La religión civil de Rousseau es el paso intermedio entre las religiones clásicas y las ideologías modernas: la creencia al servicio del Estado, pasada por el cientifismo moderno, se convertirá en verdad al servicio de los que gobiernan. La «salida de la religión» -para utilizar la expresión de Gauchet- se habrá hecho por la vía de las religiones sin Dios. Hasta que la concepción de la historia como un trazo con fin y sentido que dominará los tiempos modernos descarrile ante la trágica lección del siglo XX : la búsqueda del happy end sólo conduce a la barbarie.
3. El ámbito de competencia de la religión es el territorio de lo sagrado. Pero lo sagrado no es un espacio definido para siempre. Lo sagrado es histórico, como todo aquello que el hombre toca. Y la historia, al fin y al cabo, es una acumulación de experiencias que no forzosamente tiene sentido, lo cual no significa que no sea susceptible de ser explicada.
El conocimiento (en tanto que aprehensión de la realidad, a través de todos los instrumentos de percepción de que el hombre dispone, bajo el liderazgo de la razón), la experiencia (en tanto que lugar de encuentro entre el sujeto -impenitente pintor de sí mismo- y la realidad) y la práctica (en tanto que proyección de la acción hacia el futuro) son tres cosas sensiblemente distintas.
El perímetro de lo sagrado es variable. El origen del hombre, la desigualdad humana, la naturaleza o el sexo, para poner algunos ejemplos, han formado parte de lo sagrado en determinados momentos. Hoy han dejado de ser secreto. Lo sagrado está construido sobre lo impensable y lo inviolable. Entra inmediatamente en el territorio de lo sagrado todo aquello sobre lo que no tenemos palabra ni experiencia objetivable, todo aquello que la sostenibilidad de la sociedad aconseja mantener como tabú: y lo llamamos misterio, por confesión de ignorancia. Por eso la religión necesita de la creencia, es decir, del acto ciego de aceptación de que aquello que llamamos misterio no es un invento, no es un engaño. El proceso de desencantamiento del mundo, que es la modernidad, no ha dado respuestas a algunas de las preguntas que ayudaban a configurar el territorio de lo sagrado, pero ha hecho visible que los dioses son construcciones de los hombres. Y que el sagrado era un territorio alimentado por el poder para su propia consagración e inviolabilidad. Con lo cual lo sagrado pasa a ser un negocio entre humanos. Y fue sobre este negocio que la nación quiso obtener el monopolio, un monopolio que ahora hace quiebra.
Sin embargo, también forma parte de lo sagrado lo que tiene que ver con la pretensión de proteger un reducto especial del individuo, esta radical singularidad que desafía la idea de sentido común de que el conocimiento es de universales. Alo largo de la historia, el saber, primero, el conocimiento, después y la información , finalmente, han ido estrechando el territorio de lo sagrado. Lo sagrado no es banal: es un sistema de ritos -y secretos- que empezó dando sentido al hombre con la naturaleza y a la vida con la muerte y que ha quedado reducido al reducto -permanentemente violado- de la intimidad del individuo (como significa la doctrina de los derechos humanos, la última religión civil vigente) desde que en Auschwitz la realidad del mal se impusiera sobre el misterio de la muerte, al hacer de ésta una industria destinada a destruir completamente a una nación, sus individuos y su alma. Y si lo sagrado hoy son las víctimas del terror, de cualquier forma de terror, es porque el penúltimo misterio que nos queda es que «lo inhumano alude a una negación del hombre que es interna al hombre mismo» (Adriana Cavarero) De ahí el valor simbólico de la tortura como máxima profanación, como mal absoluto, que degrada a la vez al verdugo y a la víctima (Judith Butler).
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4. La invención de Dios tiene mucho que ver con el poder. Dios nace de lo que Bajtin llama el «miedo cósmico», la perplejidad ante la inmensidad del mundo y la imposibilidad de entenderlo. Por tanto, nace de la necesidad de sumisión a alguien que garantice que el comando de la nave no está vacío. Cuando el deísmo envíe a Dios de vacaciones, cuando la muerte de Dios deje el lugar vacante, se habrá diseñado ya un sistema de poder basado en la nación y la soberanía como mito y en el ensamblaje entre economía y política como estrategia que será eficaz incluso cuando no haya nadie en la nave.
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Dios está hecho a imagen y semejanza de los hombres. De ahí su enorme parecido: cumple en acto todas las fantasías que en el hombre son potenciales. Pero el hombre inventa los dioses al mismo tiempo que reconoce -toma conciencia- de su posibilidad de ejercer poder sobre los demás. Toda idea de dios trae consigo una idea de orden. Por eso religión y política han ido siempre juntos. Sus encuentros y desencuentros marcan en buena parte la historia. Dios es todopoderoso, que es la máxima fantasía que quien tiene gobierno sobre las personas puede soñar en la tierra. El paso al monoteísmo será un factor determinante para la construcción del poder moderno y su eficiencia. El monoteísmo ofrece tres ideas del poder determinantes: unidad, arbitrariedad y verdad sobre las que se construirá el estado moderno.
La unidad la ofrece Dios: al que el gobernante representa sobre la tierra. La arbitrariedad es lo que da al poderoso la imagen de inviolable, todavía vigente en algunas monarquías como la española, que hace del capricho virtud. El poder muestra toda su fuerza cuando es imprevisible y caprichoso -no en vano sabemos que la gracia es un privilegio que Dios otorga a su antojo. Zygmunt Bauman.
[ 9 ] ha explicado esta característica del poder en su lectura del libro de Job: el mensaje del libro de Job es que «no hay ni regla ni norma que pueda limitar el poder supremo». Con lo cual anticipa «el veredicto brutal» de Carl Schmitt: «el soberano es el que tiene el poder de excepción». Y el poder de excepción ha sido la característica del siglo XX , con su expresión en máxima en los sistemas de tipo totalitario pero también en la lógica de los archipiélagos de extrasoberanía con que funciona el proceso de globalización, en que la arbitrariedad del poder ha encontrado territorios en los que escapar a cualquier forma de control que, al mismo tiempo, se revelan funcionales para el sistema. Desde que el racionalismo convirtió al hombre primero en sujeto y después en objeto principal del conocimiento y la razón práctica -como fruto de la experiencia real- tomó el mando, el poder civil buscó la emancipación del poder eclesiástico. Primero sin desafiar directamente a Dios (deísmo), después colocando el mundo de pies en el suelo y buscando la legitimidad en la soberanía ciudadana (según la transformación teorizada por Jean Jacques Rousseau) y alejando cada vez más a Dios de la ciudad de los hombres. Dolorosas guerras de religión -y ahora nos sorprendemos de que los musulmanes también tengan las suyas- acabaron con la separación definitiva de Estado e Iglesia y la transferencia de lo teológico-político a la nación, como nuevo horizonte de pertenencia. Y como verdadera fuente de normatividad.