En todo caso, hay que recordar que la relación entre los nacionalismos periféricos y el nacionalismo español se ha caracterizado históricamente, y se sigue distinguiendo en la actualidad, por su interdependencia y mutua interacción político-ideológica. La balanza entre unidad y diversidad dentro de los diversos proyectos de estructuración territorial de la nación española se ha correspondido desde fines del siglo XIX no sólo con diversas maneras de entender la sociedad y la participación política y el respeto a la diversidad, sino también con el «péndulo» de los nacionalismos periféricos. Y algo semejante también ocurre a la inversa.
DOS
La solución provisional, pero hasta ahora duradera, proporcionada a la cuestión nacional en España por la Constitución de 1978, a mi juicio, radica en haber sabido recoger varios postulados de todas las tradiciones, conjugar la descentralización simétrica con elementos de asimetría e historicidad -es un café para todos, pero, se podría afirmar, con diferentes dosis de azúcar- y revestir conceptos clave de una cierta ambigüedad, caso del término «nacionalidades». Con todo, la Carta Magna es clara en afirmar -de manera, además, insistente- que España es una nación, indisoluble e indivisible. Coincido, en este aspecto, sustancialmente con quienes afirman que, en última instancia, la Constitución es una muestra de nacionalismo español, cualificable de nacionalismo constitucional. Pero también es verdad que aquella contiene igualmente una serie de elementos potenciales para avanzar en una federalización de facto, o en la profundización de la asimetría entre sus diversos territorios, así como para incidir en una acentuación del reconocimiento de la diversidad político-institucional, cultural y de sentimientos de pertenencia que coexisten dentro de la comunidad política española.
¿Cuáles serían los enfoques y discursos actuales para entender la diversidad nacional/cultural, y el propio ser, de España y/o sus naciones alternativas? Excluyendo variantes minoritarias o poco significativas social y políticamente, podemos resumirlos, a mi entender y de modo muy sintético, en los cinco apartados siguientes, que se han de entender como un tipo ideal en el sentido weberiano del término. Es decir, no como la realidad en sí, sino como los elementos que podemos abstraer de la multiforme realidad para clasificarla, y que se corresponden por lo tanto con diferentes posiciones y sensibilidades en el conjunto del espectro político-partidario español, con mayores o menores coincidencias y entrecruzamientos.
1) La nostalgia nacionalcatólica. España es y será, según esta concepción, una nación única e indisoluble en razón de su historia y cultura, a lo que se unen fuertes elementos de esencialismo católico y tradicional. El reconocimiento interno de la diversidad es, en la práctica, meramente folclórico y desprovisto de reconocimientos simbólicos y políticos que vayan más allá de lo limitadamente cultural, y aun así con prevenciones por el posible uso que los nacionalismos periféricos puedan hacer de cualquier concesión. Con todo, en sus variantes más benignas se puede llegar a aceptar el sistema autonómico, en la medida en que este último pueda identificarse con una cierta lectura austracista de la nación española, y reconocer la existencia de fueros territoriales como mejor expresión de la esencia preliberal -y, por tanto, preconstitucional- de la nación. Pero ese sistema autonómico ha de reconducirse hacia una mera descentralización administrativa, y sólo limitadamente política, dentro de los moldes de una nación cuya homogeneidad política e institucional básica no ha de ponerse en duda; y cuyos valores tradicionales y culturales no sólo se encontrarían amenazados por los particularismos etnoterritoriales, sino también por la irrupción, en los últimos tiempos, de poblaciones extrañas a la idiosincrasia hispánica, así como por las excesivas cesiones a instancias supranacionales europeas. Aunque este concepto, en su formulación explícita, sea minoritario en el espectro político actual, no deja de asomar la oreja de manera insistente en medios de opinión cercanos a la derecha conservadora actual.
2) España como una nación etnocívica, con fundamento sobre todo en la historia remota desde al menos el momento de la unidad política peninsular a fines de la Edad Media, pero también en la posesión del idioma castellano como marcador cultural más importante y característico de la identidad nacional. Esta concepción de qué es España se enorgullece en principio de la propia diversidad cultural de la nación, pero en lugar siempre subordinado -abierta o implícitamente- y sin establecer claramente cuáles son los límites del reconocimiento político e institucional de esa diversidad; y que se identifica plenamente con los valores cívicos y principios democráticos recogidos en la Constitución de 1978, pero sin poner en discusión que la nación española existe con anterioridad al acto constituyente, como entidad cultural e históricamente predeterminada que fijaba el demos de la comunidad política. A partir de esta asunción básica, existen variantes significativas a izquierda y derecha del espectro político.
Algunos sectores, intelectuales y líderes políticos han adoptado dentro de este ámbito el concepto de patriotismo constitucional, importado como es bien sabido a principios de la década de 1990 por sectores socialdemócratas a partir de la elaboración teórica pensada para el caso alemán por Rudolf Sternberger y por Jürgen Habermas. Pero que pecó en el caso español de algunas limitaciones teóricas que dificultaron su aceptación por parte del conjunto del espectro políticopartidario y de los nacionalismos subestatales. Esas limitaciones consistirían, básicamente, en que: a) su adaptación se ciñe a pregonar una identificación no con los valores encarnados en la Carta Magna, sino con la literalidad del modelo territorial de Estado definido por ella; b) no incluye en todas sus versiones, como en el modelo habermasiano, una radical revisión crítica del pasado, muy particular en la acepción que el conservadurismo español ha adoptado del patriotismo constitucional desde 2003; y c) parte de la base de que el demos que define el cuerpo político regulado por la Carta Magna está precondicionado de modo objetivo por la existencia de un pasado histórico y la posesión de unos rasgos culturales compartidos. Por lo tanto, la discusión gira alrededor de la patria que es sujeto y demos de la Constitución; y sería vano el intento de poner el énfasis en lo constitucional y sus valores cívicos asociados (que, pongamos por caso, también se podrían aplicar a otra patria alternativa: vasca, catalana, gallega, etcétera) si falta un fermento de cohesión afectiva que no ponga en discusión el ámbito de soberanía donde se ejercerán esos valores cívicos.