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Cuadernos de Alzate 40 Cuadernos de Alzate

Las democracias aceleradas

por J. M. Ruiz Soroa
Cuadernos de Alzate nº 40, Primer semestre 2009

Número de páginas: 9
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La sensación de aceleración del tiempo es, sin lugar a dudas, una calificación correcta de lo que sucede en la sociedad moderna, en la que los cambios tecnológicos y sociales se suceden a increíble velocidad. Al fin y al cabo, es un hecho obvio que para la mente humana el tiempo es lo que hay entre dos movimientos, por lo que a mayor número de cambios mayor sensación de velocidad del tiempo. Pero no se trata de un fenómeno nuevo, sino de algo constatado hace casi un siglo por quienes observaban ya entonces que los individuos de las sociedades industriales flotaban a la deriva entre un pasado demasiado vacío para darles estabilidad y un presente demasiado heterogéneo y caótico como para proporcionarles un equilibrio o una dirección en sus ideas y emociones [ 16 ] . Lo que sucede hoy, probablemente, no es sino la exacerbación de ese fenómeno bastante antiguo, consistente en que los cambios de todo tipo (sociales, técnicos, políticos) se producen y, sobre todo, son conocidos por los miembros de la sociedad a una velocidad superior a la de su normal asimilación pacífica por los individuos. Un fenómeno en el que pesa tanto el acontecer en sí de los cambios como la inmediatez y urgencia con que son presentados a la atención y consumo de las personas.
Pero también influye en la percepción del tiempo como acelerado, por otro lado, el hecho de que en las actuales sociedades europeas se ha abandonado la antigua cultura burguesa del aplazamiento de la satisfacción. Hoy el deseo no se satisface en el futuro, sino de inmediato. Por eso precisamente la relación del individuo con el presente tiene algo de predatorio. El presente es una inmensa reserva de la que extraer satisfacción inmediata. Es una postura que, curiosamente, incurre en el rasgo más característico del temperamento infantil: exigir la satisfacción inmediata del deseo. En cualquier caso, esta inmediatez crea en las sociedades actuales una especie de coalición política de los vivos cuyo nexo de conexión es la explotación del presente y el desplazamiento de los problemas que plantea a las generaciones futuras (sean los medioambientales o los del coste de mantener el nivel de gasto social mediante la deuda pública): lo que se ha llamado acertadamente la rapiña del futuro. En este sentido, convendría cuestionarse si lo que llamamos crisis del futuro, más que una crisis de su representación en el imaginario social, no es en realidad otro tipo de crisis, una de tipo más bien moral: el hundimiento del sentimiento de obligación de los vivientes actuales para con los futuros [ 17 ] . Es esa obligación la que habría dejado de actuar como una exigencia moral en la sociedad actual.
En cualquier caso, las sociedades modernas parecen condenadas a vivir instaladas en la prisa, en una situación en la que parece que el futuro siempre llega prematuramente, lo cual genera desorientación e inadaptación. Los acontecimientos se suceden tan vertiginosamente que los intersticios temporales que hay entre ellos no son lo suficientemente amplios como para construir un sentido que los articule [ 18 ] . Los intervalos temporales en los que las personas pueden confiar en una cierta permanencia de sus relaciones y expectativas se abrevian [ 19 ] .
LA REBELIÓN DEL TIEMPO CORTO
Cuando se aborda la cuestión del impacto del cambio del tiempo sobre la política, es importante recordar algo que se olvida con facilidad: que la política es, en sí misma, una de las formas más características para superar la inseguridad del tiempo, puesto que las instituciones por ella creadas fungen como hitos de estabilidad y predictibilidad del funcionamiento futuro de los demás y del mundo en derredor del ciudadano. La institucionalidad política es una instancia simbólica de generación de confianza mediante la creación y establecimiento de estructuras legales y burocráticas estables [ 20 ] . Y dado que la confianza es la palanca esencial que posee el ser humano para superar las sensaciones de inseguridad y riesgo, la política cumple con una función de estabilización para el individuo afectado por la aceleración vertiginosa del presente. En este sentido, como observó annah Arendt [ 21 ] , es la política la que genera en el ser humano «la capacidad para disponer del futuro como si fuera presente» gracias a la enorme y en verdad milagrosa ampliación de la propia dimensión que supone el poder entendido como interacción conjunta de los hombres. Por tanto, en su dimensión puramente institucional, la política es un mecanismo de seguridad que contrarresta, en parte, la inseguridad causada por la aceleración del tiempo presente. La política crea islas de confianza en el mar proceloso del futuro.
En este sentido, podría afirmarse incluso que ha sido el tipo concreto de institucionalización liberal democrática de la sociedad el que ha hecho posible la aceleración del cambio dentro de ella. La institucionalidad política de las sociedades premodernas era tan simple y rígida que hacía muy difícil la absorción del impacto del cambio social, y por ello éste, cuando se producía, tendía a destruir las bases de la convivencia ya existentes. Las sociedades democráticas, por el contrario, están especialmente adaptadas en el terreno institucional para soportar un elevado grado de aceleración del cambio social sin mayor riesgo para su estabilidad. En cierto sentido, las democracias pueden estar instaladas en la duración con alguna garantía de supervivencia gracias a sus peculiares instituciones (las constituciones, los tribunales de garantías, el imperio de la ley, la administración burocrática, etcétera).
Pero, como es obvio, no es el institucional el único campo del que se ocupa la política. Aparte del campo institucional, la dimensión más inmediata y llamativa de la política es la que se refiere al acceso, conservación y ocupación del gobierno por las élites partidistas, así como a la producción de decisiones colectivas como respuestas adaptativas a los problemas actuales. O, lo que es lo mismo, junto a la función política como temporalidad de longue durée que cumplen las instituciones, está la política del temps court que protagoniza el gobierno de los representantes del pueblo. Y es en este tiempo corto donde la aceleración del presente tiende a provocar efectos muy visibles, como lo manifiestan las vagas pero unánimes quejas que se escuchan por doquier acerca del «presentismo» y el «cortoplacismo » de la acción de los gobiernos/oposiciones en los regímenes democráticos actuales. En este sentido, las democracias se habrían visto afectadas en su funcionamiento como sistemas de gobierno por la percepción ciudadana de una aceleración de los cambios sociales y por la eclosión continua de nuevos problemas asociados a esa aceleración. Sin haberse modificado apreciablemente el suelo institucional clásico de las democracias, por lo menos formalmente, éstas se habrían hecho menos reflexivas en su funcionamiento cotidiano, se habrían «acelerado» ellas mismas.
Número de páginas: 9
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NOTAS
  • [ 16 ]

    J. Dewey, en «Individualism, Old and New: The Lost Individual», New Republic, núm. 61, 1930, ahora en Viejo y nuevo liberalismo, Barcelona, 2003, pág. 86.

  • [ 17 ]

    Así lo señala agudamente M. Gauchet, El desencantamiento del mundo, Madrid, Trotta, 2005, nota en pág. 255.

  • [ 18 ]

    J. Beriain, Aceleración y tiranía del presente, Barcelona, Anthropos, 2008.

  • [ 19 ]

    P. Canales y M. Malishev, «La aceleración de la historia y la reducción del presente», en Ciencia ergo sum, núm. 7, 2000, pág. 81.

  • [ 20 ]

    N. Luhmann, Confianza, México, Anthropos/Universidad Iberoamericana/Pontificia Universidad Católica de Chile, 1996, págs. 86 y ss.

  • [ 21 ]

    H. Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 1993, pág. 264.


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