«Pasados veinticinco años de vida constitucional el lenguaje de la democracia comienza a cuartearse: no es ya el lenguaje de la transición. Palabras como tolerancia, respeto, diálogo, acuerdo, y concordia parecen haber perdido su brillo y su uso. Por lo que se refiere al término consenso, este no tiene el predicamento que tuvo en su momento. Europa no es término que suscite las mismas emociones que hace veinticinco años. La autonomía se ve asaltada por la autodeterminación. Al mismo tiempo, el discurso político revela las fisuras que se abren entre aquellas fuerzas que elaboraron o mantienen la Constitución: lejos de hablarse con respeto y mantener abiertos los canales de diálogo cuando están en juego graves cuestiones institucionales se recurre con frecuencia a la descalificación y al insulto. Reaparece como adjetivo (descalificativo, por supuesto) el término de comunistas, se unen socialismo y corrupción, el conservador se convierte fácilmente en fascista, la Constitución empieza a no ser punto de encuentro sino línea divisoria entre unos y otros, se vuelve a adjetivar y patrimonializar el término España y las diferencias legítimas entre partidos del arco constitucional se demonizan y convierten en traiciones. De poco sirve que las empresas de imagen cuiden el vestido, la sonrisa y la dicción de los personajes públicos: las palabras no mienten y a veces terminan por desvelar toda la carga de intolerancia que algunos parecen llevar muy dentro. No debía andar muy descaminado Aristóteles cuando aseguraba que cada uno habla y obra tal como es y de esta manera vive.»Pero no podemos consolarnos pensando que allá cada uno con su vida y con su lengua porque las palabras cobran valor político si penetran en el lenguaje habitual de los ciudadanos. Si, como ocurrió en la etapa constituyente, se usa el lenguaje de la democracia, las palabras mismas trabajan a favor del fortalecimiento de los valores constitucionales. Pero, si son palabras que reflejan intolerancia o rencor, se corre el riesgo de que actúen como pequeñas dosis de arsénico que, tomadas a diario, nos intoxiquen sin que nos demos cuenta. Y entonces podríamos terminar todos viviendo como algunos hablan. Por eso importa tanto mantener y cuidar el lenguaje de la democracia».
Las vuelvo a repetir un par de años más tarde. Pero ahora, más preocupado.