opinión pública crítica e impermeable al discurso del miedo hay verdaderas garantías de defensa de los derechos humanos.
La cuestión de los fundamentos del laicismo es más complicada. Guy Haarscher apela a la teoría de la justicia de Rawls: a la separación entre lo justo y lo bueno. La laicidad formaría parte de la voluntad de establecer un marco de funcionamiento autónomo, independiente de las creencias: «un Estado que defina sus principios de acción y el modo de tratar a sus ciudadanos (la justicia) sin referencia a una concepción religiosa o espiritual particular». Planteado en estos términos el límite de la laicidad es el laicismo. La conversión del principio de laicidad en doctrina de combate deológico. Un peligro siempre latente porque, como escribe Olivier Roy, «el impensado de la laicidad a la francesa es el control de lo religioso por lo político.
[ 12 ] Y, sin embargo, la idea original de Estado laico «neutro entre los cultos, independiente de todos los clérigos, y separado de toda concepción teológica» que emana de la Revolución francesa (Jean Baubérot) es perfectamente compatible con la división de Rawls ».
[ 13 ] .
Simultáneamente a la separación Iglesia-Estado, la modernidad verá consolidar la figura del individuo autónomo. El individualismo, como explicó Louis Dumont, es la novedad ideológica básica de la modernidad. Y precisamente es la penetración del individualismo en la cultura moderna la que ha minado los principios tradicionales republicanos hasta volver a poner sobre la mesa de debate la cuestión del laicismo.