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Cuadernos de Alzate 34 Cuadernos de Alzate

Los vascos en el tiempo de la nación

por Fernando Molina Aparicio
Cuadernos de Alzate nº 34, primer semestre 2006

Número de páginas: 8
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Bien es cierto, sin embargo, que no pudo resultar del todo inocuo el que los vascos hubiesen sido colocados en el espacio público, durante unos años cruciales, en categorías de oposición a la nación española, fuertemente saturadas de criterios separadores de signo étnico. Pero el grado con que este discurso nacionalista pudo afectar el imaginario cultural de las élites vascas es difícil de calibrar desde baremos sociales. Me resulta muy arriesgado poner en relación el debate patriótico sobre los fueros y sus extremos culturales e identitarios con el surgimiento del nacionalismo vasco una década después. Menos difícil me resulta, en cambio, afirmar que el surgimiento de éste sí tuvo más relación con la escasa voluntad del Estado reordenado en 1876 por fomentar una política nacionalizadora de signo ciudadano como la que había demandado el grueso del antifuerismo y que fue la practicada por los Estados europeos del entorno.
Y es que en la identidad vasca el referente de España siguió jugando un papel fundamental una vez se superó la polémica foral, fuera cual fuese su condición, tradicionalista o liberal. El fuerismo siguió siendo un discurso de patriotismo múltiple que representaba, en último término, una variante regionalista de nacionalismo español. «No hay, pues, ni debe haber antagonismo ni contradicción de ninguna clase entre la condición de vascongado, que por el hecho de serlo bueno, tiene que ser necesariamente buen español, ni entre la de español, que por el solo hecho de serlo bueno, tiene que ser a la vez buen vascongado y amante de cuantos derechos les correspondan al país vasco navarro», decía el integrista Liborio de Ramery respondiendo a las acusaciones de antipatriotismo vertidas contra su país. Y en mayo de 1876, en plena tormenta antifuerista, el periódico liberal fuerista La Paz, había contestado a un colega madrileño que le había preguntado si eran vascos o españoles: «Somos ambas cosas, porque no sentimos menos orgullo con el uno que con el otro título; somos ambas cosas, porque no son incompatibles ni antitéticas, sino todo lo contrario; somos ambas cosas porque las glorias de nuestras provincias van unidas con indisoluble lazo a las glorias de España, y porque tenemos títulos para llamarnos tan buenos españoles como los que en otras comarcas de la nación han nacido».
El fenómeno histórico de la abolición de los fueros vascos demuestra que el nacionalismo constituye un hecho cultural cuyo éxito proviene de su capacidad para aglutinar múltiples herencias, lealtades e identidades dotándolas de un significado político y un sentido movilizador. Las identidades étnicas o nacionales, y el nacionalismo que las asocia o crea, regionalista o centralista, de Estado o de búsqueda de éste, son culturas que, igual que son construidas, pueden ser deconstruidas. Por debajo de la emoción y del sentimiento que expresan figura una red de imágenes, signos, símbolos, ideas políticas y estereotipos, bañadas de prejuicios sobre la comunidad propia y la ajena. Esa anatomía de toda identidad colectiva puede ser despiezada y releída según claves políticas y culturales. Así lo defiendo en un libro, del que este artículo es resumen, recientemente publicado por el Centro de Estudios Políticos: La tierra del martirio español . En él planteo un caso histórico que me ayuda a reflexionar sobre un hecho en el que creo y postulo: que la esencia de todo colectivo humano nunca es natural, siempre es imaginaria. La nación es paradigma de ello. Y creo necesario advertir que no porque esa nación esté vinculada a un Estado y carezca, por lo tanto, de sustancia mitológica con que alimentar una retórica victimista, es más imaginaria que las otras, pese a que lo diga tanto dispensador de patente nacional que anda suelto por la actual clase política de este país llamado España. En esto, como en tantas otras cosas, no hemos cambiado mucho respecto de nuestros antepasados decimonónicos... para nuestra desgracia colectiva.
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