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Cuadernos de Alzate 39 Cuadernos de Alzate

Unidad y diversidad de las naciones en España. Una visión panorámica

por Xosé M. Núñez Seixas
Cuadernos de Alzate nº 39, Segundo semestre 2008

Número de páginas: 6
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5) España como un Estado igualmente plurinacional, compuesto por cuatro auténticas naciones, que podrían estar articuladas en un Estado federal o, preferentemente, de tendencia confederal con lazos más o menos laxos, o mediante un sistema de pactos bilaterales o libre asociación de Estados. Cada uno de esos entes podría en todo momento abandonar la confederación por voluntad propia, al ser titulares de la soberanía, como naciones que, a su vez y según los proyectos políticos concretos, son definidas mayoritariamente en términos etnocívicos, con un fuerte peso de los elementos historicistas y culturales a la hora de definir cuál es la nación de pertenencia. Con todo, sería erróneo ver en los distintos conceptos de nación abrigados por los nacionalismos subestatales un peso exclusivo o preferente en todos los casos de la etnicidad y la historia. El énfasis constructivista en la voluntad ciudadana como auténtica forjadora de la identidad nacional, acompañado de concepciones de la ciudadanía flexible e integradora de personas de distintas procedencias, está presente, pongamos por caso, en proyectos independentistas como el de Josep Lluís Carod Rovira y la Esquerra Republicana de Catalunya, al igual que la insistencia en concebir el nacionalismo como una herramienta para alcanzar mayores cotas de bienestar a partir del ejercicio de la soberanía. Pero las concepciones esencialistas de la nación no dejan de estar presentes en buena parte de la doctrina del nacionalismo vasco actual, y en parte del catalán o del gallego. Existen varios proyectos diferentes, y a veces concurrentes entre sí, de Cataluña, Euskadi o Galicia como naciones.
El proyecto de articulación de España como no-nación (o de asociación con un ente ajeno llamado España que incluiría todo lo que no es Euskadi, Cataluña o Galicia) desde la periferia, indefinidamente confederal o producto de la libre asociación de varias entidades, que varias organizaciones nacionalistas propusieron como un modelo de Estado en la fase constituyente, podría servir asimismo como una antesala de la constitución definitiva de cuatro Estados nacionales plenamente independientes. Estadio final que, en el fondo, es el íntimamente deseado por los nacionalismos subestatales por ser España un concepto ajeno y distinto, una nación externa con la que relacionarse, pero no con la que compartir muchos más proyectos políticos que los genéricamente comunes dentro del marco de la Unión Europea.
Las gradaciones y distinciones en las vías propuestas para alcanzar ese estadio a partir de la situación actual son, a su vez, diversas, y en la práctica tantas como partidos políticos nacionalistas. Dejando aparte la vía de la independencia por las bravas, defendida por ETA y sus adláteres políticos, en el caso vasco se aboga de manera indistinta por la secesión mediante un referéndum, o mediante la evolución a través de una interpretación generosa y conveniente de los mecanismos previstos en la propia Constitución de 1978 a través de sus disposiciones adicionales. En todos los casos se garantiza que el proceso será gradualista y rodeado de ambigüedades que conciten la mayor suma de voluntades posibles en caso de referéndum o consulta.
En el caso catalán, el soberanismo opta más bien por un reconocimiento del derecho de autodeterminación en la Constitución y por la apertura de un proceso de (con)federalización del Estado, cuyo punto final vendría determinado por la evolución de la coyuntura europea, pero también por la fuerza del sentimiento nacionalista y de la voluntad política de los diversos territorios o naciones confederadas.
Ahora bien, la realidad es que, mientras no se alcance ese estadio ideal que precede al más allá situado en la utopía cercana o lejana, en todos los nacionalismos periféricos acaba por imperar la vía posibilista de una evolución gradual mediante la explotación de los elementos de asimetría y negociación bilateral que permite el Estado de las Autonomías. Está por ver si el desenlace de la apuesta soberanista del lehendakari Juan José Ibarretxe, con todo, acaba por entrar en esa vía.
TRES
En la España de la primera década del siglo XXI, todos estos conceptos de nación, y su aplicación práctica por parte de las élites políticas, deben enfrentarse a mi parecer a un conjunto de retos comunes, que resumiremos de modo genérico en los siguientes:
1) El desafío de integrar la diversidad social, cultural y sobre todo de sentimientos de pertenencia múltiples e híbridos es algo que afecta al nacionalismo español contemporáneo, pero que también han de acabar de asumir plenamente los nacionalismos subestatales. Cuando nos referimos a la coexistencia de diferentes sentimientos de identidad nacional dentro del territorio español, no debemos presuponer la existencia de entidades territoriales homogéneas, tampoco cuando hablamos de Cataluña, del País Vasco o de Galicia. Dentro de cada una de esas naciones minoritarias, como a menudo se reifica conceptualmente realidades no menos plurinacionales internamente que España, no todo el mundo se siente vinculado en exclusiva a una única nación, sea esta la española o una alternativa a la española. La mayoría de sus ciudadanos, con distintos matices y gradaciones, comparte sentimientos de pertenencia múltiples e híbridos, aunque la polarización identitaria es mayor en el País Vasco que en ninguna otra comunidad autónoma. Además, el nacionalismo español, entendido como sentimiento de pertenencia a una nación española sentida como tal, está vivo también dentro de esos territorios, en mayor o menor medida.
Existe, por tanto, y por expresarlo de modo gráfico, una suerte de empate técnico entre nacionalismo español y nacionalismos subestatales, en la medida en que ninguno de ellos llega a imponerse plenamente en cada uno de sus ámbitos territoriales de referencia. Y ese bloqueo permanente obliga a renegociar fórmulas de acomodación y convivencia entre proyectos nacionalistas que, por muy etnocívicos y multiculturales que se confiesen con el fin de ganar adhesiones y voluntades en sus ámbitos de implantación, no pueden ocultar el haber fracasado en buena parte de sus objetivos a medio y largo plazo.
2) La evolución del proceso de integración política continental obliga también a reconsiderar si, en efecto y como se proclamaba de modo optimista por las ciencias sociales hace un decenio, nos encontramos ante una crisis definitiva del Estado-nación. La aparición de nuevos Estados nacionales en Europa centro-oriental desde 1990, así como la adopción por parte de la Unión Europea de un modelo que sigue primando la negociación consociacional entre los Estados miembros en vez de una creación de una auténtica polis supranacional de inspiración auténticamente federal, hace pensar a muchos nacionalistas subestatales, aun a los más moderados, que la única manera de figurar con voz propia en el concierto continental y mundial es disponer de un Estado propio.
3) Dentro del desafío que supone aceptar y acomodar la diversidad de esferas y sentimientos de pertenencia, España y buena parte de sus periferias se enfrentan a su vez a la necesidad de satisfacer las demandas planteadas por una multiculturalidad de distinto tipo, no necesariamente etnoterritorial, que ha traído consigo el aumento espectacular de población inmigrante de origen extracomunitario y extraeuropeo. También esos colectivos demandan y demandarán concesiones en materia simbólica o en la esfera del reconocimiento de derechos colectivos, aunque no vinculados necesariamente al territorio.
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