Intelectual y vasco en la posguerra
La delimitación del concepto de
intelectual, seguido del adjetivo
vasco y unido a la dificultad -menor- de dibujar contornos precisos al período denominado
posguerra crea un contexto de brumosidad e incertidumbre. Renunciando a justificaciones preliminares y asumiendo la dosis de subjetividad que pueda haber en la elección de determinadas figuras de la posguerra relacionadas con el ámbito vasco, me aferro a las palabras que dedica Steiner a la tarea de reconstrucción del filólogo-historiador: "En ausencia de la interpretación...no habría cultura; sólo un silencio sin eco a nuestras espaldas"
[ 1 ] . Con esta premisa se puede dar vida a esa parcela todavía cercana del pasado, sin olvidar que la reconstrucción se hace desde el presente y que toda reconstrucción es siempre parcial por lo que tiene de elección de determinados hechos, y eliminación de otros, por quien la lleva a cabo.
Hablar de "los intelectuales que han sido" en una etapa concreta de nuestro pasado, de su papel en la posguerra, no tanto de su compromiso o responsabilidad en aquel momento histórico, es tarea aún por hacer en su práctica totalidad, para algunos espacios geográficos vascos más que para otros (y seguramente su exposición se va a resentir de ello), por lo que se presenta aquí un conjunto de ideas que necesitan aún de cierto reposo y mucha reflexión. No es necesario compartir plenamente la afirmación de Norberto Bobbio según la cual quien habla de los intelectuales se convierte, al menos ocasionalmente, en intelectual
[ 2 ] , para intentar soslayar la impronta subjetiva que ese cierto desdoblamiento transitorio de la personalidad provoca y que, en realidad, late al fondo de la afirmación de Ignacio Sotelo según la cual el concepto de intelectual es "equívoco donde los haya, cargado de las más distintas emociones"
[ 3 ] . Las pautas que guían los contornos de la identidad de este discurso consigo mismo se circunscriben, en todo caso, a intelectuales vinculados a un legado intelectual y, más concretamente, a quienes han dejado una obra escrita, ya sea histórica, filológica o literaria (en sentido amplio); entre otras cosas porque sí concuerdo con Bobbio en considerar la actividad de escribir como una de las funciones principales del intelectual, uno de los motivos que suscita la atención sobre su origen y destino, sobre su vida, muerte y milagros, aunque no deja de ser cierto que, en una concepción razonablemente amplia de "intelectual", entran artistas, poetas, novelistas y, en definitiva, todos cuantos nos han dejado un legado escrito sobre su propia concepción del mundo y la realidad vivida. En el caso del intelectual vasco, se da, además, algún tipo de vínculo entre ese legado y la realidad vasca. Sea como fuere, todo cuanto sigue ha sido seleccionado por alguna razón de peso, además de estar muy meditado, lo parezca o no.
Claro que sobrecoge la afirmación de Carmen Baroja y Nessi: "Quien ha vivido entre artistas, hombres de letras, etcétera, sabe la poquísima cordialidad que reina entre ellos, y la falta absoluta de amistad. Es cosa rarísima encontrar dos buenos amigos literatos; el caso de Pío y Azorín es rarísimo. Generalmente, no se pueden resistir y en general no se estiman ni como escritores ni como personas"
[ 4 ] . A este duro juicio conviene apostillar, en todo caso, que la propia Carmen Baroja, admirable mujer, más aún en la adversidad, tiene juicios implacables sobre personas de su propia familia Baroja (no digamos sobre las de otras), por lo que quizá haya que atribuir a sus palabras un alcance menos dramático del que parecen tener a primera vista.
Sobre posguerra
Decía otro Baroja, Pío en este caso, en un artículo publicado en
La Nación de Buenos Aires: "Casi siempre sucede que al pasar una época y verla ya con una perspectiva lejana es cuando se le comienza a encontrar algún carácter"
[ 5 ] ; es lo que va sucediendo al contemplar la posguerra desde la actualidad, denominación que, en sí, es como un magma informe, pues denota el
tiempo posterior al de un desastre, la Guerra Civil , que, en palabras de mi maestro Rafael Lapesa, "cayó sobre toda España como un hachazo". Y si nos preguntamos por el final concreto de ese tiempo posterior, de esa "unidad temporal inteligible"
[ 6 ] que se desestructura sin marcar contornos precisos en su denominación, veremos que, en general, se ajusta al período comprendido entre 1936-1975, si bien conforme se avanza hacia la década de los sesenta, y más aún los setenta, la propia noción de posguerra se va difuminando.
Dos años antes del desastre civil habían tenido lugar en suelo vasco ciertos signos de apertura a corrientes de vanguardia, como la publicación en Vitoria de la revista
5 Cinco , en cuyo segundo número Manuel Garaizabal reclamaba para el pensamiento "su derecho irrefutable a la paranoia"
[ 7 ] , al tiempo que Jorge de Oteiza, Manuel Lekuona, Joseba Rezola celebraban reuniones buscando el modo de contribuir al renacimiento cultural de Euskadi; ciertos enfrentamientos más o menos amistosos entre Oteiza y
Aitzol sobre el modo de tratar "lo vasco" adquieren en la distancia tintes trascendentes. También en 1934
Gu , asociación gastronómico-cultural, sirvió de plataforma a ilustres y muy diversos visitantes de paso por San Sebastián: Picasso, Giménez Caballero, Max Aub o García Lorca, la huella de alguno de los cuales resulta visible en poetas vascos.
Durante la contienda tienen cabida en el País Vasco determinados episodios ligados a nombres concretos. Es el caso de Aitzol , José de Ariztimuño (sacerdote, fusilado por los sublevados en 1936), amigo muy estrecho de José de Arteche, que terminaría haciendo la guerra en el bando nacional, y de José María Benegas Echeverría, que tendría que exiliarse. Inspirador de certámenes poéticos en euskera, en uno de los cuales se dio a conocer Gabriel Aresti, José de Ariztimuño buscaba, en su función de mentor de poetas jóvenes, explorar nuevos caminos en la poesía; así se creó en Guipúzcoa la Asociación cultural Euskaltzaleak , impulsora del Renacimiento Vasco o Euskal Pizkundea , movimiento paralelo a los vividos en otros puntos peninsulares, como el Rexurdimento gallego o a la Renaixença catalana . A Aitzol le unían también fuertes lazos con Esteban Urquiaga Lauaxeta , traductor de Lorca al euskera, fusilado a su vez en 1937, uno de los miembros del grupo bilbaíno Alea que, encabezado por José Miguel de Azaola, estaba formado entre otros por Pablo Bilbao Arístegui o Blas de Otero.
Poco después de la guerra, en mayo de 1939 (ya bajo el régimen de Franco), se celebraron en Vitoria y Bilbao sendas Exposiciones artísticas: una de arte sacro en el palacio de Villasuso de Vitoria, organizada por la Dirección General de Bellas Artes, cuyo Jefe Nacional era Eugenio D'Ors, y otra de pintura, escultura y arte decorativo en el bilbaíno hotel Carlton, edificio que había sido sede del Goberno de Euskadi desde octubre de 1936 hasta la caída de Bilbao en agosto de 1937, con el patrocinio del Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Vizcaya. Sentencia Pilar Muñoa, de donde proceden los datos: "El contenido y los lugares en que se celebraban ambas exposiciones no dejan lugar a dudas acerca de sus intenciones: se trataba de dar una lección y contestar los efectos del pabellón español de la República en la Exposición Universal de París de 1937"
[ 8 ] .