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La cultura pasa por aquí
Nueva Revista de Política, Cultura y Arte 104 Nueva Revista de Política, Cultura y Arte

Otto Dix, la pintura del testigo

por Jesús García Calero
Nueva Revista de Política, Cultura y Arte nº 104, Marzo-Abril 2006

Número de páginas: 2
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No vivimos a salvo -nunca se vivió a salvo-, sino sitiados por nuevos desafíos y contradicciones que pueden rasgar fácilmente el velo de lo que entendemos como realidad, lo que creemos realidad asentada. Pero nos encanta saciarnos acariciando la tersa piel de las artes plásticas. Y qué dulzura, qué intenso deleite proporciona limitarse a ese gesto de primera intimidad con las pinturas, esculturas u otras formas artísticas. Es una manera civilizada de dejarse asaltar por la emoción que nos despiertan, o de provocar esas emociones que, en el fondo, están alimentadas o -mejor dicho- adiestradas desde los inicios de nuestra educación estética, y que, además, nos ayudan a comprender el mundo, con el no desdeñable precio de compartimentarlo: dividimos la historia en eras y escuelas que, de un modo a la postre pacífico, transitan y se superponen para darle un sentido «cultural» a nuestra contemplación.
Mas no debemos desdeñar la hondura del testigo. Tal vez ésta sea una exposición más contemporánea, o que merece la pena no ver sólo desde ese punto de vista «cultural». La vida de un artista es mucho más complicada que lo que los manuales de Historia del Arte transparentan. Incluso, muchos pintores han hecho de su rebelión contra esa lectura «cultural» el motor de su creación. Se hacen provocadores y exigen una mirada muy libre para profundizar en su mensaje. Pero algunas veces crean, aunque sea a su pesar, un modo tan antitético y tan rabioso contra esa visión «cultural » -un modo «contracultural» en sentido estricto- que cae presa de los mismos defectos que denuncia, de la misma relación epitelial, de idéntica «superficialidad». Por eso vale la pena asomarse al diálogo de Dix con el pasado, con aquel tiempo de las vanguardias y también con el nuestro. Recordemos que en su prólogo a El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde señaló la grieta fundacional del edificio estético: quien se adentra bajo la superficie en una obra de arte lo hace a su propio riesgo.
Asuntos como los límites de la libertad del artista para elegir la expresión y la invocación de realidades y tradiciones, hoy puesta en tela de juicio por la publicación de unas viñetas en Dinamarca, a pesar de la sangre -y la inteligencia- que fue derramada para conquistarla; temas como la revisión de la heredad y el ser de Occidente, visible en nuestra manera acomplejada de ocultar el pasado y de asumir algunos valores de la cristiandad que fuimos -hoy a debate en manifiestos y ayer en la Constitución de la UE-; incluso otras polémicas públicas sobre la conveniencia de mostrar la crueldad de las imágenes de una guerra, los vídeos con el degüello de rehenes secuestrados en Irak o las fotos de los ataúdes de marines -los disímiles senderos de la gloria- devueltos a Estados Unidos. El precio -o el desprecio- de una vida, la dignidad de las víctimas. Todo ello vibra en nuestro interior mientras contemplamos los lienzos y dibujos de Otto Dix. El pintor de aquellas batallas sigue siendo -y tal vez para siempre- nuestro testigo. Aún nos sorprende su honestidad, la de esa afirmación: «Sí, sí a las manifestaciones humanas, que están ahí y lo estarán siempre». Y sólo bajo esta percepción, orgullosa y doliente a un tiempo, podremos testimoniar por él, como quiso Celan.
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