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Cuadernos de Alzate 36 Cuadernos de Alzate

Intelectuales vascos de la posguerra

por Teresa Echenique Elizondo
Cuadernos de Alzate nº 36, Primer semestre 2007

Número de páginas: 6
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Es autor de afirmaciones en las que se transparenta su concepción del mundo: "Como principio básico, yo sentaría una afirmación tajante: todas las lenguas, en principio, son equivalentes: no las hay, por naturaleza, ni mejores ni peores, ni más altas ni más bajas...La razón de esta radical igualdad de todas las lenguas, de su valor equivalente, está en que cualquiera de ellas es un sistema que, siendo en cierto modo cerrado, puede apropiarse y asimilar, de una u otra manera, si sus hablantes lo desean o lo necesitan, cuanto se ha dicho o se puede decir en otra lengua" [ 43 ] . Consideraba, además, que los saberes específicos no constituyen campos cerrados sobre sí mismos, sino que, en el universo del saber humano, "el centro está en todas partes (esto es, en cualquier parte) y cualquier centro puede servir como punto de partida en un espacio sin límites" [ 44 ] .
La asociación que entre pensamiento y filología adquiere tintes y matices muy diferentes en unas épocas y otras, en unos u otros autores, durante la posguerra y en la segunda mitad del siglo XX, es, a mi juicio, ejemplar en un autor como Michelena. Citaré uno de sus, a mi juicio, párrafos más señeros: "Yo veo las culturas en una relación de conjunto más amplio a conjunto más reducido: desde el punto de vista cultural, uno, además de ser vasco, por ejemplo, es muchas otras cosas. En el límite, allí donde el concepto de cultura como conjunto de diferencias se anula a sí mismo, uno es finalmente hombre, es decir, ser cultural en general. La cultura se ha reducido a su base común, esencial, donde ya no se hace acepción de personas, de judíos o paganos, de raza o color: a la aventura, trágica y gloriosa a la vez, de nuestra especie" [ 45 ] .
Como intelectual era heterodoxo, lo cual le permitió discrepar de consignas partidistas en ocasiones señaladas, como cuando votó a favor de la Constitución en 1978, contraviniendo incluso la llamada de su todavía partido (después abandonaría el PNV como señal de oposición al relevo de Carlos Garaikoetxea, en solidaridad con él y con otros vinculados a él).Tras su muerte en 1987 el nacionalismo vasco se vio privado de su freno ideológico más moderado y razonable; algunos dirigentes nacionalistas se sintieron libres de su incómoda discrepancia y probablemente su muerte acentuó planteamientos de índole muy distinta, lo que constituyó, según mi sentir, una pérdida para el entendimiento abierto de la convivencia plural (no sólo en lo lingüístico) de la sociedad vasca.
Final
Responder a las circunstancias de manera orteguianamente "circunstancial" es lo que hace al intelectual y por ello cabe calificar de intelectuales vascos a José de Arteche, Julio Caro o Luis Michelena.
Hay que tener en cuenta que, tras la guerra, al quedar muy limitada en España la posibilidad de expansión intelectual hacia Europa (con las individualidades conocidas, que son fruto del esforzado trabajo personal en un clima de aislamiento institucional y personal), se creó una situación de cierre sobre la sociedad española con el correspondiente análisis centrado y autoalimentado sobre sí mismo en forma continuada; y, posiblemente, esta situación se dio con más intensidad en el País Vasco por la existencia de una cierta conciencia política de la población en general, que se concretaba en la expectación creada en fechas señaladas ante la aparición ritual y arriesgada de ikurriñas, o hechos semejantes que permitían contemplar desde la niñez gestos de oposición, oficialmente compartidos, a la oficialidad reinante. Cosa distinta fue el mundo del exilio, que se configuró sobre las ideas románticas en torno a la realidad rural y a cierto localismo folclórico que debía ser contemplado con gran nostalgia desde la lejanía.
De las tres figuras de intelectuales vascos que he elegido apenas conocí a Arteche, tuve ocasión de mantener mayor trato personal (vinculado siempre a contextos académicos) con Caro Baroja. Con Michelena, en cambio, tuve la fortuna de tratar profusamente desde 1981 hasta su muerte en 1987; se trata de una figura que se agiganta ante nuestros ojos conforme va pasando el tiempo, por la forma en que fue capaz de superar sus penosas circunstancias vitales, por su legado escrito y también por su personalidad científica. Al releer sus páginas encontramos gran dosis de autenticidad en ellas, acrecentada en su posterioridad inmediata hasta haber quedado transformado ya en nuestros días en un autor clásico. Porque estos son los intelectuales vascos de la posguerra de los que he querido hablar; aquellos que, en la distancia, se han convertido en clásicos según una fórmula que sólo el paso del tiempo y la perspectiva lejana permiten medir y rescatar como tales.
Se puede decir que hasta fines del siglo XIX el universo vasco y el castellano-español habían convivido en espacio geográficamente vasco sin tensión social, cuestión sobre la que Juan Pablo Fusi ha escrito páginas de hondo calado. Tras los avatares del siglo XX, que ya nadie puede modificar (si acaso, tan sólo nos es dado modificar su interpretación), y a la vista del legado de intelectuales vascos como Arteche, Caro Baroja o Michelena, quizá podamos mirar al futuro imaginando una andadura, respetuosa al menos, mejor si, además, fuera integradora, de ambos mundos.
Número de páginas: 6
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NOTAS
  • [ 43 ]

    Lengua e historia, pág. 152.

  • [ 44 ]

    Lengua e historia, pág. 154.

  • [ 45 ]

    Lengua e historia, pág. 146.


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