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Cuadernos de Alzate 30 Cuadernos de Alzate

Las claves del laberinto

por Ramón Jáuregui Atondo
Cuadernos de Alzate nº 30, primer semestre 2004

Número de páginas: 9
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No quiero excluir de las motivaciones del PNV en esta apuesta su búsqueda sincera de la paz. Personalmente no dudo que ese objetivo está en el centro de sus preocupaciones, pero sin duda es una paz con precio. Es la paz diseñada y protagonizada por el mundo nacionalista, en una especie de gran acuerdo interno de todas sus familias que el PNV pilota y lidera. Porque, también en sus cálculos estratégicos, los burukides han pensado que las diversas ramas del tronco sabiniano quedarían absorbidas en una unidad cuasi orgánica, que devolvería a la familia nacionalista, además de la hegemonía política, la unidad perdida a principios de los años sesenta (ETA) y a principios de los ochenta (EA).
Cabe ahora preguntarse si este esfuerzo mereció la pena. Durante un año largo no hubo muertos, y si no los hubiera habido nunca más, quizás el cristal de nuestra critica fuera de otro color. Pero ya no cabe dudar de que, además de lo anterior, la tregua era falsa y el PNV fue engañado.
Fue engañado y se equivocó. Porque, tentado por la paz de la tregua y buscando además objetivos partidarios evidentes (protagonismo, absorción del nacionalismo radical, monopolio del poder, etcétera) pactó con ETA un proyecto político impositivo a la población vasca. En palabras de Emilio Guevara, «el error soberanista» que dio carta de naturaleza a ETA y acabó legitimando la violencia.
Pero, además, no se puede negar que toda la buena fe y la mejor intención que puso el PNV en esta operación, ha sido burda y groseramente burlada por ETA y HB. Esta es una evidencia si analizamos las razones de la ruptura de la tregua, los comunicados de ETA explicando la vuelta a la violencia y el comportamiento de EH en estos dos años.
EL BIENIO NEGRO Y LAS ELECCIONES AUTONÓMICAS DE MAYO DE 2001
La ruptura de la tregua fue trágica. En los años 2000 y 2001, ETA asesinó a más de cuarenta personas, a pesar de que la media de asesinatos en los años noventa no llegaba a diez al año. La acción terrorista iba dirigida además a las personas más representativas de los dos partidos que se oponían a las pretensiones políticas del terrorismo. Las figuras de Fernando Buesa, o de Ernest Lluch, los concejales del PP o del PSE, los periodistas, jueces, empresarios, todos los que podían inscribirse en el listado, primitivo y simple pero perfectamente entendible, de los terroristas, era objetivo de la banda. Por primera vez, el terrorismo de ETA no era un terrorismo contra el Estado o contra España (fuerzas de seguridad, militares, etcétera) sino contra los vascos que hacían imposible su proyecto. Era, y sigue siendo, un terrorismo contra la pluralidad vasca.
El periodo 1999-2001 fue calificado como el bienio negro. En él se incluye también el período de la tregua, porque los actos de violencia callejera fueron constantes y graves, configurando lo que ETA confirmó después y que Gesto por la Paz ha denominado «la violencia de persecución», aludiendo al colectivo de ciudadanos vascos que pueden ser objetivo de la violencia.
La situación política se rompió definitivamente. No era sólo que nos mataban, era que, además, el Gobierno vasco y el PNV habían pactado con ellos. Habían actuado conjuntamente en el Parlamento y en la calle. Defendían un mismo proyecto político final y éste se expresaba con marcados acentos etnicistas, sin que el PNV y el Gobierno vasco produjeran una ruptura formal y solemne con esa estrategia. Conviene recordar, por ejemplo, cuando hablamos de riesgos etnicistas, que durante este período se empezó a gestionar en muchos ayuntamientos el llamado «carnet vasco» con el que se pretendía confeccionar un censo de «vascos de adhesión», es decir, de vascos que acreditaban un deseo identitario específico.
Esta situación acrecentó el frentismo político y tomó carta de naturaleza «el constitucionalismo», que agrupaba al PP y al PSE, unidos en la misma trinchera de los agredidos y defensores, a la postre, de unos valores y de un Estado que sólo la Constitución Española nos asegura. La legislatura terminó anticipadamente, y en mayo de 2001 fuimos los unos a por los otros.
Había mil razones para que el PNV pagara su pacto. Había una causa moral de solidaridad con los perseguidos. Había una necesidad real de alternancia en la política vasca. Había muchas ganas, quizás expresadas en exceso, de que en Euskadi se produjera un frenazo al etnicismo y a la radicalidad nacionalista. Pero todo quedó en eso. El 13 de mayo ganaron Ibarretxe y el PNV-EA, que recuperó la unidad para la ocasión. Enormemente beneficiados por el castigo electoral que sufrió EH a causa de la reaparición de la violencia, el nacionalismo democrático mostró una extraordinaria capacidad de reacción y de aglutinar el voto identitario, incluyendo al nacionalismo moderado, al que ni el PP, ni el PSE fueron capaces de atraer.
En numerosas ocasiones hemos escuchado análisis contradictorios sobre estas elecciones. Todos somos conscientes de que nuestra versión de los resultados de PP y PSE viene condicionada por la posición que mantenemos respecto a la conveniencia de que una estrategia similar de unión política PP-PSE se mantenga o no en las próximas elecciones. Quienes son partidarios de una reedición de aquel pacto no escrito, valoran el 13 de mayo como un paso hacia una victoria electoral futura sobre el nacionalismo. Y al revés, quienes apoyan, especialmente en el PSE, una estrategia más autónoma del PSE, consideran negativos los resultados obtenidos en aquella ocasión (no en votos absolutos, porque el alto índice de participación otorgó a todos los máximos registros, pero sí en porcentaje electoral y número de escaños).
Lejos de cualquier pasión al respecto, creo que cometimos errores importantes -y lo digo en primera persona del plural y con sentido autocrítico-, porque participé, sin censuras, de aquella estrategia. Personalizar en el candidato del PP el nuevo lehendakari , recién venido del Ministerio del Interior y con un alto rechazo social, pudo ser uno de ellos. Hubo exceso de apoyo foráneo a la campaña vasca de PP y PSE. Demasiadas voces y medios, sin ningún crédito en Euskadi, sino todo lo contrario. No hubo un discurso autonomista o comprometido con elementos de la identidad vasca, y eso permitió protagonizar al PNV y al lehendakari todo lo relacionado con lo autóctono: autogobierno, euskera, ertzaintza, osakidetza, etcétera. No se atrajo al electorado nacionalista moderado, que no llegó a ver en el «otro frente» una solución al país. En fin, yo sigo pensando que una parte del electorado del PSE-EE se resiste a una alianza con el partido rival por excelencia en la política ideológica en España.
EL PLAN IBARRETXE
En todo caso, el análisis de los resultados electorales del 13 de mayo de 2001 da para mucho. Los errores o aciertos que unos y otros cometimos son materia opinable, pero no aquí. Basta señalar que Ibarretxe vio reforzadas sus posiciones frente a ETA-HB y frente al Gobierno central y al bloque, si cabe llamarlo así, de PP y PSE-EE (PSOE).
Esta posición lleva al lehendakari Ibarretxe a trazar una nueva estrategia, que sin embargo está cimentada en las mismas bases. Su proyecto sigue queriendo debilitar al mundo radical, absorbiendo su electorado, y desea un final de la violencia sin derrota del nacionalismo. Incorpora a su Gobierno a IU del País Vasco, para evitar la imagen de su anterior Gobierno «sólo de nacionalistas», y encuentra para ello las facilidades que le dan Madrazo y de la IU vasca, proclive al entendimiento con el nacionalismo a cualquier precio con tal de tocar poder.
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