Ya 1964 viene marcado por publicación de
Harri eta Herri (Piedra y pueblo) de Gabriel Aresti (Bilbao 1933-Bilbao 1975), una de las figuras responsables del resurgimiento literario del vascuence junto a Jose Luis Alvarez Emparanza
Txillardegi , Federico Krutwig Sagredo y Jon Mirande, como ha recordado recientemente Jon Juaristi
[ 17 ] al hablar de otra figura de los años cincuenta, Alfonso Irigoyen, y recordar su asiduidad a la tertulia del bilbaíno café de La Concordia en los años sesenta, a la que concurrían el propio Aresti, San Juan y Blas de Otero, entre otros.
Harri eta Herri de Aresti refleja el impacto producido por la industrialización, con la consiguiente llegada de campesinos castellanos, andaluces y ext reme ños a las ciudades y villas vascas (Bilbao, Eibar, San Sebastián, Rentería...), la creación del cinturón de chabolas en la margen izquierda del Nervión, con la consiguiente radicalización de las posiciones de la pequeña burguesía nacionalista, fenómeno estudiado como nadie por Jon Juaristi, con sus luces y sombras; a partir de entonces el modelo ilustrado de los Caballeritos de Azcoitia pierde vigencia y pasa a un plano minoritario, aunque, de una forma u otra, siempre ha estado presente en la vida del país.
Se podría decir que el final del período denominado posguerra viene marcado, en el terreno del euskera, por la unificación de la lengua, con la aparición del batua o lengua común en 1970 (gestado por acuerdo de los diversos sectores e instituciones vascas en 1968), en la que culminan inquietudes y anhelos anteriores; a partir de ahí y, claro está, tras la muerte de Franco, se entra ya en una era distinta.
Sobre la noción de vasco
Seguramente las ideas de Humboldt, con el romanticismo subyacente, la concepción de la lengua como creación colectiva (obra del Espíritu del pueblo), la recuperación del pasado de los pueblos, etc., fueron determinantes para provocar el resurgimiento de las señas de identidad y la delimitación de la dualidad euskera-castellano presente por doquier en la vida vasca de posguerra. Se llegó a generalizar, de este modo, la idea de que la lengua determina en alguna medida una forma de entender el mundo y que, a dos idiomas diferentes que, por añadidura, tienen origen y tipología tan diversa, debían corresponder dos cosmovisiones bien diferenciadas
[ 18 ] . Las páginas de mayor relieve que se han escrito en al terreno de la Filología sobre esta cuestión florecieron en los años sesenta y setenta, fraguadas tras años de estudio y reflexión llenos de dificultad, de la pluma de Luis Michelena
[ 19 ] . A partir del siglo XX, en el espacio vasco hay dos mundos separados por la lengua (la aparición del nacionalismo aranista no es ajena a ello, claro está), separación que se agudiza con la guerra y sus consecuencias de sobra conocidas, y se radicaliza en la posguerra, dando lugar a actitudes diferentes, algunas más extremas que otras, todas las cuales se han acompañadas de argumentaciones sesudas. Hay que tener presente, no obstante, que, en el terreno de la cultura, la cimentación de la Filología Vasca actual no se hizo sobre la base de los trabajos de Sabino Arana Goiri y sus partidarios, sino sobre el sólido fundamento de otros filólogos como Resurrección Mª de Azkue, primer director de Euskaltaindia-Academia de la Lengua Vasca , Arturo Campión o Julio de Urquijo e Ibarra, además de la Lingüística y Filología más internacionales; del saber, en suma. Sobre esta base se sustenta, también, la monumental obra de Luis Michelena-Koldo Mitxelena.
En puntos concretos que afectan a la discusión más o menos nuclear sobre lo que se entiende por vasco, conviene recordar que la cuestión de la territorialidad del País Vasco antes de la transición no estaba del todo clara, ni mucho menos aparecen ya estereotipadas determinadas posturas que hoy admiten estrecho margen de discusión fuera de planteamientos rígidamente etiquetados. José Miguel de Azaola, bilbaíno del grupo Alea (que reunía a escritores como Esteban Urquiaga
Lauaxeta o Blas de Otero, como se ha apuntado más arriba) dice en 1973
[ 20 ] : "Y en cuanto a Navarra: esa provincia de fisonomía tan peculiar y de personalidad, sin disputa, tan vigorosa: desde ahora te adelanto, lector, mi opinión -que trataré de explicar con más detalle en páginas sucesivas-de que está llamada a conocer, unida a sus hermanas [Guipúzcoa, Álava y Vizcaya], un porvenir mucho más brillante y fecundo en el interior del conjunto vasco, que el que le espera si permanece separada de aquellas y fuera de este". Azaola no encuentra razones para no unir Navarra con Guipúzcoa, razones que serían más discutibles a la hora de articular un conjunto en el que Álava estuviera junto a Guipúzcoa, por ejemplo
[ 21 ] . Sin duda, y Azaola también alude lógicamente ello, aunque con ciertos matices, la existencia también en Navarra de la lengua vasca justifica considerarla, así mismo, "vasca". Otro tanto sucede en el caso de Julio Caro Baroja, cuya condición de intelectual vasco no se cuestiona, que incluye permanentemente a Navarra como parte del mundo cultural vasco. En fin de cuentas en Navarra se publica, desde 1967,
Fontes Linguae Vasconum , revista emblemática en su género.
La mención a Jorge de Oteiza (Orio 1908-San Sebastián 2003) como intelectual vasco está también justificada en el contexto descrito: artista con pretensiones intelectuales de altos vuelos, realmente tuvo una vida espléndida en experiencia y en contrastes. Ahora, su recuerdo se ve ilustrado por la aparición del libro de Pilar Muñoa
Oteiza. La vida como experimento [ 22 ] , que es, al hilo de la biografía de Oteiza (1908-2003), un recorrido por la situación cultural del País Vasco, de España entera, así como también de parte de América (aunque en menor grado) especialmente en la posguerra. Bajo la discusión de qué es arte vasco resurge el problema de lo que se entiende o debe de ser entendido por "vasco". En Oteiza, que afirmó haber sabido lo que es ser vasco después de haber salido del país, se pueden rastrear, asegura Pilar Munoa, los ecos de doce lecciones impartidas por Ortega en la Cátedra Valdecilla de la Universidad Central en 1933 con el título "En torno a Galileo". Con Ortega precisamente, y con Zubiri, surge una filosofía pensada en castellano, que echó hondas raíces en los intelectuales de la posguerra.