DETERMINISMO CIENT1FICO
La revolución, si es que se puede denominar así, se produjo en el siglo XIX, cuando la mentalidad de los estudiosos, y con ella el sentir común de las gentes instruidas, son ganados por los principios del determinismo científico y del determinismo biológico. Ambos han sido fecundos para el desarrollo de las ciencias experimentales y de las creaciones tecnológicas. El primero conduce a la formulación de leyes -como había empezado a hacer Newton en la centuria anterior- y el segundo sitúa la noción de evolución en el lugar central de las llamadas ciencias naturales. No es ocioso señalar que el determinismo científico linda con la filosofía y el biológico con la historia, que son dos de los elementos capitales de lo que entendemos por Humanidades en las discusiones de nuestros días.
Es muy atractivo, y probablemente también muy pedagógico, titular con nombres de ilustres personalidades fenómenos o procesos que se iniciaron antes de esas grandes figuras epónimas y han proseguido después de ellas, alcanzando a consecuencias que aquellos grandes de la historia no habían podido prever. Así, podría decirse que Newton fue el padre o el abuelo del determinismo científico y, mucho más tarde, Darwin el padre, o más bien el ayo y el propagador, de la doctrina del determinismo biológico. Al reflexionar sobre el lugar y la función de las Humanidades en el sistema educativo hay que recordar que, en el fondo de la mentalidad contemporánea, operan, conscientemente o no, pero de modo más bien simplista, los principios y las consecuencias de la persistencia de esos dos determinismos.
Las disciplinas que integran el bloque de las Humanidades no han escapado ni escapan al contagio de esos determinismos. Sobre todo cuando se convierten o se quieren convertir en «ciencias» a la manera de las experimentales, olvidando que en los saberes humanísticos existen elementos que son obra del azar (por ejemplo los sucesos que cambian el curso de la historia) o producto de la creatividad humana, corno las doctrinas filosóficas, los productos de las artes plásticas, la música y algunos hechos del lenguaje, como los neologismos o las metáforas.
EL EFECTO MIMET1CO DE LAS CIENCIAS
Entre los efectos que se derivan de este influjo determinista sobre los saberes humanistas se halla el mimetismo respecto de las ciencias naturales y experimentales y de las tecnologías, que se apoderó de no pocos de los grandes cultivadores de las Humanidades en el siglo XIX.
En este sentido, han sido grandes los progresos que, para el conocimiento de las lenguas y de la relación entre ellas, se han obtenido con el método comparativo. En particular, cuando se ha asociado con el método histórico, o los alcanzados con las técnicas de la clasificación y más recientemente con el estructuralismo y la lingüística funcional.
Existen múltiples ejemplos de influencia determinista en disciplinas humanísticas como la lengua, la literatura y la historia. A continuación expondremos algunos casos. El primero se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la gente educada compartía generalmente la idea de que las leyes de la física no conocen excepciones: ni el principio de Arquímedes, ni la ley de Boyle-Mariotte, ni la de la gravedad. Los lingüistas -en este caso concreto, los estudiosos de las lenguas indoeuropeas- descubrieron o comprobaron que los cambios fonéticos que se detectan en su desarrollo histérico se acomodan a determinados patrones y que en las diversas lenguas se observan unas determinadas «leyes fonéticas». Tampoco éstas, según esos lingüistas de la escuela de los que se llamaron a sí mismos «neogramáticos», deberían conocer excepciones, porque están formulados como leyes físicas y la palabra es una realidad física, un sonido que se transmite a través del aire.
Sin embargo, resulta que la realidad lingüística registra numerosas excepciones a cada una de esas «leyes». Muchas de ellas se explican por razones históricas. Por ejemplo, porque un fenómeno se produce en un momento o una época determinada, tras lo cual el sistema de la lengua se reajusta y la «ley» deja de ser obedecida, o por influencias culturales o por innovaciones tecnológicas, que traen consigo la desviación del valor de una palabra, etc.
El segundo ejemplo viene de la mano de otra ciencia de gran prestigio por la misma época, la biología, que había descubierto y abrazado el principio darwiniano de la evolución de las especies. Enseguida hubo lingüistas que se propusieron acometer el estudio de los cambios o evolución de las lenguas con un modelo epistemológico análogo. Este patrón es habitualmente aplicado por eminentes lingüistas de atrás adelante -del pasado hasta hoy-, para entender los cambios que están documentados por testimonios escritos, por comparación interlingüística, o por la observación de la práctica de los hablantes.
Pero este mismo proceso también se aplica de adelante atrás en el tiempo, imaginando -en un estado de lengua anterior o lengua madre del que se estudia- formas hipotéticas que explican el origen de determinadas palabras o usos. Hubo sabios que, a mediados del siglo XIX, llevaron sus inducciones hasta componer textos en un supuesto lenguaje «indoeuropeo», partiendo de las lenguas de esta familia, mediante la comparación de fonéticas, morfologías y sintaxis, guiados en el fondo por los principios de la inexcepción de la leyes fonéticas y de la evolución biológica. Siglo y medio después, el resultado de esa reconstrucción resulta pintoresco. Porque, además, no hay ninguna evidencia de que el «indoeuropeo» haya existido nunca como instrumento de comunicación de una sociedad humana concreta.
Imaginemos por un momento que no hubiera ningún documento u otro testimonio de la lengua latina, y que un sabio se dispusiera a recuperarlo a partir de las lenguas romances. El resultado sería disparatado, aunque las bases de partida del proceso inductivo de reconstrucción hubieran sido traducciones correctas en español, italiano, francés, portugués y catalán de un texto de Cicerón. Es lo que ocurriría con cualquier ensayo que se hiciera sobre el alemán -hochdeutsch- y el neerlandés -niederdeutsch- para obtener la lengua germánica originaria, la lengua actual de ese nombre y el holandés. Este juego se podría hacer con traducciones a estas lenguas modernas, versión del texto germánico auténtico de los juramentos de Estrasburgo, que el cronista Nitardo transcribió en caracteres latinos, dando lugar al que quizá es el primer testimonio literario de la lengua alemana.
Sin extenderme demasiado, no querría dejar de apuntar un tercer ejemplo. En el éxito del florecimiento de la lingüística estructural hay un cierto reflejo o proyección de lo que yo me atrevería a llamar el estructuralismo de la física moderna, anterior a la indeterminación de Heisenberg, y así sucesivamente.
Como cuarto ejemplo de la influencia determinista en los saberes humanísticos, podríamos aludir al momento, en el siglo XIX, en que se dividen los saberes en «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu» (después se diría también, o alternativamente, «ciencias de la cultura»). Para no pocos cultivadores de los saberes humanísticos ésta sería la tabla que podría salvarles del naufragio en que veían hundirse a sus disciplinas en alta mar, lejos de los seguros refugios costeros de las leyes en que los saberes de la Naturaleza podían anclar sus naves.