Montesquieu insistía en la importancia que el espíritu cívico tiene en una democracia. Cada forma de gobierno -democracia, monarquía y despotismo- tiene su punto normativo de referencia. Lo mismo que el temor es consustancial con el despotismo y el honor con la monarquía, la virtud es el principio de la democracia (Montesquieu, El Espíritu de las Leyes , libro III, 3, pág. 536). Pero esta virtud, este espíritu cívico no se decreta en la Constitución o en las leyes. Eso se consigue a través del ejemplo de los dirigentes y de la educación cívica. Y eso requiere su tiempo. La democracia es una asignatura difícil y aprender democracia -tanto gobernantes como los ciudadanos - es lo que, en buena parte, hemos estado haciendo en España en estos últimos treinta años. Y puesto que la democracia, a su vez, moraliza la vida pública, la sociedad española ha ido elevando, refinando, los estándares de moralidad cívica que, hoy son más exigentes por ello con sus dirigentes que hace treinta años.
Creo que no se suele señalar suficientemente ese carácter de fieri y no de factum , de proceso y no de resultado de la democracia. Y si tomáramos conciencia de que la democracia es, también, un estilo de vida pública, tal vez seríamos más prudentes a la hora de tratar los asuntos públicos y cultivaríamos con especial esmero valores como los de consenso, pluralismo, tolerancia y respeto porque han sido parte imprescindible de aquella infraestructura que precisa nuestra democracia. De estos valores -consenso, pluralismo, tolerancia y respeto- me propongo decirles algunas palabras.
EL CONSENSO COMO UN ESTILO DE HACER POLÍTICA
Hubo un término que expresó diáfanamente lo que España llevaba dentro: fue el término consenso . Es la palabra que simbolizó toda una época; que dio el tono de un momento histórico; la que mejor explica lo que pasó en España en aquellos años. Es el término que sirvió como el ancla sagrada de los griegos; el término fundamental de la lengua de la España constitucional.
La noción de consenso aparece en las ciencias sociales, sobre todo de orientación funcionalista, como paradigma de identificación del ciudadano con el sistema político. Sin embargo, en el lenguaje constitucional de España el término adquirió un significado algo diferente que se refiere, no ya al vínculo que une al ciudadano con un sistema político, sino al espíritu que rodeó la elaboración y desarrollo del texto constitucional. Este término pasó del lenguaje de los sociólogos al lenguaje de los políticos y con un nuevo salto se introdujo en el lenguaje ordinario para definir una forma nueva de entender las relaciones (tanto políticas como sociales) de los españoles. Por consenso había no sólo que elaborar el texto constitucional o los Estatutos sino también resolver todos los conflictos en cualquier sede; desde el Parlamento hasta la comunidad de vecinos. Así es como el término consenso, al introducirse en los usos lingüísticos de los españoles, terminó por ser el mejor símbolo de toda una época; un estilo de hacer política. E incluso de entender la convivencia ciudadana.
PLURALISMO Y TOLERANCIA
Pero el consenso, entendido como una forma determinada de hacer política en la que se abandona la idea de la política que teorizara Carl Schmitt como tensión entre enemigos para convertirla en confrontación entre adversarios, implica la aceptación y consolidación en la conciencia cívica de algunos valores cívicos especialmente capitales como es, en primer término, el valor del pluralismo.
Díme que no, para que seamos dos , gustaba decir Montaigne. El pluralismo implica la visibilidad de los demás y su reconocimiento como interlocutores sociales. Sin el reconocimiento de los demás, de los otros, no es posible hablar de consenso. Martin Buber y Lévinas han escrito maravillosas páginas a propósito del Otro como elemento constitutivo de la identidad de los seres humanos hasta el punto de proponernos la construcción de una ética a partir del Rostro del Otro. Yo creo que fue entonces cuando los españoles nos miramos unos a otros al Rostro y nos reconocimos no como objetos, medios o utensilios sino como auténticos sujetos. Y sin esa visibilidad del Otro, seguida de su reconocimiento no podemos hablar de pluralismo.
Pero el consenso, al propio tiempo que aceptar como punto de partida el pluralismo, exige la consolidación de otro valor importante como es el de la tolerancia. Dudo que en el siglo XX haya habido una época en la historia de España donde la tolerancia haya tenido mayor asiento que en estos treinta años de vida constitucional. La tolerancia, ya se sabe, consiste en no prohibir lo que no nos gusta y podríamos prohibir. De aquella España que no sólo era una en su organización política sino en la que la unicidad campeaba en las ideas, las costumbres, las prácticas, la religión y hasta el color, hemos pasado a una España que no sólo es plural sino tolerante con las otras ideas, costumbres, prácticas, religiones o colores. Si el tolerante es el que sabe poner entre paréntesis las diferencias, no hay duda de que los españoles mayoritariamente -y muchas veces para poder mantener el consenso- en estos treinta años hemos aprendido a poner los paréntesis.
Estos valores de pluralismo y tolerancia han arraigado especialmente entre los jóvenes que, por otra parte, comienzan a hacerse cargo de la dirección del país. Estos cambios de mentalidad colectiva, que se reflejan en la asunción de nuevos valores y pautas de comportamiento, se pueden observar con especial nitidez en la población juvenil como pone de relieve la última encuesta del CIS de marzo de 2005. Lo que en la transición se consideraba mayoritariamente como conducta y prácticas «desviantes» hoy están plenamente asumidas por los jóvenes: a) La eventualidad de que un amigo íntimo se declarara homosexual es aceptada con normalidad por el 83% de los jóvenes, frente al 3% para quienes esa condición sexual podría llevar a la ruptura de la amistad; b) La unión matrimonial entre personas del mismo sexo es aceptada por el 75,5% de los jóvenes; c) El 61,5% entiende que corresponde sólo a la mujer tomar la decisión de interrumpir su embarazo; d) El 75% se muestra favorable a la idea de «ayudar a morir a un enfermo incurable que lo solicitara, frente al 13% que condena estas prácticas.
En la década de los setenta tales comportamientos y valores eran mayoritariamente estigmatizados y rechazados. Y mi única duda, en esta sociedad de mercado tan absorbente, es que a veces lo que llamamos tolerancia no sea sino indiferencia. Que es distinto; pero esa es otra cuestión que nos llevaría muy lejos.
DE LA TOLERANCIA AL RESPETO
Claro que sigue faltando hoy en día algo que ya Fernando de los Ríos proclamaba que era la asignatura pendiente en España: el respeto; la única revolución que precisaba y sigue precisando nuestro país. Si la tolerancia es, como creo, una regla prudencial o, como máximo, una virtud menor, una virtud mínima, de segundo orden, como ha puesto de relieve Ernesto Garzón, mayor relevancia moral tiene otra actitud ante el diferente como es la del respeto que, a veces, confundimos con la misma tolerancia. No en vano, frecuentemente, las unimos en nuestro lenguaje ordinario con una simple partícula copulativa; como si fuesen sinónimos la tolerancia y el respeto. Pero son diferentes; son actitudes que tienen una extensión y una intensidad diferente.