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Cuadernos de Alzate 34 Cuadernos de Alzate

Los vascos en el tiempo de la nación

por Fernando Molina Aparicio
Cuadernos de Alzate nº 34, primer semestre 2006

Número de páginas: 8
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La nueva imagen de los vascos elaborada por el antifuerismo se sustentaba en un arquetipo étnico que identificaba a este pueblo con el carlismo y que estaba inspirado en el imaginario colectivo que las élites liberales vascas habían difundido durante la etapa isabelina en torno a la foralidad. Estas élites, con la condescendencia más o menos entusiasta de las del resto de España, habían imaginado al pueblo vasco como un indicador de la continuidad biológica de la nación desde sus primeros pobladores hasta el presente. Un macizo que tenía una serie de signos étnicos diferenciales (los fueros, el euskera y el catolicismo). Especialmente importantes eran los fueros, que eran entendidos como expresión del espíritu de aquel pueblo y comunicaban, por ello, su condición española y liberal primigenia. Cuando la guerra civil estalló en 1872, los liberales españoles, en un contexto de intensificación de propaganda política anticarlista, procedieron a deconstruir esa imagen y fabricaron un nuevo estereotipo en el que los atributos clásicos fueristas recibieron un nuevo significado político reaccionario. Reinterpretaron la tradicional línea de pensamiento fuerista, que vinculaba románticamente los fueros al espíritu vascongado, designando que éste en realidad estaba imbuido políticamente de antiliberalismo y antipatriotismo. De ser los españoles más liberales (por tanto, los más españoles) los vascos pasaron a ser los más carlistas (los más antiespañoles). Esta representación política se hacía avalar en la intensidad que la insurrección antiliberal había obtenido en aquellas provincias, en donde miles de campesinos se habían levantado en armas a favor del pretendiente Carlos VII y en contra del régimen democrático de 1869.
Las provincias forales eran, según el periódico barcelonés El Cañón Krupp en 1873, «el árbol del carlismo», del cual el resto de carlismos españoles eran simples retoños. La revista barcelonesa La Madeja Política publicó una ilustración que sintetiza visualmente este estereotipo. Celebraba el levantamiento del sitio de Bilbao y representaba a España como una guerrera republicana que, acorazada y hacha en mano, corta sin pausa el tronco de roble de los fueros vascos, que tiene la silueta de Carlos VII, unas raíces en las que se puede leer «absolutismo», «fanatismo» e «intolerancia», y unas ramas con el nombre de las tres provincias vascas. De esas ramas brotan los insurrectos como abundante fruto. La ilustración constituye una síntesis apretada y visual del nuevo estereotipo de los vascos. Su leyenda dejaba bien claro el mensaje a los lectores más atolondrados: «Si el famoso árbol de Guernica da este fruto, procuremos que no vuelva a retoñar».
Esta nueva imagen de lo vasco fue un recurso retórico fundamental dentro del discurso de exaltación de la nación que el bando liberal practicó durante los años de la guerra civil. Permitió regionalizar el conflicto bélico, identificando el problema carlista con el foral. No fue, sin embargo, una invención apresurada producto de las necesidades de la guerra sino una reelaboración de representaciones que habían formado parte del discurso patriótico español a lo largo de todo el siglo. Por un lado, la fuerista, que había convertido los fueros en el factor preeminente de la identidad vasca y les había atribuido una serie de componentes románticos de fuerte contenido contrarrevolucionario, muy vinculados a un imaginario político del que se había apropiado el carlismo. Por el otro, la tradición intelectual crítica con la foralidad que había nacido durante el régimen de Manuel Godoy de la mano del aludido Llorente y otros patriotas ilustrados rápidamente pasados a las filas del liberalismo revolucionario, y que acabó por alimentar la cultura política del partido progresista una vez éste constató la descarada maniobra de integración de los fueros en el universo político moderado que realizaron los liberales moderados desde el final de la primera guerra carlista.
Sin embargo, ninguna de estas fuentes hubiese sido realmente operativa de no haber mediado la insurrección armada carlista. Ésta no sólo fomentó, mediante su propaganda política, la introducción de los fueros en la esencia de la constitución nacional que la intelectualidad carlista defendía frente a la exótica de 1869, sino que fue más allá al dotar a su organigrama estatal de una intensa estética foral de la mano de las diputaciones forales. Esta apropiación que el carlismo hizo del imaginario fuerista se benefició, además, de un doble sustento legitimador en la sociedad española de entonces: por un lado, el (ya aludido) masivo apoyo popular a la causa carlista suscitado en las provincias forales; por el otro, los patentes y descarados préstamos teóricos y sociológicos entre el fuerismo y el carlismo insurreccional que la variante más conservadora del moderantismo, el neocatolicismo, promovió en el País Vasco desde los años finales del régimen isabelino.
Esta coyuntura política dotó a los fueros de un significado público abiertamente contrarrevolucionario que fue el que permitió, finalmente, que la opinión liberal elaborara con gran rapidez el nuevo estereotipo vasco al compás de la matanza bélica. El liberalismo aceptó la idea romántica de los fueros como expresión de la identidad vascongada que había fijado el fuerismo vasco a lo largo de todo el siglo pero, a la luz de la guerra civil y de su especial impacto en las provincias vascas, confirió a esa representación colectiva un componente psicológico, subrayando el carácter arcaísta, antiliberal y antipatriótico que la tradición crítica con los fueros había proclamado. A todo ello le concedió un significado carlista que vinculó a la foralidad. Según comentaba el corresponsal de La Correspondencia de España en 1876, el carlismo español «no ofrece en modo alguno los peligros que en las inaccesibles montañas del Norte, por cuanto no puede disponer (...) de los cuantiosos elementos que unas instituciones híbridas, un carácter refractario a todo adelanto y un fanatismo hasta la exaltación, dan en todo momento». Centrado el debate patriótico en un elemento romántico como eran los fueros, todo acababa derivando de una u otra forma a cuestiones de carácter, de psicología colectiva que contribuía a desmontar rápidamente un imaginario colectivo, el vasco, fuertemente imbuido de españolismo.
Toda esta maniobra de recalificación de la identidad vasca se sustentó en el nacionalismo. Nada más útil, en un contexto de guerra civil, que plantear discursos dicotómicos sustentados en criterios de inclusión/exclusión y en una definición política sumamente gruesa de la frontera de la identidad nacional. Se llegó, así, a elaborar una representación de la guerra como una lucha entre la nación española, que se había dotado por derecho de su soberanía de un régimen democrático, y unas provincias forales que eran retratadas como sistemáticamente opuestas a la voluntad de la nación y empeñadas siempre en acudir a la violencia con el fin de obstaculizar la adaptación del Estado a su espíritu liberal. La guerra carlista no era «una lucha de principios» sino «una lucha nacional» de los patriotas españoles contra «los habitantes rebeldes de unas provincias enemigas de la Nación, enemigas de su honra, enemigas de su prosperidad», afirmaba en el Congreso el diputado de la izquierda constitucional Carlos Navarro y Rodrigo en 1876.
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