Aunque no era una costumbre nueva, su colección de desechos aumentó enormemente por entonces. El veterano pintor recorría las playas fijándose en todo lo que el mar había arrastrado hasta la arena: huesos, guijarros, restos de platos y vasijas... Los objetos que más le interesaban, los que más le sorprendían, los recogía, para practicar sobre ellos grabaciones o sutiles tallados. Picasso estaba tan enamorado de sus hallazgos, que pensaba donarlos al museo que la alcaldía de Antibes quería dedicar a su obra.
-Encuentro estas cosas en la playa -comentaba-. Los guijarros son tan bonitos que dan ganas de grabarlos todos. El mar los trabaja tan bien, les da unas formas tan puras, tan completas, que no falta más que darles un pequeño empujón para hacer de ellos obras de arte. En una piedra redonda veo un búho y hago un búho; otra, triangular, me recuerda una cabeza de toro o una cabeza de cabra. Algunas me sugieren cabezas de mujeres o de faunos. Otras, no me atrevo a tocarlas; ésta, por ejemplo, con su nariz y sus órbitas vaciadas por el mar, me recuerda exactamente mi Cabeza de muerto. No tengo nada que añadirle.
El azar hizo arte
Esos comentarios del pintor confirman la observación de Aristóteles en la Ética, cuando, tratando de probar la semejanza que, a su juicio, se da entre el arte y el azar, citaba el verso del poeta Agatón: «El azar ama el arte, y el arte el azar» (1140 a 19-21). Con razón, el modo de trabajar el mar los guijarros de la playa, dándoles forma, y el modo de trabajarlos Picasso eran parientes próximos. A Aristóteles no le hubiera extrañado el comentario de este último quien, volviendo a mirar la caja atiborrada con sus hallazgos playeros, pensaba en completar el círculo del azar diciendo:
-Ahora yo debería devolver todo esto al mar. Cómo se asombraría la gente al encontrar en las playas piedras marcadas con extraños signos. ¡Qué quebraderos de cabeza para los arqueólogos!
Improvisaciones: así se engendraron en el mundo las comedias y las tragedias, según varias veces observó Aristóteles al comienzo de su Poética. Al principio, los hombres mejor dotados para la recitación, puestos en movimiento de un modo azaroso, improvisaron: unos, recitando himnos o encomios, en verso heroico; otros, expresando invectivas o cantos fálicos, en versos yámbicos. Pero todos, primitivos trágicos y primitivos cómicos, daban la razón al poeta Agatón al improvisar sus primeros versos. Antes que una herencia y una tradición los hiciera progresar paulatinamente, antes de que el razonamiento y la ciencia los empujara a encontrar su forma cumplida y perfecta, el azar quiso que hubiera poetas en el mundo.
Muchos años después, un anciano de ochenta y cuatro años, bronceado por el sol como un pescador del Midi francés, daba la razón al filósofo ateniense en varios sentidos. Primero, porque estaba de acuerdo en que el arte debía existir en nuestra época para, entre otras cosas, poner entre las cuerdas a la ciencia.
-En nuestros días -comentaba Picasso- todo puede ser explicado científicamente. Se puede ir a la luna o andar por el fondo del mar; todo lo que quieras, lo puedes conseguir gracias a la ciencia. Todo, menos una cosa: explicar la creación artística. Uno puede estar estudiando el fenómeno de la pintura durante mil años y, al final, ser incapaz de explicar nada. En nuestros días, si la pintura sigue siendo pintura, es precisamente porque elude una investigación de ese tipo. La pintura es todavía una cuestión abierta, y como tal, sólo ella esconde la respuesta. Esa es su suerte, y al mismo tiempo su desgracia. Y la nuestra también, la de los pintores.
El anciano tostado por el sol que decía eso, contaba aún con años de trabajo por delante para seguir acechando los misterios del oficio que había elegido como una forma de vida. Los amigos que le conocieron de joven, cuando llegó a París sin hablar jota de francés, sabían que Picasso trabajaba siempre e incesantemente, hasta vaciarse, hasta agotarse. Gertrude Stein desde luego lo recuerda así. Y Picasso le daba la razón, cuando admitía que para él pintar era como respirar: que trabajar, para él, era descansar; y no hacer nada, o conversar con los que iban a visitarle, una fatiga.
El haber concluido, por esas fechas, las grandes series reinventivas de Manet, de Poussin y de David, extrañamente podría significar el final del trabajo de quien nunca se había detenido, en casi ya un siglo de actividad. De hecho, un calvete tostado, de fuertes piernas y mirada inquieta, apenas cubierto con una camiseta de algodón a rayas, como un octogenario lobo de mar, estaba todavía por convertirse en aquel «viejo salvaje», en que Francia y todo el mundo vio transformarse a un Picasso noventón.
Biós Graphikós
-Todos poseemos la misma cantidad de energía -observaba él-. Una persona corriente despilfarra la suya de mil maneras. Yo he canalizado todas mis fuerzas en una sola dirección -la pintura- y he sacrificado el resto: a vosotros y a todo el mundo, incluido yo mismo.
La biografía de Picasso me obliga a pensar que la enumeración de vidas humanas elegibles por sí mismas, a cuyo análisis dedica Aristóteles la citada Ética a Nicómaco , es incompleta. Allí, el filósofo enumeraba tres tipos de vidas agradables, encomiables y que los hombres (de las mujeres por desgracia no dice nada) podrían escoger como fines absolutos para sus vidas: o una vida placentera -de goces sensibles y de ausencia de dolor-; o una vida ciudadana, de responsabilidades políticas y de servicio al bien común, de la ciudad; o una vida intelectual, de investigación científica y sabiduría. Estos era todos los tipos de vida que a Aristóteles le parecían dignos de ser elegidos por sí mismos.
Reconocía además el filósofo la existencia de una suerte de vida mercantil, consagrada a la acumulación de dinero por medio de actividades lucrativas -pasado el tiempo, se denominaría vida burguesa-, pero ni le reconocía una inequívoca deseabilidad por sí misma (el dinero es lo útil por antonomasia), ni le parecía tampoco exenta de pesares, es decir, suficientemente placentera para poder ser considerada, como la biós hedoné , la biós politikós y la biós theoretikós , una vida venturosa.
-Yo no soy pesimista -aseguraba por su parte Picasso-, ni estoy saciado del arte, al revés: no podría vivir sin dedicarle todo mi tiempo. Amo la pintura como el único fin de mi vida. Y todo lo relacionado con ella me proporciona un inmenso placer.
En cuanto a la «nobleza» de la actividad pictórica, Picasso tampoco admitía dudas. Las artes decorativas, aseguraba, no guardan ningún parecido con la pintura de caballete que él practicaba. Aquéllas son utilitarias; la creación de un cuadro, un noble juego; aquéllas, un sillón en el que uno se apoya, un utensilio; éste, una forma peculiar de intuición, que ayuda a los hombres a conocerse mejor a sí mismos y a ser más conscientes del mundo en el que viven.
Por depender muy poco de terceros, finalmente, la biós graphikós puede ser tan autónoma y tan continua como lo es la actividad intelectual del filósofo -la mejor forma de vida humana, según Aristóteles-.
Fiel, pues, a su biografía y al soberbio despliegue de energía de que había hecho muestra toda su ya larga vida, los últimos años de Picasso constituyen una nueva etapa, la del dernier Picasso, que observada desde la perspectiva de lo que ya había logrado, y de los logros que llevaba ya a sus espaldas, corroboran en aquel anciano tanta o más energía que la que fue necesaria para romper en su día con todo y realizar Les demoiselles d'Avignon .