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Cuadernos de Alzate 36 Cuadernos de Alzate

Intelectuales vascos de la posguerra

por Teresa Echenique Elizondo
Cuadernos de Alzate nº 36, Primer semestre 2007

Número de páginas: 6
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Si en lo años 1940-50 se produce el desplazamiento del eje creativo de Bilbao a San Sebastián, para una época posterior dice Patxo Unzueta, en el epílogo a El Chimbo expiatorio [ 23 ] , que "la base social del radicalismo que está en trance de reinventar el nacionalismo" (o sea, ETA), predominantemente bilbaina en los sesenta, pasa a ser guipuzcoana, con el Gohierri como núcleo, en la década siguiente". Nuevo paso de Bizcaia a Gipuzkoa, pero con un matiz que es necesario subrayar: en Guipúzcoa no hay que inventar la lengua vasca, ni el mundo rural, como tuvo que hacer Sabino Arana y recuerda Juaristi, porque en Guipúzcoa el vasco, lo vasco, ha estado siempre ahí, con el euskera culto y el rural vivos (yo lo he conocido y vivido bien en mi infancia), con la excepción, relativa, de San Sebastián y ciertos núcleos de población en época veraniega, aunque solo superficialmente; y lo mismo sucede en una parte de Navarra. Lo dijo Caro Baroja: "Y, sin embargo, el vasco sigue ahí con su lengua, con sus peculiaridades de carácter, con sus enigmáticas sorpresas" [ 24 ] , subrayando que la conservación de su lengua es lo más peculiar del vasco [ 25 ] . Es cierto que Vizcaya y Guipúzcoa atraían contingentes selectos de veraneantes a sus costas, entre los que se contaba gran parte de la capa aristocrática; la cercanía de la no menos selecta costa francesa, con su casino (no olvidemos que el juego no estaba permitido entonces en el lado español), convertía a San Sebastián, donde por añadidura Franco pasaba el verano (en los últimos años sólo el mes de agosto), en lugar de encuentro cultural: teatro, música, cine, etc. Esta circunstancia creaba una doble faz de gran contraste: en verano la población se multiplicaba y lo vasco quedaba desbordado por la realidad numérica, sin que faltaran por ello manifestaciones de tinte popular euskérico muy apreciadas por los propios veraneantes; probablemente una población como Zarauz encierra muchas de las claves del pasado que explican circunstancias posteriores [ 26 ] . Ahora bien, en invierno se volvía a la situación más recoleta y propia de la época, y durante nueve meses la vida ciudadana volvía a verse impregnada de localismo, tanto en la capital como en las poblaciones costeras, con los matices propios de cada lugar, eso sí.
José de Arteche Aramburu (Azpeitia 1906-San Sebastián 1962)
En este vaivén se desarrolló la vida y obra de José de Arteche. Hasta hace apenas un año, el nombre de una de las figuras más sobresalientes de las letras vascas del siglo XX tenía escasa resonancia; pero, con motivo del centenario de su nacimiento en 2006, se han multiplicado los artículos (en euskera y castellano, dentro y también fuera del País Vasco) dedicados a su vida y obra [ 27 ] .
José de Arteche fue escritor prolífico de libros y publicaciones periódicas, a través de las cuales se puede seguir su trayectoria de hombre intelectualmente inquieto e interesado en las manifestaciones culturales de todo orden. Autodidacta, cultivó diferentes modos literarios, si bien todos ellos en prosa, y es evidente que Arteche fue un intelectual con vocación de erudito trabajador, de lo que da buena fe el epílogo que Santiago Aizarna ha puesto a la publicación de sus Obras escogidas [ 28 ] . Su circunstancia vital, sobre la que se ha hablado ya mucho en estos meses, que le produjo serios problemas y que, en fin de cuentas, se resume en una falta de control sobre su propio proyecto biográfico, fue acicate para la reflexión y la actividad literaria emanada de la necesidad de poner por escrito su amarga experiencia para, de este modo, ayudar a otros a comprender los beneficios de la concordia y a advertirnos a todos sobre la inutilidad de cualquier confrontación. Entre las circunstancias sociales que han colocado a José de Arteche en tan inesperada actualidad convendría destacar una por encima de todas las demás: su condición de escritor. Por fortuna para el mundo de la cultura, en el centenario de su nacimiento (2006) se ha recuperado la memoria histórica de un hombre de concordia y de un escritor de gran talla, a quien le unieron lazos de relación cordial con figuras como Ortega y Gasset o Marañón, ocasionalmente con Baroja o Unamuno.
Arteche responde al intelectual perfilado por Aranguren: el agente social que tiene como misión advertir de los peligros que nos acechan y señalar los caminos que deberíamos seguir [ 29 ] . Esta función moralizante es clarísima en el caso de Arteche, y la ejerció "con desesperada autenticidad,...sin reme dio, por inescrutable e inexorable decreto de Dios", como diría Ortega [ 30 ] .
José de Arteche es autor de obras autobiográficas que hoy revisten especial interés: El abrazo de los muertos (1970) (diario escrito durante la guerra, "deseo de paz ante una situación violenta", como ha escrito su biógrafo Antón Villanueva) y Un vasco en la posguerra. Diario 1939-1971 (1975), que el mismo Villanueva ha descrito como "lucha por la libertad de expresión". Ambos libros poseen una hondura vital de gran trascendencia, al tiempo que constituyen el exponente máximo de su condición de hombre de concordia, que le convierten en figura muy actual por su firme defensa de cualquier medida antes que el recurso a un enfrentamiento. Ambas obras, así como el Diario 1935-36 (de carácter más intimista), se han recogido en los dos tomos de sus Obras escogidas .
En la extensa arquitectura de permanente canto al País Vasco que es la obra artechiana, Gipuzkoa ocupa lugar preeminente. Muchas de sus páginas describen de manera emotiva las gentes sencillas del solar guipuzcoano, tan queridas para él y tan representativas de su obra; por otro lado, el sentimiento hondo de una tradición de la tierra que había generado frutos diametralmente opuestos, le condujo a escribir las biografías de paisanos ilustres: San Ignacio de Loyola, Elcano, Urdaneta o Legazpi frente a Lope de Aguirre, por otro (todas estas obras conocieron, por cierto, más de una edición en vida del autor, lo que habla por sí sólo del relieve intelectual que Arteche tuvo en su momento).
Según reflexión muy exacta de Santiago Aizarna [ 31 ] , José de Arteche se ha convertido en testigo fidedigno de una Guipúzcoa que ya no existe y ése es ahora su gran mérito: haber ido recogiendo con todo detalle, producto de enorme esfuerzo y tesón, la realidad por él vivida, realidad que ha sufrido una transformación profunda y radical en los últimos treinta años, por lo que su legado se ha convertido en testigo excepcional de su momento histórico.
Julio Caro Baroja: (Madrid 1914-Vera de Bidasoa 1995)
Número de páginas: 6
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NOTAS
  • [ 23 ]

    "La lengua del patriota", en Jon Juaristi, El chimbo expiatorio , Bilbao, El Tilo, 1994 (1ª edición), pág. 339.

  • [ 24 ]

    Julio Caro Baroja, prólogo a Vasconiana (De Historia y Etnología), Madrid, Minotauro, 1957 (²1974, San Sebastián, Txertoa), pág. 9.

  • [ 25 ]

    En Estudios Vascos , San Sebastián, Txertoa, 1973, pág. 8.

  • [ 26 ]

    He vivido en primera persona todos estos contrastes, sobre los cuales está aún casi todo por contar.

  • [ 27 ]

    V. Mª Teresa Echenique, "Arteche: un escritor recuperado", en Cuadernos de Alzate 2006, págs. 5-20.

  • [ 28 ]

    Zarauz, Itxaropena, 2006.

  • [ 29 ]

    José Luis L. Aranguren, Memorias y esperanzas españolas , Madrid, Taurus, 1969.

  • [ 30 ]

    José Ortega y Gasset, "El intelectual y el otro", en Prólogo para alemanes , Madrid, Revista de Occidente, 1974, pág. 130.

  • [ 31 ]

    Fueron sus palabras en la mesa redonda del Curso de verano que la Universidad del País Vasco dedicó a conmemorar el centenario del nacimiento de José de Arteche (junto al de Ignacio Mª Barriola) en agosto de 2006.


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