por Juan Clavero, Lola Yllescas y Mercedes Sousa
El Ecologista nº 43, primavera 2005
Llegar a la Antártida es cada vez más fácil. Muy lejos quedaron los tiempos en que Drake descubriera el brazo de mar que separa Suramérica de la Antártida, y la primera vez que divisara las Islas Shetland del Sur el marino español Gabriel de Castilla, allá por 1603. Hoy, los modernos barcos que parten desde Ushuaia -la ciudad más austral del mundo- y la tecnología de comunicación, hacen más liviano y seguro el paso por el Pasaje de Drake, aunque la maldición del famoso corsario se sigue cebando, en forma de fortísima tempestad, en los que se atreven a dar el salto desde Tierra del Fuego a la Antártida.
La Antártida es un continente aislado, no sólo de otras tierras, sino también de otros mares, pues la Convergencia Antártica, frontera entre las aguas templadas de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico y las frías del Antártico, es una barrera ecológica para la mayoría de las especies marinas. La excepcionalidad ecológica de la Antártida no estriba en su gran número de especies, sino en las enormes poblaciones de cada una de ellas, y en las sorprendentes adaptaciones que presentan. El krill, una pequeña gamba que sirve de alimento a la mayor parte de la cadena alimenticia de estos ecosistemas, se cuenta por millones de toneladas siendo, probablemente, la mayor concentración de biomasa de una única especie del mundo.
Las colonias de pingüinos son lugares fantásticos. No se sabe muy bien si somos nosotros los que los estudiamos o son ellos los que nos estudian a nosotros. Su curiosidad es proverbial. Los primeros exploradores de la Antártida los llamaron despectivamente pájaros bobos, confundiendo la hospitalidad y confianza con la que nos obsequian con la estupidez. Hay animales que nos caen simpáticos nada más verlos, y los pingüinos son, evidentemente, unos de ellos. Observarlos construir un nido, incubar sus huevos y defenderlos de las temibles eskúas o trepar por inaccesibles riscos con sus cómicos andares, es uno de los privilegios con el que nos obsequia la Antártida.
Ballenas jorobadas o yubartas nos hicieron compañía en nuestro recorrido por islas, fiordos y estrechos antárticos. Saludan levantando la cola, pirueta característica que se ha convertido en símbolo de las campañas en defensa de estos colosos del mar. Los barcos no las asustan; han olvidado los tiempos aciagos de la actividad ballenera que las llevaron al borde de la extinción. No todas las especies de ballenas han logrado recuperarse. De la ballena azul, el animal más grande que jamás haya vivido sobre la Tierra, se llegaron a cazar más de 300.000 ejemplares en los mares antárticos, hoy sobreviven unas 500. En las islas 25 de Mayo y Decepción tuvimos ocasión de recorrer los enormes cementerios de ballenas que aún hoy nos recuerdan el atormentado pasado de estos mares.
La Antártida es el único continente sin derechos de soberanía; es tierra de todos dedicada a la ciencia y a la paz. Así lo estipula el Tratado Antártico -aprobado en 1959 por los países más cercanos o con bases en este continente, y en vigor desde 1961-, que regula el estatus legal y las actividades en este continente helado. Hay casi un centenar de bases científicas de veintitrés países, pero están prohibidas las actividades militares y la explotación de recursos naturales. En definitiva, una gigantesca reserva ecológica donde la naturaleza funciona sin intervención de los humanos. Esto no impide que haya países que pugnen por su soberanía. La zona más solicitada es la Península Antártica y las Islas Shetland del Sur, por ser la más accesible, pues dista unos mil kilómetros de la Tierra del Fuego. Chile, Reino Unido y Argentina se la disputan.
En la Antártida hay dos bases españolas: Gabriel de Castilla, en Isla Decepción, y Juan Carlos I, en Isla Livingston. En la primera tuvimos ocasión de comprobar las investigaciones que realizan geofísicos andaluces sobre el movimiento de las cámaras magmáticas y la estructura interna de esta gigantesca isla-volcán. La logística está a cargo de un equipo de militares sin armas por mandato del Tratado Antártico, que cumplen un servicio para la ciencia y la investigación más valioso y respetable que otras misiones internacionales.