Podemos entender entonces que Vadas afirma que hay una conexión constitutiva entre la personificación de la pornografía y la cosificación de las mujeres. Según este planteamiento, usar la pornografía a modo de mujeres las rebaja de personas a no-necesariamente- personas, ya que las sitúa en la misma categoría ontológica que a ciertos objetos, como por ejemplo papeles impresos. Tal y como Langton lo interpreta, esto es una forma de cosificación. Todas las mujeres son tratadas como objetos cuando se utiliza pornografía porque se las sitúa a todas en una categoría ontológica que incluye hojas de papel.
Hay muchas formas posibles de objetar a este argumento. A continuación señalo algunas de ellas:
• Se podría cuestionar la afirmación de que la pornografía se usa a modo de mujer. Que esto sea cierto me parece que está lejos de ser evidente, especialmente si consideramos cuidadosamente la idea de «rol, función o cualidad de una mujer» (algo que haremos con más detalle en breve).
• También se puede cuestionar la afirmación de que cualquier cosa que sea usada a modo de F sea F. Se puede cuestionar esto incluso cuando el uso del que estamos hablando es de carácter sexual. Imaginemos que una pareja lleva a la práctica una fantasía para lo cual un varón escenifica el papel de una mujer y satisface de este modo los deseos sexuales de otro varón. Aquél, según la descripción de Vadas, estaría siendo usado como una mujer. Si algo así ha sucedido alguna vez, lo que es muy probable, entonces los varones están en la misma categoría ontológica que las mujeres. Si las mujeres son cosificadas por haber sido situadas en la misma categoría ontológica en que hay hojas de papel, entonces los varones, ubicados en la misma categoría ontológica que mujeres y hojas de papel, son también cosificados.
• Aunque parece correcto afirmar que un apetito como el hambre sólo puede satisfacerse con un objeto apropiado (la comida), la analogía que hace Vadas con el deseo sexual es más problemática. La idea de que el deseo sexual tiene un objeto de satisfacción apropiado es en sí misma problemática, tanto como lo es la idea de que la pornografía por sí misma satisface ese deseo (más que, digamos, los movimientos concretos de las manos).
Entiendo que todos estos son problemas serios. Pero aunque encuentro que el argumento Vadas-Langton no es convincente, sí creo que existe una conexión constitutiva entre cosificación y personificación. Defenderé esto en parte al hilo de la discusión sobre el estudio de un caso histórico.
Estudio de un caso histórico: la historia del vibrador Desde los tiempos de Platón hasta mediados del siglo XX se pensaba que las mujeres eran propensas a padecer una enfermedad conocida como histeria. Los síntomas típicos incluían «ansiedad, insomnio, irritabilidad, nerviosismo, fantasías eróticas, sensación de pesadez en el estómago, edema en la zona inferior de la pelvis y lubricación vaginal». (Maines, 8) Como Maines apunta, muchos de estos síntomas «son los de la excitación crónica».
El tratamiento prescrito por Galeno en el siglo II, en cualquiera de sus variantes, fue dominante hasta principios del siglo XX. Esta es la descripción que hace Pieter van Forest en 1653 (citado en Maines, 1):
Cuando aparecen estos síntomas, creemos necesario pedir la ayuda de una comadrona para que masajee los genitales con un dedo dentro... Y de esta manera la mujer aquejada puede ser excitada hasta el paroxismo. Este tipo de estimulación con el dedo la recomiendan Galeno y Avicena, entre otros, muy especialmente en el caso de viudas, mujeres que lleven una vida de castidad, y religiosas... se recomienda con menos frecuencia a... mujeres casadas, para las cuales resulta un mejor remedio tener relaciones sexuales con sus esposos.
Este tratamiento, el masaje genital manual, era administrado unas veces por doctores y otras por comadronas. A las mujeres casadas se les aconsejaba como tratamiento tener relaciones vigorosas con sus maridos. Aotras pacientes se les aconsejaba montar a caballo, usar una mecedora y, más tarde, hacer viajes en tren.
El objetivo de estos tratamientos era inducir el «paroxismo histérico», que consistía en un enrojecimiento de la piel, respiración agitada, ausencia de reacción ante estímulos externos y una breve pérdida de control, después de la cual las pacientes se sentían mucho mejor. El paroxismo parecía encajar bien con lo que Platón entendía que era la histeria, a saber, el estado resultante de tener el útero inflamado recorriendo el cuerpo. El paroxismo era la consecuencia de atraer hacia su posición natural al útero, que a lo largo de este recorrido sofocaba y ahogaba a la paciente, lo que provocaba la respiración agitada. La expulsión de fluidos en el paroxismo y durante su preparación causaba que el útero se deshinchara y recuperara su tamaño normal.
Sin duda Maines acierta cuando postula que el paroxismo histérico era un orgasmo. Si también tiene razón (como parece probable) en que la mayoría de los casos de histeria eran el resultado de necesidades sexuales no satisfechas, entonces no resulta sorprendente que los tratamientos diseñados para inducir el paroxismo histérico fueran extremadamente efectivos proporcionando alivio, al menos temporalmente.
Los médicos encontraron la administración de estos tratamientos extremadamente lucrativos: a diferencia de muchos otros tratamientos, las pacientes verdaderamente disfrutaban con lo que los médicos hacían, y nunca se curaban, por lo que tenían que seguir acudiendo para recibir tratamiento. Pero había un inconveniente: para los médicos los tratamientos eran muy difíciles de administrar. Inducir un paroxismo histérico requería gran habilidad y llevaba su tiempo, de modo que a menudo el procedimiento era bastante agotador para el doctor. Así pues, buscaron métodos para ahorrarse trabajo. Uno de los métodos de más éxito consistía en dirigir cuidadosamente chorros de agua. En los siglos XVIII y XIX las curas de agua, diseñadas expresamente para mujeres, contribuyeron enormemente al éxito de los balnearios:
La primera impresión que producen los chorros de agua es dolorosa, pero pronto el efecto de la presión, la reacción del organismo al frío, que hace que la piel se ruborice, y el restablecimiento del equilibrio, todo ello les crea a muchas personas una sensación tan agradable que es necesario tener la precaución de evitar que prolonguen [ellas]a el tiempo prescrito, que suele ser cuatro o cinco minutos. Después de las duchas la paciente se seca, se vuelve a ajustar el corsé, y vuelve con paso enérgico a su habitación.
Henri Scoutetten, médico francés (texto de 1843) (Maines, 13)
Este tipo de cura de agua representó un tratamiento muy efectivo contra la histeria, además de resultar muy popular entre las pacientes. Sin embargo, habilitar instalaciones debidamente equipadas era extremadamente caro, y esto limitaba el número de pacientes que podían hacer uso del tratamiento y el número de doctores que podían proporcionarlos.
Había, por tanto, demanda de una forma menos cara de tecnología para ahorrarse trabajo, y esto fue lo que dio lugar a los vibradores mecánicos para las consultas de los médicos. Dichos vibradores tenían una enorme base (de varios pies de alto) y mecanismos de funcionamiento a vapor, y los médicos a veces montaban «quirófanos de vibración» especiales para administrar el tratamiento. Esta solución era muy satisfactoria tanto para los médicos como para las pacientes, si bien de una forma diferente en cada caso. Los médicos podían proporcionar de forma fácil y eficaz el tratamiento para la histeria a un gran número de mujeres, quienes no dejaban de volver con regularidad para recibir más tratamiento.