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Cuadernos de Alzate 40 Cuadernos de Alzate

Las democracias aceleradas

por J. M. Ruiz Soroa
Cuadernos de Alzate nº 40, Primer semestre 2009

Número de páginas: 9
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Lo primero que llama la atención en este aspecto es el hecho cierto de que la aceleración del tiempo social no ha provocado un acortamiento de la frecuencia de los momentos electorales en que se transmiten los deseos de los ciudadanos a sus representantes. No ha habido modificación apreciable de los plazos electorales en ningún sistema político, lo cual podría a primera vista parecer contradictorio con la idea misma de aceleración del sistema político de gobierno. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Y no lo son, en primer lugar, porque la forma en que influye el voto popular en el comportamiento de los representantes es ciertamente peculiar en su desarrollo temporal. En efecto, esta influencia no se ejerce tanto en el momento y a través de las elecciones mismas como por la vía del juicio anticipado que los representantes se hacen respecto a ellas. Los políticos actúan descontando por anticipado el veredicto futuro que merecerán sus políticas en las urnas [ 26 ] . De forma que cuando esa anticipación deja de ser un análisis reflexivo y se convierte en una experiencia cotidiana prácticamente permanente («si mañana se celebraran elecciones...»), tal como sucede hoy, la transmisión de la voluntad de los electores a los representantes es cuasi inmediata. Vivimos tiempos de elecciones continuas.
Pero es que, además, el voto no es el único canal de transmisión de la voluntad del representado al representante. Ni siquiera es el más importante. Como ha mostrado convincentemente P. Rosanvallon [ 27 ] , en las democracias actuales y junto a los cauces institucionales coexisten una serie de medios (los contrapoderes democráticos) a través de los cuales el pueblo hace llegar efectivamente al gobierno su opinión y voluntad, aunque sea en forma fundamentalmente impeditiva o prohibitiva. Pues junto al poder de hacer (elegir), existe el poder de vetar, de prohibir (impedir): este poder negativo o contrapoder del pueblo se ejercita hoy a través de la opinión pública. En este sentido, el hecho de que los medios pongan de manifiesto de forma constante e inmediata la opinión del público sobre los problemas y las políticas a través de encuestas y sondeos supone el ejercicio no menos constante de un poder de orientación y prohibición sobre los representantes: el gobernante conoce «en tiempo real» la opinión pública y se esfuerza desesperadamente por no contrariarla. No es trascendente, para nuestros efectos, el grado de fiabilidad que posea esa presentación de la opinión (bastante bajo, como todos los estudios sobre la fiabilidad de las encuestas y sondeos ponen de manifiesto), sino el impacto que genera en todo caso sobre la forma de gobernar en las actuales democracias: una forma que se aproxima mucho a lo que podría ser una ilusoria democracia instantánea: es decir, gobernar siguiendo en tiempo real la voluntad conocida del pueblo. Resulta así curioso e irónico constatar que, de alguna forma, y gracias a la aceleración del tiempo, habríamos llegado a la posibilidad de unos gobernantes con reactividad inmediata a la voluntad del pueblo. No se trata sólo, ni principalmente, de la tan cacareada ciberdemocracia (en la que pocos creen ya), sino de la posibilidad, tantas veces perseguida en la historia y siempre fracasada, de conseguir una comunicación real, directa e inmediata de la voluntad del pueblo al gobierno.
Naturalmente que se trata de una ilusión imposible, alimentada en el fondo por la siempre actuante utopía de la democracia directa. Lo que sucede es que, ahora, el mito que se evoca no es tanto el de un pueblo tomando directamente las decisiones (el mito ateniense), ni el mito de un pueblo que sujeta a sus representantes a su voluntad mediante la institución de mandatos imperativos, cortos y revocables (el mito comunal), sino que sería un nuevo mito, el de la inmediatez temporal: gracias a los instrumentos técnicos disponibles y a la actuación de los medios la voluntad del pueblo llegaría rauda al conocimiento de los gobernantes y podría hacerse presente siempre en sus decisiones. Ni que decir tiene que es un mito incumplido porque, lamentablemente, lo que llega por ese cauce y de esa forma instantánea no es una auténtica voluntad (menos aún «del pueblo»), sino como sentenció hace ya siglos Ernest Renan lo que llega es, en el mejor de los casos, «el capricho del momento» [ 28 ] . En definitiva, lo que llega por estos medios son los humores, temores, miedos y demás sensaciones poco reflexionadas que inspira la experiencia de un cambio social acelerado. Además, lo que así llega es casi siempre pura negatividad: lo que los políticos no deben hacer ante un problema. Casi nunca orientación, sino prohibición.
Ahora bien, aunque ésta de una democracia instantánea sea una pura ilusión, engañosa e irrealizable, lo cierto es que la publicitación inmediata de los humores sociales influye realmente en la conducta del gobernante o representante. Le obliga a una forma de gestión de lo público en la que la opinión marca los límites de lo factible, en la que su supervivencia mediática viene determinada por su capacidad de leer correctamente esa opinión y adaptarse a los límites que señala. Una forma de gobernar en que el político sigue a lo que percibe como opinión del público, en lugar de intentar arrastrarla tras de sí. Una gestión cortoplacista puesto que sólo busca producir reacciones inmediatas de contento en una percepción social muy movible y poco ilustrada. «La acción pública se transforma en reacción pública» [ 29 ] .
Número de páginas: 9
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NOTAS
  • [ 26 ]

    B. Manin, Los principios del gobierno representativo, Madrid, 1998, pág. 219.

  • [ 27 ]

    La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza, Buenos Aires, Manantial, 2007.

  • [ 28 ]

    La reflexión y el término son de E. Renan, La monarchie constitutionelle en France, 1870, citado por P. Rosanvallon, Democracy: Past and Future, Columbia Univ. Press, 2006, pág. 205 y en La légitimité..., cit., pág. 210.

  • [ 29 ]

    D. Innerarity, «La cultura de la urgencia», El Correo, 21-9-2008.


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