Ya he comentado más arriba los efectos de esa estrategia sobre las elecciones del el pasado 13 de mayo de 2001. Reitero que, aunque formalmente no lo fuera, una parte del electorado moderado del PNV percibió la alianza del PP-PSE como un frente agresivo a determinados valores del autogobierno vasco y no se sintió tentada de cambiar su voto, porque no percibió una buena solución a los problemas de Euskadi en el frente alternativo. La promesa del lehendakari el jueves víspera del domingo electoral, de no volver a pactar con Batasuna, arrastró a ese electorado a las tranquilas aguas del «Partido-País» como apareció el PNV en aquellas elecciones de mayo de 2001.
Creo que debiéramos sincerarnos para evaluar las posibilidades de que una alianza PP-PSE, en el supuesto de que fuera posible, ganara las próximas elecciones autonómicas de 2005. No estamos en un análisis meramente especulativo. Sabemos lo que votaron los vascos en 2001 y en 2003. Sobre estas bases hay que constatar la dificultad del intento. No creo que sea perverso comentar que el líder de esta estrategia, Mayor Oreja, abandonará esta batalla porque sabe de los límites de su apuesta. ¿Por qué debemos creer los demás en una victoria que él no espera? ¿Por qué debemos construir una plataforma política y una estrategia que nos condicione de tal manera a una derrota más que probable?
En segundo lugar, porque esa estrategia necesita consolidar la posición extremista del PNV, es decir, sólo es comprensible una estrategia antinacionalista en bloque si el PNV es definitivamente ubicado a la cabeza del «eje del mal» que engloba a ETA y a toda la izquierda abertzale , además de a EA, Aralar, etcétera. En ese contexto, la política antinacionalista es comprensible y cobra fuerza la alternancia del bloque constitucional. Pero claro, eso significa también olvidar y considerar inexistentes las evidentes contradicciones entre todas esas fuerzas políticas y significa considerar definitivo el giro político del PNV hacia el extremo de su péndulo patriótico. Y en mi opinión lo uno y lo otro merecen un mayor debate y una mirada más abierta.
Ya hemos comentado la enorme pugna existente entre la izquierda abertzale y el PNV como para considerar pacífica y viable la unidad nacionalista. En el mismo plano debemos colocar las pretensiones partidistas autónomas de EA y de Aralar, lo que hace el mundo nacionalista suficientemente complejo como para que no aprovechemos sus diferencias quienes no lo somos.
En el mismo campo de una política más matizable, más poliédrica, cabe situar nuestra actitud ante el PNV. Unos empujan objetivamente al PNV hacia su radicalización. Es más, desean que así ocurra y trabajan día a día en esa dirección. El líder de esta estrategia es Mayor Oreja, todos los días nos expone sofisticados análisis y prospectivas anunciándonos los planes del «eje del mal vasco». Un día se trata de que ETA va a entrar en el Gobierno vasco de Ibarretxe con un «conseller en cap» , otro, es la alianza ETA-PNV-Esquerra para desestabilizar España, y, en fin, todos los días se repite que hay una comunidad de intereses entre PNV y ETA. Ese discurso es tenaz y pétreo, pero también creciente en su extremismo sectario. Se expulsa a todo el que no comulga con esta visión del mundo de las víctimas. Se enrocan en una visión de España y de la Constitución y nos excluyen de ella incluso a quienes hemos hecho la Constitución y la España autonómica.
No voy a negar las bases o los argumentos de quienes así ven al PNV. Pero me niego a dar por definitiva su deriva radical. Me niego a empujar objetivamente ese giro hacia el extremo para sacarlos de la Constitución y de España para siempre. Soy incapaz de ver las cosas con ese maniqueísmo y esa simpleza y reclamo a la política, a mi partido y a mi país, un juego más inteligente, más matizado y más abierto a la construcción plural de Euskadi y de España. Me parece imprescindible agrandar el espacio de la política en Euskadi, salir de este empequeñecimiento que nos ahoga y nos condena a un único destino: que el bloque constitucionalista gane las elecciones y desaloje al PNV del poder, como único santo y seña, como único deus ex machina de nuestra política. Encadenados a un objetivo incierto y lejano, pero prisioneros de una estrategia y de una política, como si se tratara de un determinismo inexorable.
Todos los días ocurren cosas y todos los vascos que tenemos capacidad de contacto y de análisis vemos cosas que nos confirman las enormes dudas y contradicciones internas que vive el PNV desde hace unos años. Arzallus se ha ido. Eguibar ha perdido, y las familias políticas en el PNV se han definido de tal manera que obviar su conflicto interno es de memos. José Jon Imaz, su nuevo líder, se expresa de otra manera, con otro talante, y sobre todo con otros contenidos. Su primer discurso introdujo varias novedades importantes. Todo eso, ¿no vale de nada? ¿Lo despreciamos porque no responde a nada serio, o porque no nos interesa que se abra una vía al pragmatismo y a la rectificación de ese rumbo? Yo reclamo la política inteligente para influir en esa dirección, no para abortarla.
Y en tercer lugar, porque entre el PP y el PSE-EE no es tan fácil ni tan probable, como algunos creen, la generación de un bloque político antinacionalista, por múltiples razones. Nosotros no estamos de acuerdo con la política del PP ni con la de su gobierno en Euskadi. No nos gustan sus formas y no compartimos su estrategia.
No queremos el choque de patrias y la oposición al nacionalismo vasco con las banderas de otro nacionalismo antagónico. Queremos respetar a los otros y convivir en un ámbito de tolerancia y respeto mutuo, de pluralismo y reglas democráticas consensuadas.
Nos parece una torpeza excluir del bloque de la paz y de la solidaridad con las víctimas a tantos ciudadanos vascos que están sinceramente contra la violencia aunque no suscriban el discurso antinacionalista del PP.
No apostamos por una Euskadi dividida hasta el final de los tiempos entre constitucionalistas y nacionalistas. No vemos futuro a un enfrentamiento infinito. El PSE-EE desea romper con una visión desesperanzada de nuestra realidad, convencido como está de que los problemas del País Vasco tienen solución desde nuestra convicción de representar una alternativa progresista a los nacionalismos, a los dos, al vasco y al español, a partir de una centralidad política a la que no estamos dispuestos a renunciar. Es más, aspiramos a hacer compatibles Constitución y nacionalismos y trabajamos para que haya, cada vez más, nacionalistas constitucionalistas.
Mantenemos una actitud política firme en nuestros principios pero eso no nos lleva a despreciar o a insultar a nuestros adversarios políticos, especialmente cuando se trata de representantes de las instituciones vascas. Aceptamos el diálogo porque es signo democrático. Nos someteremos a las reglas de nuestro ordenamiento jurídico, porque es así como nos legitimamos para exigir a los demás este mismo sometimiento.
Estamos hartos de los llamamientos a la unidad política en Euskadi que nos hace el PP, mientras en el resto de España y en Euskadi, se nos descalifica y se nos ataca de manera desleal y sistemática. No podemos dejar a un lado, como si no existieran, nuestras profundas diferencias con el PP en su proyecto y en su práctica política. Hacer de Euskadi una isla y olvidarnos del apoyo del PP a la guerra de Irak, a la guerra preventiva, de sus responsabilidades en la devaluación y el empobrecimiento de la democracia española, de su prepotencia y autoritarismo, del sesgo neoconservador de sus posiciones sobre religión o escuela, o sobre familia, de su política de vivienda o educación, o empleo, o tantas y tantas diferencias como la que expresamos, en definitiva, un partido de izquierdas y otro de derechas, muy de derechas.