Craneal y salvaje
-Mis telas, estén o no acabadas, son las páginas de mi diario, y como tales han de valer. El futuro decidirá qué páginas prefiere; no debo ser yo quien las elija. Por mi parte, tengo la impresión de que el tiempo pasa cada vez más deprisa. Yo soy como un río que sigue fluyendo, discurriendo junto con los árboles arrancados de cuajo por la corriente, los perros muertos, los desechos de toda clase y las miasmas que proliferan en él. Y allá voy, cada vez más rápido.
En esta última fase Picasso logra, a mi juicio, la síntesis completa entre dibujo, color, forma y ejecución. El Picasso dibujante tras la muerte de Cézanne (1905), que se asocia con el Picasso colorista después de la muerte de Matisse (1953), se encuentra finalmente con el Picasso ejecutante, en el cual toda la pintura -forma y color, dibujo e impresión cromática, gesto y representación- brota natural, compulsivamente de sus pinceles, con la violencia de un parto que ya ha roto aguas. El anciano Picasso ha alcanzado ese punto donde, en sus cuadros, dibujo y color son lo mismo, y donde las formas acuden solas a sus manos:
-Hay un momento en la vida, cuando se ha trabajado mucho, en que las formas acuden solas, los cuadros vienen solos, no hay necesidad de ocuparse de ellos. ¡Todo viene solo! Como la muerte.
No le asusta ningún tamaño, no le arredra ningún color, ni siquiera necesita dar variedad a los temas. Todos los que ama están aquí, repetidos una y mil veces, en mil formas y combinaciones: el pintor y su modelo, el beso, el pintor solo, parejas acopladas, el marinero, el mosquetero con pipa... Los colores chocan, las formas chocan, la ejecución choca y al mismo tiempo, y sin embargo, asombran y cautivan.
Picasso ha alcanzado un punto, como deseaba, en que nadie puede decir cómo ha sido hechos cada uno de estos cuadros. ¿Qué sentido tendría, después de una vida dedicada a ganar esa libertad? ¿Cómo podría ningún observador revivir aquellas obras, tal y como las ha experimentado su creador? Cada una de ellas llega al Mediodía desde un remoto pasado, desde días lejanos y reinos muertos desde hace tiempo, tal vez. ¿Cómo saber cuándo sintió el pintor por primera vez ese cuadro, cómo le emocionó, cómo lo vio primero y cómo se engolfó luego en su construcción, si el autor mismo, al día siguiente de concluido, podía confesar no saberlo ni él mismo? ¿Quién entraría en los sueños de este anciano, en sus instintos, en sus pensamientos, madurados a lo largo de décadas de actividad ansiosa y febril? Picasso confesaba, a este respecto:
-Yo no puedo hacer nada. El pintor no elige. Hay formas que se le imponen. Y a veces proceden de una herencia que se remonta más allá de la vida animal. Es muy misterioso, y sobre todo, muy molesto.
Lo único que le importa ya es que sus cuadros impresionen, y los del «viejo salvaje», los del Picasso moribundo, impresionan sobremanera. Su impulsividad juvenil, su espontaneidad sin tapujos, sin adornos, son lo contrario de sus antinaturales dibujos de infancia. Aquel: «Aquí huele a azufre», que Henri Michaux no pudo evitar, allá por los años treinta, ante la vista de la espontaneidad y el fulgor de los dibujos de Picasso, invadiría luego, hasta apestarlas, las severas salas del palacio de los papas de Aviñón, donde los doscientos setenta lienzos producidos en los dos últimos años de vida de Picasso quedaron expuestos, tras su muerte.
-Empleando términos de investigación científica -había observado Picasso-, podemos decir que la investigación llevada a cabo ha sido completa e intensiva. Nuestra época no podía haber ido más lejos. Hemos logrado sin duda una ruptura radical con el pasado. Y la prueba de que la revolución ha sido total, la hallamos en que los términos que expresaban los conceptos fundamentales de nuestro arte -dibujo, composición, color, cualidad- tienen hoy un significado completamente distinto al de antes... Puede que al final no haya sido tan malo lo que hemos hecho. En todo caso, lo que ya no hay más son trucos. Ahora, el pintor es un pintor, mientras que antes, encubría su debilidad con todo tipo de embustes.
Emplea trucos quien desprecia, por ejemplo, los objetos, quien no los considera atentamente, con total seriedad, como Cézanne. Si el rentista del Midi llegó a ser Cézanne, creía Picasso, fue porque, cuando estaba frente a un árbol, miraba atentamente lo que tenía ante sus ojos; lo observa fijamente, como un cazador que apunta al animal que quiere abatir... Y muchas veces, concluía Picasso, un cuadro no es más que esto... poner toda la atención en los objetos... y amarlos. Sí, tratarlos con cariño. Porque en el fondo, sólo el amor cuenta. Comoquiera que sea ese amor. A los pintores, habría que arrancarles los ojos, como se hace con los jilgueros, para que canten mejor, pensaba Picasso.
-¿De dónde me viene este poder de crear y de dar formar? No lo sé... Algo sagrado, eso debe ser -aseguraba-. Deberíamos poder emplear una palabra como esa, sin que la gente la entendiera erróneamente, en un sentido que no tiene. Uno debería poder decir que la pintura es como es, con su inmensa capacidad de poder, porque es como si viniera tocada por Dios. Y aunque mucha gente se avergonzaría de oír esto, es lo que más se aproxima a la verdad. En ningún caso podemos hablar fácilmente con palabras del fuego sagrado de la pintura, sin el cual aún el más dotado de los artistas, el mejor de los dibujantes no pasa de ser bueno, incluso muy bueno... pero nada más. Lo único que podemos reconocer es que, en determinados casos, existe una relación especial entre el artista creador y lo que hay de superior en el espíritu humano, gracias a lo cual la pintura llega a tener el asombroso poder que le reconocemos. ¿Arte religioso? Eso es absurdo: ¿cómo puede uno hacer arte religioso un día y al siguiente uno de otro tipo? Lo único que yo he hecho es amar la pintura como el buen Dios ha querido que exista. ¿Y es que Él tiene algún estilo? Pues yo tampoco. Además, Él ha ha hecho la guitarra, el arlequín, el perro salchicha, el gato salvaje, el búho, la paloma... Yo también. El elefante y la ballena, pase, pero ¿el elefante y la ardilla? ¡Un bazar! Dios ha creado lo que no podía existir. Y yo también. Él mismo ha hecho la pintura. Yo también.
Bibliografía de Referencia
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