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Cuadernos de Alzate 34 Cuadernos de Alzate

Los vascos en el tiempo de la nación

por Fernando Molina Aparicio
Cuadernos de Alzate nº 34, primer semestre 2006

Número de páginas: 8
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El carlismo constituía el resultado natural, en el plano político, de esta descripción del colectivo vasco con arreglo a criterios étnicos que hundían sus raíces en la mitificación romántica de la foralidad. Esta afinidad de la nueva imagen de los vascos con la cultura política liberal de la época en un contexto de guerra civil y choque de concepciones patrióticas puede contemplarse también en el espacio local. La opinión liberal de la ciudad de Bilbao colaboró, tanto como la de Madrid o Barcelona, en la representación de los vascos como un colectivo campesino cuyos rasgos psicológicos lo constituían en quintaesencia del carlismo. Los campesinos vascos eran «salvajes», «perezosos », «avariciosos», «miserables», «irracionales», «violentos». Su naturaleza bovina» les hacía permanecer sumisos a los caciques y curas carlistas que los levantaban en una guerra civil que constituía, por encima de todo, un conflicto entre «la Nación » y la aldea, entre unos ciudadanos alfabetizados que habitaban en las ciudades y eran capaces de imaginarse como nación, como comunidad soberana abstracta, y unos «montañeses» analfabetos cuya imaginación como colectivo se detenía en los lindes de su aldea, que combatían al Estado «sin alejarse de sus terruños», según comentaba El Cañón Krupp . Exactamente el mismo conflicto que se estaba librando en la Europa de la época. Y es que esta mención al terruño acerca este episodio histórico al estudiado por Eugen Weber sobre la modernización de las identidades y sociedades campesinas en la Francia del siglo XIX, cuya traducción francesa fue titulada, precisamente, La fin des terroirs .
La retórica resultante acababa por ser abiertamente nacionalizadora desde presupuestos claramente colonialistas. Para los liberales bilbaínos, madrileños o barceloneses los vascos eran, en su condición campesina, como los indios de Estados Unidos o los moros rifeños: un colectivo humano que debía ser civilizado, cuyo entramado institucional debía descuajarse de la mano de la escuela, el servicio militar y la modernización de la comunicación y la cultura. Frente al «estado mental» de los vascos había que poner, decía Emilio Castelar, «muchos maestros, muchísimos, pagados por el presupuesto nacional, que enseñen las nociones indispensables de una doble educación, nacional y racional». De ello dependía la grandeza de la nación y del régimen liberal, tanto el de 1868 como el que comenzó en 1875.Presupuesto previo de todo ello era derrotar el carlismo, que constituía, mucho más que una ideología política, una auténtica manifestación del «estado mental» vascongado animado por la foralidad.
Superado el imaginario fuerista clásico, los vascos ya no reflejaban, en virtud de sus fueros y peculiaridades culturales, un españolismo esencial a lo largo de la historia. Por el contrario, pasaban a representar todos los valores de los que un buen patriota debía abominar: el egoísmo, el privilegio, el materialismo, la insolidaridad, la irracionalidad, la barbarie. Su comportamiento histórico, dominado por el amor a los fueros, reflejaba la falta de un sentimiento, el de la patria, que animaba precisamente a valores opuestos a los que aquellos generaban: sacrificio, generosidad, desinterés, igualdad, civilidad... Folletos y discursos políticos y periodísticos incidieron en una nueva lectura histórica de los vascos que destacaba su alejamiento respecto de «los elementos de la vida íntima de la generalidad de la nación española», según afirmaba uno de los intelectuales antifueristas más viscerales, el abogado y periodista madrileño Francisco Calatrava, en 1875.
Y frente a las insistentes protestas fueristas de españolismo, fuertemente saturadas de patriotismo historicista, la retórica del nuevo nacionalismo español era muy diferente: «Los servicios de las generaciones pasadas no eximen a las nuevas generaciones de la necesidad de volver a prestarlos. La Patria vive y renace en cada nueva generación», replicaba en el Congreso, durante el debate foral de 1876, el diputado por la provincia de Córdoba, Antonio Mena y Zorrilla. El que los vascos hubiesen sido patriotas en el pasado, además de discutible, no les eximía del deber de serlo en el presente, repetían los discursos reiterados de la prensa y la publicística. Esta pedagogía de la patria que se hizo a costa de los vascos tuvo un marco político de aplicación muy singular: los debates parlamentarios que precedieron a la Constitución de 1876. Estos debates pretendieron reinventar el imaginario político de la nación tras el fallido experimento democrático. En ese contexto, la invención de los vascos como unos malos españoles permitía difundir la imagen positiva que de España y lo español pretendía transmitirse a los ciudadanos. Así, el imaginario vasco que se representó, imbuido de tradicionalismo y antiespañolismo, acabó por conferir a este colectivo un supuesto comportamiento separatista respecto de España. Y ello no porque se le entendiera como una nación alternativa a ella sino porque su carácter foral era tan opuesto al de la nación que sólo podía derivar en un comportamiento separatista, tal y como afirmaban periodistas, políticos o publicistas.
Resulta así que la etnicidad vasca no sólo fue un producto mimado por el patriotismo carlista en su retórica de oposición a la civilidad democrática, sino también por el nacionalismo español, incluyendo en este último tanto a su variante regionalista (fuerista) vasca como a la centralista madrileña. El País Vasco, en tanto que colectivo étnico singular, fue, en buena medida, una invención del nacionalismo español que tuvo como fin favorecer, por afinidad, la imaginación de la nación por las clases conservadoras y, por polaridad, la de las modernizadoras. El liberalismo conservador utilizó el País Vasco para dotar a la idea de España de tradición, religiosidad y pluralidad cultural desde 1834 hasta 1868. El progresista, por el contrario, recurrió a él para vaciarla de todos esos componentes potencialmente reaccionarios en su fallido intento por instaurar un régimen democrático (y un consiguiente Estado nacional cívico) entre 1868 y 1875. De hecho, con una guerra civil de por medio, el propio liberalismo conservador acabó por asumir buena parte de la retórica antivasca, como bien muestra el que diarios de esta ideología como El Diario Español, La Política o El Tiempo rivalizaran con El Imparcial en intensidad crítica con los fueros y los vascos.
La cuestión final reside en que, con ello, el nacionalismo español acabó siendo, si no el único inventor, sí el mejor fabricante de los vascos como una comunidad diferente y singular dentro de España. Él contribuyó a crear la estética del País Vasco contemporáneo. Insisto en que en esa nueva imagen lo que latía no era una imaginación nacional de los vascos sino su identificación con el estereotipo romántico español en su sentido más reaccionario y la consiguiente reubicación de los perfiles más desagradables de éste entre el Ebro, el Cantábrico y los Pirineos. Los vascos se convertían en la representación más perfecta de esa España machadiana «que ora y embiste» que volvía a rebelarse en 1872 en nombre de la tradición contra el proyecto de Estado liberal.
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