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Cuadernos de Alzate 34 Cuadernos de Alzate

Los vascos en el tiempo de la nación

por Fernando Molina Aparicio
Cuadernos de Alzate nº 34, primer semestre 2006

Número de páginas: 8
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Este nuevo arquetipo vasco, pese a que fue construido por una opinión liberal mayoritariamente centralista, no dejó de ser una adaptación del generado durante las décadas anteriores por el fuerismo regionalista en el marco del nacionalismo romántico español, que había convertido a los vascos en la semilla racial de la nación. La discusión sobre los vascos y sus fueros que se dio en los años del Sexenio y el comienzo de la Restauración muestra que el intercambio de imágenes tópicas sobre los vascos se produjo tanto entre los dos bandos enzarzados en una guerra civil como entre las propias secciones del liberal, tanto la fuerista descentralizadora como la centralizadora. Todo este juego de imágenes y representaciones acabó por dar forma a un nuevo estereotipo colectivo que hacía de los vascos una etnia singularizada en su psicología colectiva por los fueros y, en consecuencia, por la adscripción general a la causa del carlismo.
La simplificación nacionalista de la guerra civil como un conflicto entre la España liberal y el País Vasco carlista fue fácilmente aceptable por las masas populares pues comunicaba una idea fácilmente comprensible del estado del país. En esa representación dialéctica era donde la foralidad jugaba un papel fundamental al dotar de etnicidad singular al bando enemigo. Todo lo cual casaba, además, con la cultura de la época, acostumbrada a pensar los colectivos humanos desde peculiaridades psicológicas de trasfondo romántico que solían asociarse a códigos jurídicos como los fueros. Ello favorecía la explicación nacionalista de la guerra pues permitía a las élites liberales apropiarse de la nación y convertir al carlismo en un fenómeno exógeno a ella gracias a su identificación con un colectivo étnico singular: los vascos. Ya no eran los carlistas sino los vascos los que «han fusilado heridos y prisioneros, han saqueado pueblos, han violado mujeres, han robado cuando han podido», afirmaba en 1873 El Cañón Krupp .
LOS VASCOS Y LA PEDAGOGÍA DE LA PATRIA
Se da, así, la paradoja histórica de que un nacionalismo español intensamente cívico acabó por reforzar la imagen singular de los vascos respecto del resto de pueblos españoles, concediendo a este pueblo una precondición étnica que hacía contrastar y chocar con la nación y su identidad liberal. Mediante el recurso al prejuicio, el estereotipo, el mito y otros instrumentos característicos del discurso nacionalista, la opinión liberal buscó transformar el problema carlista en un problema vasco. Las élites y el Estado eludieron el fondo político de la cuestión, que era la debilidad de la cultura liberal y de la identidad nacional asociada a ella, recurriendo a la invención de un enemigo singular definido por una foralidad cuyos caracteres tradicionales quedaban recubiertos, ahora, de significado reaccionario. Aboliendo los fueros los liberales pretendían eliminar el carlismo cerrando los ojos al hecho de que éste era un problema nacional que no era producto de aquellos peculiares regímenes provinciales sino de las contradicciones político-ideológicas y la debilidad sociológica de su proyecto político.
El nuevo estereotipo vascongado fue, pues, un recurso retórico que tuvo como fin reforzar la identidad nacional mediante una dialéctica de contrarios común a todo nacionalismo, que se vio extremada en un contexto de guerra civil y disputa por la idea de nación entre dos bandos políticos. Para ello recurrió a elaborar numerosas imágenes colectivas y metáforas políticas de fuerte contenido nacionalista. La más importante fue la representación de los vascos como un pueblo bárbaro, fuertemente vinculada con tópicos campesinos que muestran la integración del patriotismo antifuerista en la cultura liberal de la época. Curiosamente, de nuevo de lo que se trató fue de recurrir a imágenes colectivas ya elaboradas a las que se dotaba de un nuevo sentido político. Y es que la identificación de los vascos con la barbarie no era un invento de las élites nacionalistas del Sexenio y la Restauración sino que se encontraba ya arraigada, con contenido positivo, en el fuerismo isabelino. De nuevo era desmontado, en beneficio de la identidad nacional, un imaginario regional fuertemente conservador y romántico, pero que tenía también un fuerte contenido españolista.
El nacionalismo del ochocientos era un discurso fuertemente identificado con una idea de nación que remitía inconscientemente a la ciudad y a su paradigma clásico, Roma, que era vinculada a la mitología del progreso y la civilización. Su opuesto estético y moral era el campo y el campesinado, vinculado al atraso y a la decadencia. La psicología peculiar atribuida a los vascos a través de sus fueros se asoció al mito del bárbaro alejado de la civilización liberal y, por lo tanto, de la identidad nacional. Este mito reforzó la escenografía romántica de aquellas tierras, sustentándola en una dicotomía de tonos clásicos entre civilización española y barbarie vasca, ciudad y aldea, constitución y fueros, sur mediterráneo y norte cantábrico. La guerra civil era representada como una lucha moral entre la nación y sus valores asociados, fuertemente imbuidos de estética clásica de signo ciudadano (civilización, progreso, modernidad, libertad, racionalismo, democracia, patriarcado, laicismo, inteligencia) y un colectivo étnico identificado con la barbarie desde tonos igualmente clásicos y estética campesina (salvajismo, primitivismo, arcaísmo, teocracia, feudalismo, caciquismo, oligarquía, matriarcado, ruralismo, analfabetismo, violencia, descontrol emocional, debilidad mental).
Políticos, intelectuales y, de manera muy especial, corresponsales de guerra, se encargaron de aderezar de estética romántica este imaginario bárbaro de los vascos mediante el insistente recurso a metáforas e imágenes descriptivas de intensa hondura plástica: valles recónditos, montañas de nieves perpetuas, naturalezas desatadas en forma de huracanes, tempestades o lluvias decoraban el fatigoso discurrir del ejército de la nación por unas tierras alejadas de la civilización, habitadas por indígenas que hablaban un idioma incomprensible y tenían costumbres y comportamientos refractarios a la modernidad. La crónica del corresponsal de La Correspondencia de España, que acompañaba en marzo de 1876 al nuevo rey Alfonso XII en su visita a estas tierras recién pacificadas, es particularmente característica de esta representación de lo vasco. El paisaje, la arquitectura, el carácter de los indígenas, todo «hace notar que éste es otro país diferente al resto de España en usos y costumbres, en ideas y pensamientos. (...) Una Esparta sui géneris que siempre, siempre estará en contra de lo que el resto de España acuerde, aunque redunde en su propio beneficio».
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