Las circunstancias de la tolerancia y del respeto son distintas: Tal vez la primera y gran diferencia es que para que podamos hablar de tolerancia ante un determinado comportamiento, este tiene que provocarnos una primera reacción: la tendencia a rechazarlo; a prohibirlo. Pero en el respeto, la inicial reacción ante una opinión o un comportamiento no es de repulsión sino de interés, de curiosidad. Para respetar una posición o comportamiento, pues, no tenemos que estar de acuerdo con el mismo: basta con comprender que refleja un punto de vista moral diferente, que puede tener sus razones atendibles y que esta diferencia nos ofrece la oportunidad de aprender escuchando al otro y así depurar nuestra propia posición. A esta apertura al otro, a la búsqueda de la comprensión del diferente es a lo que llama Thiebaut tolerancia positiva y que llamo respeto.
Pues bien, dos son los hechos que hasta ahora han puesto a prueba -y la pondrán cada vez con mayor fuerza- el grado de extensión y consolidación de los valores de la tolerancia y el respeto. Me refiero al problema del nacionalismo y al problema de la inmigración. Hasta ahora, y salvando situaciones excepcionales, la tolerancia y el respeto han salido bastante bien librados de la prueba. No estoy seguro que esta apertura al otro no pueda cambiar en el futuro.
DEL RESPETO A LA AMISTAD CÍVICA
Pluralismo, tolerancia y respeto son, a su vez, fundamento de otro valor cívico que algunos llamaron el valor de la concordia.
Los españoles de la transición habíamos decidido enterrar la política entendida como tensión entre el amigo y el enemigo -de la que habló Carl Schmitt- y comenzamos a verla como el espacio público donde confrontar proyectos diferentes; una confrontación que tenía que permitir implantar un estado de concordia cívica entre los españoles, lo que se ha dado en llamar también la amistad cívica.
Fue Aristóteles el primero que yo conozca que concibió la concordia entre ciudadanos como una de las formas que reviste la amistad que él definía como «benevolencia recíproca»: «La concordia -había escrito Aristóteles en la Ética a Nicómaco , IX, 6- parece que participa de la amistad; por lo que no es coincidencia de opiniones (...). Ni se dice que tengan concordia aquellos que tienen un mismo parecer sobre cualquier asunto. En cambio, se dice que los Estados tienen concordia cuando tienen un mismo juicio sobre lo que les conviene y eligen las mismas cosas y ejecutan las que han sido decididas en común (...). Parece evidente, por tanto, que la concordia es una amistad cívica tal como se suele aplicar el término, pues atañe a las cosas que convienen y a las que afectan a la vida». La concordia es, así, la amistad aplicada al orden social por eso, en otro pasaje, asegura que «La amistad es el bien más grande para las ciudades, porque las preserva de la discordia interna» (Aristóteles, Política, 1262b 7-9, Ética a Nicómaco, 1152ª 22-23).
Pluralismo, tolerancia y respeto, como bases de la concordia o la amistad cívica, constituyen una parte del entramado de valores, de la infraestructura moral que requiere el florecimiento de una democracia, junto a la mejor arquitectura de órganos y procedimientos legales. Si la virtud es, según Montesquieu, el principio de la democracia, ésta requiere para su supervivencia practicar aquéllas. Ninguna virtud es natural: «las cosas que es necesario haber aprendido para hacerlas, las aprendemos haciéndolas» (Aristóteles, Etica a Nicómaco , II, 1). Por eso la democracia nunca está terminada y siempre se la puede y se la debe perfeccionar. Y por eso las democracias nacen, viven, florecen... pero también se deterioran. E incluso mueren.
EL PRESTIGIO DE NUESTROS GOBERNANTES
Especial relevancia tiene en el florecimiento de la democracia el comportamiento de los gobernantes. Si es bien cierto que es imposible un buen gobierno «dondequiera que la disposición general del pueblo sea tal que cada individuo atienda únicamente a sus intereses personales y no se cuide o abandone los generales» (J. S. Mill, Del Gobierno representativo , Tecnos, 2ª ed., 1994, pág. 21), los gobernantes tienen una especial responsabilidad en mantener la dignidad del sistema. Y si bien es cierto que en términos generales la clase política en España es fundamentalmente honesta y atenta al servicio público, no menos cierto es que la percepción que de la misma tienen los ciudadanos es manifiestamente mejorable.
Nuestra confianza en la democracia participativa se está derrumbando. Pero incluso nuestra confianza en la democracia representativa puede comenzar a debilitarse si se sigue debilitando la confianza en los partidos políticos. El último informe de Transparencia Internacional al que se referían hace cuatro días los medios de comunicación ( El País , 10 de diciembre de 2005) pone de relieve cómo los ciudadanos ven a los partidos políticos como «las entidades más corruptas». Cuando en 1978 se aprobó la Constitución, no nos dábamos cuenta suficientemente que la democracia exige un cuidado especial, un compromiso especialmente fuerte de los gobernantes en la tarea de pedagogía social que corresponde a los políticos. Porque como dijera Montesquieu «La corrupción de todos los Gobiernos comienza casi siempre por la de sus príncipes» ( Espíritu de las leyes , VIII.1).
EL LENGUAJE DE LA DEMOCRACIA
¿Cuidamos suficientemente en España aquel ethos , aquella infraestructura moral que precisa el mantenimiento de la democracia? John Stuart Mill: que esté decidido a hacer todo lo necesario para mantenerla. Hace dos años, en esta Universidad y en esta misma aula, me invitaron a clausurar un curso sobre el futuro de la Constitución. Terminé mi conferencia sobre «El lenguaje de la Constitución» con las mismas palabras con las que quiero cerrar hoy esta mi contribución de homenaje a Ramón Rubial: