Si no se tiene en cuenta este tracto argumental, no se puede explicar la iniciativa de Ibarretxe en 2002. En mi opinión, el Plan Ibarretxe se inserta en ese contexto, responde a los mismos postulados que el Pacto de Estella, porque, en el fondo, es una oferta política a ETA para que abandone la violencia a cambio de que la unidad nacionalista lidere un proyecto común, sobre el discurso básico de ETA pero desde la paz y la política. Es posible que, en la presentación de la propuesta del lehendakari , influyera también el acuerdo Antiterrorista de PP y PSOE, sus coincidencias estratégicas en la lucha contra ETA y, sobre todo, la ilegalización de Batasuna. Pero todo ello no ha hecho sino acentuar una estrategia que es de calado y de largo recorrido.
La médula de su plan responde a esta estrategia. Es tan importante porque confirma un cambio copernicano en la política del PNV e implica el abandono del Estatuto como marco de convivencia y el enfrentamiento con la comunidad no nacionalista.
El lehendakari ha sido cuidadoso y, en cierto modo, prudente. Ha envuelto su propuesta en papel de celofán. Habla de pacto, aludiendo a un acuerdo interior, y habla de Estatuto y de Constitución como soportes de una legalidad en la que parece basarse la aplicación de su propuesta. Pero es un envoltorio engañoso. Bajo el celofán se esconde una propuesta cargada de partidismo nacionalista, inaceptable para quienes no lo son, con unos anclajes constitucionales que son puro artificio, pura fachada, porque la realización política de esta propuesta supone demoler la arquitectura jurídica del pacto constituyente.
Ibarretxe, además, ha colocado una guinda en su pastel: sutilmente, su propuesta aparece como la pócima milagrosa para desbloquear el conflicto y traer la paz. Sus palabras, su discurso y la propaganda que acompaña el Plan, abiertamente lo sitúan en ese propósito, y es lícito pensar además que la buena fe del lehendakari así lo pretende. Pero también aquí su propuesta es simplemente un brindis al sol con un cebo interesado para atraer hacia sus posiciones políticas a quienes, hartos de la violencia, crean que el apoyo a esa propuesta puede erradicarla definitivamente.
La propuesta de Ibarretxe, es verdad, constituye una oferta de calado político. Pero no para el conjunto del País Vasco, sino para la izquierda abertzale . En el fondo es una reedición del Pacto de Estella, porque sus postulados, grosso modo , se repiten:
1) El conflicto político vasco es anterior a la violencia; 2) su naturaleza es el status de las relaciones con España porque el viejo pueblo vasco quiere más libertad; 3) el actual marco jurídico- político es legítimo pero insuficiente y, por tanto, hay que cambiarlo, y 4) la clave de ese nuevo proceso es la autodeterminación o el reconocimiento de la soberanía originaria del pueblo vasco.
El ideario de ETA y de la izquierda abertzale , salvando algunas diferencias secundarias, no está muy alejado de este esquema. En definitiva, la propuesta de Ibarretxe está hecha pensando en ese mundo y dirigida a ETA para que deje de matar y acepte la vía política hacia sus postulados. Ibarretxe, además, conmina a ETA a que acepte este camino, exigiéndole la paz (no se sabe ni cómo ni cuánto de paz), a cambio de un referéndum soberanista que ratifique su propuesta. Aquí está el núcleo de las intenciones del lehendakari y, seguramente, de su buena fe cuando quiere desbloquear el conflicto y resolverlo cual mago de circo que, sacando un conejo de su chistera (en este caso una paloma), concluye el espectáculo.
Se me ocurren, entre otros, tres problemas graves, que impiden llevar a cabo este programa. El primero es que su Plan no trae la paz. En esto todos podemos equivocarnos y, de hecho, todos lo hemos hecho muchas veces. Pero, personalmente, he dejado de creer en un final negociado, en un final político, es decir, en un final fruto de una decisión de ETA, colectiva y definitiva. Es mucho menos probable todavía que esa decisión sea consecuencia de una fórmula protagonizada por el PNV. No hace falta ser un experto para conocer las viejas querellas que atraviesan la historia de las familias nacionalistas y para recordar los recelos y las fobias de la izquierda abertzale y de la propia ETA para con el PNV, y especialmente para con sus burukides . De hecho, la ruptura de la tregua indefinida a finales de 1999, se explica en parte dentro de la lógica de competición por el mismo espacio político. ETA no quiere depositar en el PNV la gestión de su historia.
Para quienes todavía dudan de este razonamiento, basta recordar el pronunciamiento de la propia ETA a primeros de diciembre, dos meses después de presentada la propuesta Ibarretxe. Su desprecio a su contenido ha sido total. Su rechazo a ese camino como cese de su actividad violenta, absoluto. El propio Otegui, portavoz del entorno político de esa estrategia, se ha encargado de recordar al lehendakari que no habrá paz con su propuesta.
El lamentable incidente de Carod Rovira con ETA y el comunicado de la banda del 18 de febrero pasado, ponen de manifiesto el marcado interés de ETA por hacerse presente en este escenario y, desde luego, confirma que su voluntad es seguir con la violencia terrorista. Afortunadamente, volvieron a ser detenidos, en Cuenca, terroristas de ETA que preparaban un atentado. Pero sus intenciones son claras.
De manera que una de las patas de la propuesta del lehendakari quiebra antes de empezar a construirse la mesa. ¿Cuál será el razonamiento del lehendakari cuando se produzcan nuevos atentados de ETA, para demostrar que esta solución no les vale? ¿Cómo convencer a quienes, sin desearlo, pudieran apoyar el Estado Libre Asociado, como precio de la paz, si ésta no llega?
El segundo gran problema de la propuesta de Ibarretxe es su no aceptación por una parte importante de los vascos. Dicho alto y claro: la mitad de los vascos no quiere ese destino. No son nacionalistas vascos y se sienten cómodos con el autogobierno constitucional.
La propuesta del lehendakari implica que esa parte importante de la Comunidad debe hacer un nuevo esfuerzo de adaptación y aceptación del proyecto más genuinamente nacionalista: la construcción de un Estado vasco independiente. Sí, ya sabemos que esa no es la propuesta, pero es legítimo y razonable pensar que del «Estado libre asociado» a la independencia, sólo hay un paso, y que el trayecto lógico desde la «soberanía» que implica la libre asociación, es hacia la Independencia. Entre otras cosas, porque no existe otro modelo homologado de estar en la Unión Europea.
Y si este razonamiento es lógico, debemos admitir también que muchos vascos digan no. Ya sea un no antinacionalista sustentado en un nacionalismo antagónico: el español; ya sea un no derivado de un rechazo democrático a dar la razón a los que matan y maltratar así, de nuevo, a las víctimas. Ya sea un no porque se conciben Euskadi, España y Europa como piezas concéntricas, como muñecas rusas que reparten el poder desde principios federalistas, basados en la subsidiariedad y en la identidad, pero también en la cohesión y la solidaridad. Ya sea porque les asusta una aventura territorial tan compleja y con tantos riesgos económicos y políticos. Por cualesquiera de estas razones -y por mil más-, más de la mitad de los vascos no creen en este proyecto y, por tanto, el consenso interno que alcanzó el autogobierno de Gernika no lo alcanzará una fórmula mágica inventada en una noche del verano del 2002 al calor de los rescoldos del fuego de Estella (con perdón por la licencia retórica).