El discurso sobre los fueros vascos generó una amplia movilización intelectual y popular y muestra que el nacionalismo español funcionó por aquellos años en base a una singular dinámica de exclusión interna. Y ésta fue promovida por la prensa, la política y la publicística, que fueron, singularmente el primero, agentes banalizadores de la realidad y transmisores fundamentales del nacionalismo. La comunicación social que elaboraban se sustentaba en el prejuicio, el mito y la generalización simplificadora acerca de las identidades y los comportamientos colectivos. Y para ello fue fundamental la circunstancia de la guerra carlista. En España, entre 1868 y 1876, los contenidos culturales que tradicionalmente formaban la identidad nacional fueron orientados hacia una doble dinámica de exclusión e inclusión en la que han profundizado sociólogos como Zigmunt Bauman o psicólogos como Morton Grodzins y que estaba sustentada en criterios nacionalistas. Y esta dinámica estuvo fuertemente alimentada por la guerra civil. La identidad nacional fue afirmada durante estos años en base a una oposición entre dentro y fuera de la nación, entre lo familiar y lo ajeno, entre el liberalismo estatista y sus enemigos: el carlismo, el cantonalismo o el filibusterismo cubano. Los debates en torno al País Vasco, el carlismo y los fueros reflejan cómo una de las formas más eficaces de socialización identitaria en el pasado provino de la afirmación de la diferencia cultural como categoría de construcción de la identidad nacional. Y precisamente, este factor es el que más promueven los conflictos bélicos (externos o internos), gracias al reforzamiento de los mecanismos de identificación emocional con la nación mediante la mitificación del sacrificio colectivo y al reforzamiento de imágenes estereotipadas del enemigo común.
La fractura simbólica que generó la guerra civil favoreció la movilización de amplios sectores de la ciudadanía en defensa de la patria en tanto que común nación y ello, contra lo que se tiende a decir, no fue un fenómeno peculiar del inestable colectivo peninsular. La práctica totalidad de los Estados occidentales fueron el resultado de guerras civiles (la Vendée y la Comuna en Francia, la de secesión en Estados Unidos, las de unificación en Italia), guerras que sentaron puntos de no retorno en el camino de construcción de identidades nacionales que, como la española, se construyeron y socializaron en un juego político de inclusión y exclusión. A los liberales bilbaínos que soportaban el cerco carlista de 1874 no les cabía duda alguna de esa interdependencia entre la imaginación de la patria y la violencia política. Desde un elemental ejercicio de pragmatismo que luego los historiadores, con la perspectiva que nos ha dado el turbulento siglo siguiente, no hemos sabido comprender, reconocían que la identidad nacional era indisociable de la política ciudadana y la defensa armada de ésta. Así lo afirmaba su órgano de expresión, el periódico La Guerra: «Por mucho que dure la guerra civil (...) no se conoce aún partido alguno que de todas veras rinda las armas, renunciando a la victoria por amor a la Patria, por evitar a ésta nuevos sacrificios». Para un liberal, «donde no hay Libertad, no hay Patria», pues poco valía ésta «bajo el vergonzoso vasallaje de un rey absoluto y bajo el despotismo cruel y denigrante de la intolerancia católica».
Lo expuesto por la opinión pública bilbaína era lo mismo que formularía, dos años después, Juan Valera en un artículo de significativo título («De la perversión moral en la España de nuestros días»), publicado en la Revista de España . En él asociaba patriotismo con hacer una patria auténticamente nacional. Y es que la cultura de la nación convertía la guerra civil en un mecanismo de socialización y afirmación prácticamente inevitable pues sólo la violencia parecía asegurar esa libertad que era precondición para sentir la patria. Así lo había expuesto Miguel de Unamuno en su Paz en la guerra: «No era la tal guerra más que uno de los eslabones de la vida del pueblo español, un eslabón cuya última trascendencia era, tal vez, tan sólo la de mantener la continuidad de su historia». Don Miguel venía a reconocer, cuando el siglo iba consumiéndose, que la identidad nacional había sido interdependiente de la violencia civil, que el nacionalismo de España había nacido con una insaciable vocación cainita, como ya habían advertido a principios de ese siglo escritores que lo habían sufrido en carne propia como Moratín, Meléndez o Blanco White. Y esa dependencia nacía de la polaridad política que sus paisanos del combativo periódico La Guerra habían razonado como inherente a la identificación patriótica. La guerra civil alentaba el debate político y el juego de adhesiones que permitía comunicar la nación y convertirla en objeto supremo de la pugna política e ideológica. Enric Ucelay-Da Cal y Borja de Riquer pueden afirmar con razón en un brillante ensayo que la identidad española se construyó en ese siglo en una dinámica de guerra civil que contribuía a aumentar la movilización nacionalista, como acaba de demostrar Xosé Manoel Núñez en un brillante análisis sobre el último conflicto que, en el siglo siguiente, acabó por sacudir a la inestable comunidad de españoles.
La cuestión de los fueros vascos muestra que en 1868 comenzó un pulso social a favor de una mayor nacionalización de los españoles y, en especial, de unos vascos pintados como refractarios a la cultura de la nación. A la luz del discurso antifuerista más radical, el problema carlista podía haber sido un incentivo para este movimiento del Estado similar al que supuso el reto de la unificación en Italia y Alemania, o la derrota militar y la crisis política en Francia. Pero la amenaza carlista no afectó radicalmente a la consolidación de éste y la interpretación nacionalista que la opinión hizo de ella no contó con el respaldo de las clases conservadoras que lo volvieron a ocupar en el tramo final del ciclo bélico. En el palacio Real no se proclamó ningún Reich ni hubo una Comuna que se dedicara en las calles de Lavapiés o en El Retiro a fusilar obispos y quemar banderas nacionales. Las cosas fueron más tranquilas y, por lo tanto, pudo optarse por un cambio lento de la cultura y la sociedad españolas, un cambio al ritmo de las naciones, pensadas por el arquitecto de la Restauración, Cánovas del Castillo, como unas «fábricas lentas y sucesivas de la historia».
La intensidad del componente antivasco del nacionalismo español de estos años, de todas formas, creo que no tuvo una gran influencia en la formación del nacionalismo de separación que surgió en esas provincias dos décadas después de la Ley de fueros. En realidad, el antifuerismo reforzó la identidad vasca al ampliar la unanimidad patriótica de las élites vascas en torno al fuerismo ante la agresión de allende el Ebro, y dificultó que el justo medio que Cánovas trató de establecer entre la unidad constitucional y la autonomía foral fuese asumido como tal por esas élites. Pero su consecuencia no fue rupturista. Se limitó a fomentar la imaginación de esa polémica y de la Ley de 21 de julio como abolitoria y alentar una retórica política doliente y victimista en las provincias vascas que reforzó la identidad vasca sin por ello separarla de la española. Y es que los fueros siguieron siendo el mito de una identidad colectiva elitista que permaneció estable hasta la entrada de la sociedad de masas en la década de los noventa.