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Cuadernos de Alzate 39 Cuadernos de Alzate

Unidad y diversidad de las naciones en España. Una visión panorámica

por Xosé M. Núñez Seixas
Cuadernos de Alzate nº 39, Segundo semestre 2008

Número de páginas: 6
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En parte por esta constatación, también desde la izquierda se han elevado voces que apuntarán a la necesidad de recuperar y reconstruir valores históricos comunes de los que sentirse orgullosos, de enfatizar las grandezas de la cultura española presente y pasada, de recordar la pluralidad mestiza de la sociedad española en cuanto a orígenes y costumbres, y de tener espejos simbólicos en los que mirarse colectivamente con satisfacción, y no con doliente resignación. En suma, de preocuparse por reforzar el sentimiento compartido de patria al mismo tiempo o antes que de los valores cívicos asociados a la Constitución. Y eso se debería conseguir, en primer lugar, mediante la reafirmación y exaltación de la historia y de los símbolos comunes de España, cuyo debilitamiento se lamenta sin ambages, en particular desde la versión conservadora del patriotismo constitucional. Este discurso, también abrazado por una tendencia de la izquierda, considera desde otro ángulo que sólo la cohesión nacional puede garantizar un desarrollo efectivo de principios como la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos de diversos territorios del Estado, para lo que incluso se propone la reasunción por parte del Gobierno central de competencias clave como la educación.
En todo caso, esta tendencia, como la anterior, vive también de un constante impulso reactivo contra las reivindicaciones formuladas por los nacionalismos subestatales; a mayor tendencia al acomodamiento de aquellas, mayor suele ser la permeabilidad de conceptos como el de patriotismo constitucional al encaje de sus demandas. Y lo mismo ocurre con la concepción que abordaremos a continuación, que está vinculada directamente desde el punto de vista teórico con las acepciones socialdemócratas del patriotismo constitucional.
3) España como una «nación de naciones», dentro de la cual convivirían una nación política (que algunos llamarán «supernación» de modo perifrástico), esto es, España en su conjunto, y diversas naciones culturales o «nacionalidades». A mi modo de ver, una definición muy contraproducente y poco afortunada, que resucita a Meinecke (1907), y establece una distinción conceptual entre nación política y nación cultural. En el fondo, forma políticamente correcta de definir a España como una nación plural con diversas culturas reconocidas, en la que las «naciones culturales» no son naciones en la medida en que no son titulares de soberanía, sino como mucho «nacionalidades» en una de las acepciones de este posible término.
El impreciso concepto político de la España plural, puesto en circulación desde hace unos años por el PSOE y particularmente por su líder, José Luis Rodríguez Zapatero, parte de la formulación anterior, se identifica con valores democráticos y constitucionales, y recoge también buena parte de las ambigüedades del término nación de naciones. Empero, y a pesar de carecer todavía de una formulación teórica y académica digna de tal nombre fuera de algunas vulgarizaciones pseudoperiodísticas, las distintas enunciaciones de la España plural, más allá de su virtualidad como lema propagandístico y electoral, dejan entrever algunos aspectos innovadores, como son: a) una revisión más crítica del pasado de la nación, argumentando que los periodos y tendencias democráticas siempre se caracterizaron por la descentralización; b) una mayor sensibilidad hacia el papel de las culturas diferentes de la castellana en términos de reconocimiento y símbolos; c) una predisposición más favorable hacia futuros desarrollos federalizantes de la estructura territorial del Estado, aunque más en embrión que en proyecto acabado (aunque algunos de los inspiradores teóricos sí los han hecho); y d) un mayor énfasis en valores como la ciudadanía y la justicia compartida, en la línea anunciada por el republicanismo de Philip Pettit, teórico inspirador de algunos de estos planteamientos. Aquí entrarían también diferentes aportaciones «periféricas» a ese concepto, como el de la pluriidentitaria «España común, pero no única» formulada en su momento por el ex presidente socialista de la Generalitat de Catalunya, Pasqual Maragall, o el también elaborado desde los círculos cercanos al actual presidente socialista de la Xunta de Galicia, Emilio Pérez Touriño.
La fórmula de la España plural también admite lecturas ligeramente posnacionales. Aunque resulta problemático ver en el posnacionalismo una definición teórica consistente y articulada, al mismo tiempo es de reconocer que la ambigüedad identitaria, la aceptación de esferas de convivencia y la renuncia a profesar conceptos de identidad nacional fuertes, como forma de desetnificación definitiva de los sentimientos de identidad nacional, puede constituir un buen punto de encuentro entre nacionalismos en disputa, así como un bagaje con el que afrontar la modernidad líquida, según la conocida definición del filósofo Zygmunt Bauman. Sin embargo, desde el campo de los nacionalismos minoritarios se suele objetar, no sin cierta razón, que tales definiciones son mucho más asumibles por nacionalismos de Estado que por nacionalismos sin Estado y, por tanto, con instrumentos jurídicopolíticos, culturales y normativos más débiles, que ven la identidad nacional de sus territorios de referencia bajo la amenaza de nuevos desafíos también generados por la posmodernidad, entre ellos el multiculturalismo.
A su vez, dentro de esta España plural que puede ser federal, continúa existiendo, de modo más o menos solapado, una dicotomía básica entre dos posturas: ¿federalismo tendencialmente simétrico o tendencialmente asimétrico? Y si hay asimetría, ¿cómo se traduce el hecho diferencial de calidad nacional y en qué debe plasmarse en términos de poder concreto: en soberanía compartida o exclusiva en materias sensibles como lengua, cultura, derecho civil propio, símbolos, etcétera? ¿O en cuestiones como la capacidad de financiación y/o poderes concretos, que algunos ven como una amenaza, cuando no como una merma de hecho, de la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos del Estado? Y tampoco existe un consenso definitivo acerca de las vías políticas posibles para llevarla a cabo. Mientras para unos se debería proceder a una suerte de refundación federal constituyente del Estado, para otros, y esta es la postura mayoritaria, lo más práctico consistiría en promover una federalización desde arriba del sistema autonómico, principiando por la reforma del Senado y el fortalecimiento de mecanismos de cooperación político-institucional horizontal entre las comunidades autónomas, así como de corresponsabilidad fiscal.
4) España como Estado plurinacional, pero con elementos culturales e identitarios lo suficientemente comunes, y un pasado lo suficientemente compartido como para justificar que se prefiera mantener una forma de Estado federal, que para unos (caso de Izquierda Unida, por ejemplo) ha de ser lo más simétrica posible, llegando al reconocimiento del derecho de autodeterminación para todas y cada una de las 17 comunidades autónomas; y para otros, en particular para los sectores periféricos o las organizaciones catalana y gallega de Izquierda Unida y otros grupos (desde Ezker Batua hasta Iniciativa per Catalunya), debería contener fuertes elementos asimétricos. Preferencia, en todo caso, por el mantenimiento de España como comunidad política, aunque por medios no coercitivos y sí basados en la persuasión, en la profundización de la democracia deliberativa forjada por la voluntad ciudadana, y en la posesión compartida de valores positivos como la igualdad, el progreso y la justicia social.
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