La tan denunciada ausencia de liderazgo en las democracias actuales, o por lo menos su declive general, tiene aquí una explicación sistémica. En efecto, más allá del azar biológico y de la circunstancia cultural que hace surgir o no grandes personalidades en cada momento, lo que sucede es que el liderazgo se ha vuelto contradictorio con los requerimientos de una democracia acelerada: la política reactiva, defensiva, seguidista de la opinión, temerosa del juicio futuro, es todo lo contrario de una política de liderazgo fuerte. Es más, la imagen de los políticos como bomberos que siempre llegan tarde y mal a los incendios genera una desconfianza y desconsideración hacia la clase política, a la que se percibe por amplios sectores sociales como incompetente y autista. Lo que se traduce en un difuso populismo que se distingue de los clásicos populismos del pasado porque no reclama ni piensa en líderes carismáticos. El populismo que se está instalando en nuestras democracias tiende a abominar de la política y de los políticos, no a reclamar hombres o gobiernos fuertes que lo guíen. Es un círculo vicioso que retroalimenta la tendencia a una mala democracia: y es que el liderazgo en las sociedades actuales consistiría, fundamentalmente, en la capacidad de dar malas noticias al público, mientras que lo que contemplamos son gestores de lo público que huyen como de la peste de tal papel.
Y EL PASADO NOS INVADE
El presente es puro y mero ser, experiencia en crudo, un tiempo que no produce sentido, sino que requiere de otros tiempos para ello
[ 33 ] . Si el futuro no lo proporciona, no queda otro remedio que explotar el filón del pasado. De ahí que en los medios de comunicación y en la atención pública se esté produciendo un permanente retorno al pasado y éste se constituya cada vez más acusadamente como algo que no es un
pasado- pasado de verdad, sino como una modalidad levemente anacrónica del presente, un espacio en el que se libran las batallas ideológicas que el futuro no parece ya capaz de soportar. El pasado inunda el presente, o se resiste a abandonarlo, lo coloniza en todo caso.
En esta revalorización del pasado como tiempo con sentido y como territorio en el que habitar políticamente es donde cobran pleno sentido las «políticas de la memoria» o de «construcción del pasado histórico» a las que asistimos un poco extrañados: nos asombra, efectivamente, que se preste tanta atención a un tiempo irremediablemente ido, a unos hechos ya sucedidos. Y sin embargo, esta atención es plenamente lógica cuando ese tiempo ido es la única parte del tiempo que conserva suficiente fijeza como para sostener relatos individuales y colectivos que apuntalen la existencia fugaz de las personas dentro de nuestras sociedades.
Es también este marco general el que explica en parte el auge contemporáneo del nacionalismo, del comunitarismo y demás movimientos que potencian la construcción del yo político como una elaboración colectiva. Porque esa elaboración es colectiva, sí, pero también es histórica; y por eso algunos rasgos del comunitarismo han sido definidos, acertadamente, como una versión actualizada del conservadurismo
[ 34 ] . Se trata en todo caso de doctrinas y movimientos que suministran al ser humano ese autorrelato y esa autocomprensión estables que el presente y el futuro son incapaces de darle. No se trata, o por lo menos no se trata sólo, del calor comunitario o colectivo que las construcciones imaginadas de nacionalistas o etnicistas proporcionan al individuo aislado de nuestras sociedades. Se trata así mismo de que le proporcionan arraigo temporal en un mundo acelerado, le suministran confianza y seguridad ante una realidad en cambio constante. El nacionalismo es una doctrina política moderna, que no encontraremos en las sociedades tradicionales anteriores a las revoluciones burguesas y al advenimiento del industrialismo. Ello tiene que ver, desde luego, con cuestiones referentes a la necesidad de homogeneización de los Estados decimonónicos y de referentes de legitimación para el poder político burgués liberal. Pero también tiene mucho que ver, qué duda cabe, con la inseguridad provocada en las nuevas sociedades industriales y postindustriales por la percepción del tiempo como un presente huidizo
[ 35 ] . A este respecto, el caso del nacionalismo vasco es paradigmático pues nació precisamente como fruto directo de la aceleración del cambio en la Vizcaya finisecular del XIX y encarnó la resistencia de sectores pequeño-burgueses tradicionales a aceptar ese cambio, así como su intención ingenua de proteger contra el tiempo a la sociedad tradicional vasca.
La ideología del progreso (sea la marxista, liberal o anarquista) fue el principal contrincante que el nacionalismo encontró para su propagación, precisamente porque era algo así como otra cantera de provisión de sentido para la realidad que vivían los seres humanos: la que se basaba en el futuro. Cuando tal ideología ha perdido fuerza, sobre todo en el reino de los intelectuales, se ha producido un correlativo avance de las ideologías que miran al pasado a ese efecto. Es por ello que la política moderna tiene que ver, cada vez más, con la cuestión del qué somos que con la de qué hacemos. Ante la inseguridad de qué hacer se recurre al solipsismo del qué ser. Pero, de nuevo, esta vía no resuelve la inseguridad real ante el futuro sino a costa de desvirtuar la verdadera política. En efecto, la identidad construida en la historia no sirve de ancla contra el cambio a no ser que sea sometida a un proceso constante de recreación y magnificación, lo que provoca una enorme pérdida de atención en la sociedad afectada (por no mencionar el efecto de exclusión o segmentación social que inevitablemente causa en sociedades muy heterogéneas). De manera que el recurso a la identificación comunitaria se vuelve una especie de droga que crea adicción: cuanto más nos refugiemos en ella, con más fuerza la precisamos.