¿ES NECESARIA LA UNIDAD POLÍTICA DE LOS DEMÓCRATAS PARA ACABAR CON ETA?
En el escenario de un declive prolongado de la violencia de ETA, surgen algunas de nuestras diferencias. Hay sectores en Euskadi, próximos a la política del PP, que consideran que el fin de la violencia disolverá al mundo nacionalista y permitirá una victoria política de los constitucionalistas. Estos sectores rechazan así cualquier idea unitaria de los demócratas, al estilo del Pacto de Ajuria-Enea, y depositan en el Pacto Antiterrorista del PP y del PSOE el núcleo y el mando de esta estrategia. Argumentan que resulta ingenuo seguir pretendiendo un entendimiento político con los nacionalistas demócratas sobre el fin de la violencia, porque, en esencia, es el nacionalismo vasco el que desea obtener resultados políticos de ese final o porque, sencillamente, no desean una derrota total del mundo nacionalista radical que gira en torno a ETA, ya que ello llevaría implícita una derrota política del nacionalismo en general. En la estrategia del Gobierno Aznar y del PP vasco, este análisis es predominante, y en consecuencia ni se busca ni se desea ese entendimiento. Sólo se busca la derrota política del nacionalismo vasco y el final policial de la banda. Así se explican las importantes desavenencias surgidas en los últimos meses entre el PP y PSOE en esta materia y especialmente el rechazo del Gobierno a las propuestas programáticas de Rodríguez Zapatero en materia de lucha antiterrorista, hechas en Bilbao el pasado 15 de febrero.
La estrategia del Gobierno tiene algunos inconvenientes e incógnitas. La primera, sobre la viabilidad misma del proceso. Yo no creo en un final de la violencia total, definitivo e inmediato, y esa sería la condición necesaria para que la derrota del nacionalismo se produzca. Desgraciadamente la espada de Damocles de los atentados, aunque sólo sean unos pocos al año, seguirá pendiendo sobre nuestras vidas y no habrá esa «liberación del miedo» que se supone factor desencadenante del vuelco socioelectoral.
Por otra parte, ese vuelco sociopolítico después de ETA es una mera hipótesis. En mi opinión, el voto nacionalista es bastante más sólido que el que se supone en ese cálculo. Basta ver los cuadros electorales para confirmarlo. Basta observar la red sociológica del nacionalismo en los tres territorios, y, desde luego, basta recordar que en el peor momento de su historia (mayo de 2001), cuando mayor era el reproche social al nacionalismo por su conexión con ETA en Lizarra, el voto nacionalista se concentró y se mantuvo en sus niveles de mayoría. Basta recordar también que «en paz», es decir, en la tregua del 98-99, se votó, y en octubre de 1998, tanto PNV como Batasuna obtuvieron el premio electoral de la paz.
Por último, sigue asaltándonos una duda: este proceso exige radicalizar y extremar al adversario, lo que acaba aglutinando al nacionalismo en un solo bloque, que se protege y refuerza ante la agresión política y mediática. En consecuencia, no podremos evitar la retroalimentación de los extremos y, en su caso, perpetuar la paranoia represiva o el tan socorrido victimismo, que con tanta habilidad utiliza el nacionalismo para justificar su causa.
La apuesta por aglutinar a todo el nacionalismo en un solo bloque, incluyendo a ETA y PNV en una misma estrategia, es peligrosísima porque, entre otras cosas, empuja objetivamente al PNV hacia el extremo patriótico y nos presenta un País Vasco con la mitad de su población reclamando la independencia y, si se me apura, apoyando la violencia. Porque si se identifica nacionalismo y violencia o, como se está haciendo con Esquerra, independentismo y violencia, se cometen dos errores graves: falsear la realidad, porque no es verdad que el PNV o Ezquerra sean partidos violentos, y negar el derecho a que nuestra democracia acoja ideologías independentistas, lo que, en mi opinión, es anticonstitucional, siempre, claro está, que se respeten las reglas del juego democrático.
Por todo eso, algunos seguimos proponiendo un proceso de unidad democrática en la fase final de la violencia, y por eso algunos lamentamos la ausencia de un marco político que incluya a Madrid y Vitoria y a todos los partidos del arco parlamentario en esta fase esperanzadora y delicada del final de ETA.
La unidad es necesaria para una mayor eficacia policial. Para un tratamiento común y no divisorio ni de enfrentamiento de las víctimas. Para que sea posible un acompañamiento solidario a los perseguidos y amenazados por la violencia y evitemos la soledad política e institucional de miles de personas y de los representantes políticos del PP y del PSE en Euskadi.
La unidad sigue siendo necesaria, en mi opinión, incluso para gestionar una fase delicada de superación política y humana de tantos años de tragedia. No estoy hablando de negociación ni mucho menos de negociación política. Hablo de innumerables cuestiones que acompañan un proceso de paulatino desarme y de progresiva reconciliación, incluyendo el progresivo acomodo de los votantes de la Batasuna ilegalizada a otras opciones políticas y al marco jurídico-político consiguiente.
He oído, estos días, una expresión que lo resume todo, para negar esta posibilidad: «Eso es meter a la zorra en el gallinero». Es decir, el PNV está definitivamente en el otro lado, junto a ETA, y pretender gestionar con ellos el final de la violencia no es sólo una ingenuidad, sino una contraindicación inasumible.
Llegados a este punto, estamos en el núcleo de nuestras diferencias, porque la estrategia constitucional diverge precisamente aquí, y de esa divergencia surgen estrategias políticas diferentes y enfrentadas en función de la relación con el nacionalismo democrático. Esta es, pues, la cuestión que analizamos a continuación.
LA DERROTA DEL PNV: ¿ÚNICO CAMINO PARA LA CONSTRUCCIÓN PLURAL Y CONSTITUCIONAL DEL PAÍS VASCO?
Hasta ahí, hasta el objetivo de construir un País Vasco en paz y en libertad, plural, autogobernado y constitucional, PP y PSE-EE, estamos de acuerdo. Pero, desde Lizarra hasta hoy, se ha fortalecido una línea de pensamiento que considera esos objetivos incompatibles con el nacionalismo democrático, al que para negarle este último adjetivo sustancial, incluso se le llama nacionalismo institucional. Quienes así razonan, fijan en la derrota política de ese nacionalismo -en definitiva, en la salida del PNV de Ajuria-Enea y del Gobierno Vasco- el único camino y realización de aquel objetivo estratégico.
Confieso que sueño con ese momento, y es más, reconozco que podría ser un elemento desencadenante del pragmatismo y la moderación política que espero y deseo en el PNV. Personalmente, no descarto ninguna hipótesis política. Es decir, si en mayo de 2005 las urnas autonómicas otorgaran su confianza mayoritaria a PP y PSE-EE, ambos partidos tendrían plena legitimidad para abrir una etapa de gobierno alternativo a veinticinco años de gobiernos del PNV.
Pero quiero señalar algunas contradicciones e incógnitas que veo en una estrategia que considero limitada y cerrada.
En primer lugar, porque cualquier estrategia política debe pretender la victoria, el éxito electoral, y personalmente no comparto la manera de derrotar electoralmente al proyecto extremo del nacionalismo. Es decir, porque no creo que la suma del PP y el PSE-EE en una estrategia común de bloque constitucional sea capaz de derrotar, en el corto y medio plazo, al conjunto del nacionalismo que, no conviene olvidarlo, aglutina también el voto del nacionalismo ilegalizado de Batasuna.