Alejandro Echeverria, presidente del Círculo de Empresarios, lo decía en el editorial de su revista el pasado mes de febrero. Después de expresar su alarma por la «polarización de posturas irreconciliables que no sólo divide a la sociedad, sino que encima promueve e impulsa su enfrentamiento», proponía lo siguiente:
Parece obligada al menos la vuelta a unos niveles mínimos de consenso o, si se quiere, a un debate político aceptable, donde las partes renuncien previa y expresamente a extremar los términos de la confrontación hasta un punto que refleje futuros incompatibles. Una renuncia, en fin, que debería darse en un doble sentido. Por una parte, como renuncia a considerar que el autogobierno existente en la actualidad constituye la última y definitiva versión que el Estado constitucional podría admitir para el engarce en Euskadi en el mismo. Por otra, requeriría la renuncia a utilizar los poderes del autogobierno real para aspirar a imponer un nuevo estatus en las relaciones entre el País Vasco y el Estado Constitucional, en tanto que ese pretendido nuevo estatus no ofrezca el grado de consenso que el Estatuto ha permitido mantener a lo largo de estos años.
Esta propuesta tan sorprendente en su origen como valiente en su contenido, se parece mucho a la reflexión que personalmente mantengo sobre las salidas del laberinto. En mi opinión no hay soluciones únicas al bloqueo político vasco. Hay caminos cuyo destino no está configurado. De estarlo, no serían soluciones porque una parte del país no las aceptaría (como le ocurre al Plan Ibarretxe ). Y si hablamos de caminos, lo que tenemos que hacer es establecer bases o reglas para recorrerlo juntos y dejar que el tiempo y la democracia configuren el estatus jurídico-político de nuestra comunidad. Creo que hay cuatro grandes políticas o reglas sobre las que se puede recorrer este camino:
• No hay ninguna razón para la violencia. El terrorismo de ETA es radicalmente totalitario y fascista. Los partidos democráticos deben estructurar una plataforma de unidad y defensa del Estado de derecho y dirigir la estrategia de paz.
• El Estatuto y la Constitución son el marco político democrático que nos dimos libremente. Responde a nuestra voluntad democrática. No arrastra ningún déficit ni de origen ni de contenido y tiene en su seno las reglas y los procedimientos para su evolución y perfeccionamiento. Esas reglas siempre deben ser respetadas.
• Euskadi es una sociedad de pluralidad cultural y política. Sólo desde el reconocimiento del pluralismo y la integración es posible construir su futuro. Todos combatiremos cualquier proyecto o iniciativa de carácter excluyente, impositivo o etnicista, que vulnere los derechos humanos individuales y los derechos políticos iguales de todos los ciudadanos.
• Todos los proyectos políticos democráticos pueden y deben tener libre expresión en la democracia vasca, en nuestro pluralismo constitucional y estatutario. La voluntad democrática de los ciudadanos vascos respecto a su estatus jurídico-político, expresada en paz y en libertad, consecuencia de amplio consenso y con sujeción a las reglas que establece nuestra Constitución, debe encontrar su acomodo en nuestro ordenamiento jurídico. El bloque de constitucionalidad y autonomía no es un corsé, sino un orden democrático, vivo, dinámico y potencial.
Ojalá que recorramos este camino en paz y libertad para dejar a nuestros hijos el país que no hemos logrado nosotros y por el que llevamos luchando toda nuestra vida.
Este artículo corresponde a una conferencia pronunciada en Vitoria el 1 de marzo de 2004 a invitación de la Fundación por la Libertad. Está construido sin conocer los resultados del 14-M, pero, a la vista de los mismos en Euskadi, todas sus tesis se confirman.
Ramón Jáuregui Atondo es Diputado del PSE-PSOE.